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Chantaje (Inu&kag) [+18]

Capítulo XXII: Equinoccio

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76 respuestas en este tema

#61 Lis-Sama

Lis-Sama
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Escrito 31 January 2011 - 05:39 AM

No, no llamen al 911; sigo viva. Estoy disfrutando mis vacaciones lo más que puedo, y aún me faltan. Lamento la demora, pero entre la operación del brazo de mi mamá, que esta muy bien, y que estuve bastante saliendo; nunca encontraba el tiempo, pero sobre todo las ideas, para continuar con el cáp. Estoy reencontrándome con él, como verán, pero no se preocupen que lo voy a terminar el fic. Lo encontraran corto, pero intenso en sentimientos XD.

Increiblemente tengo una loca idea para un nuevo fic —me encanta meterme en problemas—, así que si quieren leer un pequeño fragmento pueden encontrarlo en mi blog. Será un fic de época. Todo se lo debo a "Lisa Kleypas".

Bueno, espero no demorarme tanto en subir el próximo cáp, pero pueden estar tranquilos que no dejare la historia sin terminar ;D. Como siempre gracias por sus lindas palabras y comentarios. Son absolutamente libres de comentar.

Un beso enorme y feliz semana.



Capítulo X: Sentencia

Sollozó, alzando sus brazos torpemente y rodeando el cuello masculino dubitativa. Sintió como él termina de flaquear, dejando caer su cuerpo junto al suyo y sujetando fuertemente su cintura con extrema desesperación.

Sus palabras aún se negaban a salir, morían en su boca mientras la propia agonía de él quemaba su pecho en demasía. Las piezas del macabro puzzle encajaban a la perfección. Habían caído para unirse sin piedad cuando los dedos fuertes de él se clavaban sin misericordia alguna en su hombro.

No había explicación ni palabras suficientes para evitarle aquel dolor. No había un justificativo.

Lo escucho exhalar el aire con fuerza, con apremio, sobre la curvatura de su cuello mientras su cabeza se apoyaba contra su hombro.

— Perdóname, lo siento tanto… tanto —susurro con dolor casi palpable—. Tanto, ¡Oh, por Kami-sama!

Sus pequeñas manos apretaron la tela de su camisa desde la espalda, inclinando la cabeza hacia su lado para apoyarla sobre la de él. Lo sujeto, sintiendo el ritmo de su corazón acompasarse al del hombre, golpeando a cada latido aún con dolor.

Por primera vez lo escucho llorar, mientra la fe se escapaba de su cuerpo a cada suspiro agónico y compungido que dejaba caer sobre ella.

Kouga comprendió sin palabras que nunca la había tenido, y Kagome entendió que él no necesitaba alguna de las absurdas respuesta que su mente busco por días de forma negativa.

Irrevocablemente, ella siempre perteneció a Inuyasha.

Sin saber de qué forma, o por cual medio, una parte del alma de la joven se había negado a soltarlo; tomándolo ardorosamente al rodear su cuerpo y cobijarlo junto a su seno. Tal vez se trataba de solo una mera añoranza al pasado que ambos habían compartido, o tal vez ella aún no era plenamente consciente que su alma continuaba aguardándolo en silencio mientras su cuerpo había formado las barreras de defensa para no volver a caer.

La muchacha no lo sabía, pero él sí. Su esperanza estaba escondida detrás de sus ojos profundos.

Cómo se las habían ingeniado Inuyasha era algo que tampoco comprendía… ni quería comprender, poco sentido tenía ya.

Ella lo aguardo silenciosamente y él vino a tomarla otra vez, mientras el mundo de Kouga comenzaba por fin a fragmentarse en pedazos.

— Estaré siempre para ti.

Él sonrió quedamente, con el sufrimiento quemándole las entrañas. Su manzana de Adán se movió silenciosa mientras actuaba de forma egoísta y tomaba un pequeño pedazo de ella donde, sin saberlo, Inuyasha era ya su dueño.

— Y yo para ti, Kagome.

Su mundo termino de desplomarse con aquellas simples palabras pronunciadas.

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Los aletargados músculos de su cuerpo obedecieron con resistencia la orden que él les estaba enviando. Sus parpados se alzaron con lentitud, aunque pronto sus ojos se vieron en la urgencia inminente de ser cubiertos nuevamente por ellos cuando la pequeña luz del sol proveniente de la ventana a su derecha estaba quemando sus corneas.

El dolor de cabeza que experimentaba era como estar bailando sobre las llamas del infierno.

— Veo que has despertado.

Aun sintiendo como si se encontrara en una montaña rusa, logro reconocer la voz de quien le hablaba. Dejo caer pesadamente la cabeza hacia atrás, cobijándose en la mullida almohada con aroma a lavada. No le importaba la pesadez de su lengua, o lo lento que pudiera conectar su cerebro; ni siquiera el alcohol en sus venas. No le importaba morir en aquel mismo instante mientras la voz de ella fuera lo último que escuchase.

Jamás le había importado y jamás le importaría.

— Tienes un analgésico y un vaso de agua a tu derecha.

Él se sintió miserable mientras la motricidad de sus miembros le fallaba horriblemente. Pese a haber perdido su lucidez, la voz fría y extremadamente filosa de ella era algo que siempre reconocería.

Suspiro derrotado mientras la habitación continuaba dando vueltas a su alrededor. Intento volver a reaccionar cuando un peso extra se instalo a su lado sentándose en la cama.

— ¿Por qué… te lastimas?

Sango acaricio la mejilla masculina con la yema de los dedos. La textura de su anguloso rostro varonil la había atormentando en sueños a través de los años al no poder olvidarlo. Sus turbios ojos azules, como la misma bruma, intentaron sin éxito alguno enfocarla. Los finos labios de Miroku se extendieron en una lánguida y triste sonrisa mientras inspiraba el aire del cuarto con fuerza.

— Porque lo merezco.

Ella observo como él volvía a perder la consciencia por completo, notando las marcadas arrugas en su rostro y el color ceniciento de la piel. Peino sus cabellos con cuidado y lloro silenciosamente.

Su corazón continuaba anhelándolo como el primer día, y odio que así fuera.

Era tarde para ellos. Demasiado tarde.

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Sino fuera porque estaba segura que no poseía ningún trastorno, creería que había terminado de volverse loca.

El cuerpo erguido de él, en su pose fuerte y prepotente, desentona por completo con la pequeña y calida cocina. Su traje negro de marca opacaba hasta el retrato más caro que su madre había decidido comprar cuando aun su padre estaba con vida.

Ella se había recargado contra la mesada, luego de dejarle un café humeante recién salido de la cafetera, frente a él, sobre la mesa. Una de sus duras manos sujetaba el mango de la taza, que ahora le resultaba tan frágil de quebrar a diferencia de la primera vez que la observo en la estantería del comercio donde la adquirió. Quiso haber tenido la valentía necesaria para poder cerrarla la puerta en la cara pero, en vista de los nuevos acontecimientos, eso hubiera sido firmar su sentencia de muerte en aquel preciso instante. Internamente, no le sorprendió encontrarlo llamando a la puerta de su casa a las seis de la mañana.

— Mmmm, no ha cambiado en nada.

Kagome se removió incomoda aun de pie, gritándose internamente por ser tan débil ante el tono ronco y aterciopelado de su voz. Incluso lo recordaba gutural en las mañanas, cuando su pelo negro, desordenado, se extendía sobre la cama o había cubierto su rostro como un velo en noches de intimidad.

Debía aprender a controlar sus pensamientos.

Los ojos periféricos de Inuyasha continuaron examinando el cuarto con cierta cautela, rememorando cada ínfimo detalle. Era irónico, pero agradeció que nada hubiera cambiado a como lo recordaba. Una parte de él se lleno de gocé, aunque pronto recobro por completo la compostura y ensombreció su mirada cuando sus ojos volvieron a clavarse en la mujer frente a él, a solo unos escasos metros de distancia. Recordaba el sabor de sus labios. Honestamente, jamás los había olvidado.

— Creo que sabes perfectamente cual es motivo de mi visita. ¿Verdad, pequeña?

Kagome rechino los dientes y junto sus labios en una fina línea. Su entrecejo se pobló de arrugas al fruncir su frente. ¿Cuánta humillación debía soportar? Lo peor era que, en su fuero interno, sabía que recién comenzaba.

Ya la tenía presa, era su rehén después de plasmar su firman en aquel absurdo papel, luego había sido Kouga, su amigo, su apoyo incondicional en todos aquellos años; lo destruyó completamente, comenzando poco a poco a hacer lo mismo con ella.

Kouga… Kouga. No había tenido el coraje suficiente para llamarlo luego de aquella noche. Deseaba hacerlo, ¡claro que lo deseaba!, pero temía que una sola palabra pudiera destruirlo aun más de lo que estaba. Él siempre aparentaba ser fuerte, pero lo cierto era que también, con la misma intensidad, era débil. Incluso había ido a visitar a su madre en los horarios que estaba segura que no se lo cruzaría. Ella no soportaría nuevamente ese dolor, ni mucho menos volverle hacer vivir ese padecimiento a su viejo amigo.

Volvió a la realidad al sentir el apretón fuerte y certero a la altura de su brazo. Jadeo sonoramente buscando a raudales el aire cuando el calor del cuerpo masculino de Inuyasha bañaba el suyo con extrema fiereza. Ella misma percibió el temblor en su cuerpo mientras los dorados y fríos ojos de él taladraban sus pensamientos.

— ¿Estas pensando en ese médico, no es así?

La filosa voz de él hizo que los vellos de su nuca se erizaban. Inuyasha la empujo levente contra su cuerpo, haciendo que chocase sonoramente su pecho contra el de él. Aumento el agarre de su brazo y Kagome suplico para que la soltara. No se había percatado en que preciso momento él rodeo la pequeña mesa y había llegado frente a ella con la clara intención de demandar una respuesta.

— Suéltame —volvió a gemir Kagome. Se removió inquiera pero él la inmovilizó pasando el otro brazo alrededor de su cintura—. Suéltame ahora.

Inuyasha le sonrió cínicamente, acercando su rostro al de ella. En un vano y absurdo intento Kagome se estiro hacia atrás, serpenteando su cuerpo en una forma que él consideraba ilegal, mientras sus mejillas se tornaban febriles y el sonido de su respirar se volvía errático al igual que el movimiento voluptuoso de su pecho.

— Tú, me perteneces —susurro oscuramente sobre el oído de la mujer—, a mí y solo a mí. ¿Lo has comprendido?

Kagome se tenso conteniendo el aliento, congelándose por completo la sangre que circulaba de forma calida por sus venas; luego se removió inquita con mayor fervor para intentar salir de su prisión. Él solo sonrió, bajando el rostro lo suficiente como para poder posar sus labios sobre la vena palpitante en su cuello níveo. La apretó más contra sí y ella volvió a retener el aliento, mientras dejaba escapar un jadeo sonoro y afligido cuando los dientes de él se hincaron en la curvatura de su cuello con fuerza.

— ¿Lo has comprendido?

Kagome se mordió los labios y no le respondió, dejando que la siniestra voz de él se perdiera en la cocina. ¡No le daría el gusto!

Algo de dignidad poseía y no pensaba perderla de aquella forma frente a él.

Noto el cambio potente del cuerpo de él y sintió que lo había llevado al extremo. Soltó su brazo, y ella casi ideo una salida en aquel segundo, pero ambas manos de Inuyasha se posaron otra vez su cuerpo desde su cintura.

Tal vez si estaba loca, porque era imposible que sintiera un aura oscura y demoníaca en torno a ese hombre por mucho que hubiera cambiado.

Estuvo a punto de gritar cuando sus ojos volvieron a enfocarla. Aquellos ónixs duros brillaban perversamente. Ella pudo saber lo que pasaba por su mente sin necesidad de tener absceso. Sus pensamientos estaban allí, reflejándose en forma de humo brumoso, espeso y oscuro, en sus ojos como una sentencia.

Kagome hizo acopio de todo su fuerza de voluntad para poder buscar su voz entre el pánico presente en su débil cuerpo.

— Y-yo… no te pertenezco —logro decir de forma bastante convincente, pero no lo suficiente.

Inuyasha volvió a acercar su rostro, nublando por un momento los sentidos confundidos de la pequeña mujer en sus brazos. Sus ojos jamás dejaron de contemplarla, aun con aquellos pensamientos tangibles y peligrosos en su mirada como el oro viejo. Los labios de él se movieron provocativamente, mostrando la mueca de una perversa sonrisa bailar en su cara.

— Mañana —soltó él, y los latidos del corazón de Kagome se detuvieron abruptamente—. Bienvenida al infierno, pequeña.

Inuyasha se alejo de su cuerpo, y con ello, las últimas fuerzas de la muchacha. Lo escucho marcharse, dejando como única muestra de su encuentro el café a medio terminar y la amenaza tras su espalad.

Ella miro el reloj de pared, contemplando con pánico las manecillas que marcaban las siete de la mañana. Oyó el despertar de su cuarto sonar y los pasos de su hermano en su propia habitación, mientras contaba mentalmente los minutos que aun podía sumergirse en su propia miseria antes de recomponerse.

Mañana, mañana comenzaría a vivir con Inuyasha.

Continuara...

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#62 Miko-Mica

Miko-Mica
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Escrito 31 January 2011 - 06:02 PM

Hola Lis!! Me alegra muchísimo que estés viva y que disfrutes de tus vacas :)

Y más me gusta que hayas traído conti :voyfeliz:

Bonita, si Kag no quiere yo gustosa firmo el contrato ;)

Y que me haga lo que quiera :uuh: XDDD

En fin, me mata la curiosidad sobre qué fue lo que pasó entre ellos para que no estuvieran juntos? O el por qué del odio de Inuyasha por Kagome?

Aunque no creo que la odie tanto la verdad :uooo:

Me voy rapidito, deseándote las mejores vacaciones y una próxima conti :)

Un beso enorme y suerte!! :quetecomo:

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Mis historias: Destino [+18] (Actualizado 01/12/2013) / Siempre Estaré A Tú Lado [+18] / Dentro De Mí [+18]


#63 lindakagome08

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Escrito 01 February 2011 - 05:46 AM

Hooolaaa lis, al fin conti que genialImagen enviadaImagen enviadaImagen enviada...
vaya si que inuyasha hace temblar de miedo a kagome, pero yo que ella le sigo la corriente xDDDD...
ahora me dejaste con ganas de leer que pasara mañana xDD ya empece a comerme las uñas jejejeje...
espero que puedas dejar la conti pronto, nos vemos, byeeee...
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¨ Déjame darte la descripción de mi trabajo. Yo cazador oscuro, Tu daimon, yo golpeo, tu sangras, yo mato, tu mueres...¨

#64 Lis-Sama

Lis-Sama
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Escrito 01 April 2012 - 11:55 PM

Sí, lo sé, ¡no tengo perdón de Dios! En esta página abandone el fic por completo—de hecho la gente que lo sigue en FF.Net sabe de lo que hablo—. Así que, mientras imploro sus disculpas, paso a publicar todos los capítulos que el fic tiene hasta el momento. A pesar de los años aún es una historia en la estoy trabajando (Es para matarme ¿no es así?). La razón de todo esto es que deseo volver a este foro donde guardo tan gratos recuerdos y donde conocí a gente maravillosa. Lamento enormemente haber estado tanto tiempo desaparecida. Espero que aún puedan disfrutar de esta idea.

Muy buena semana, y besos por montones.

Capítulo XI: Traslado
Spoiler


Capítulo XII: Convivencia
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Capítulo XIII: Vorágine
Spoiler


Capítulo XIV: Locura.

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Capítulo XV: Inquietud
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Capítulo XVI: Incertidumbre
Spoiler


Capítulo XVII: Punta del iceberg
Spoiler

Este tema ha sido editado por froder: 13 April 2012 - 04:25 PM
No se podía leer por exceso de etiquetas.

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#65 Kaizen

Kaizen
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Escrito 13 April 2012 - 10:50 AM

No se si me pasa a mi sola por estar conectada via movil, pero los ultimos 4 capitulos no puedo leerlos!
Salen las etiquetas de la fuente y esta en lo mas interesanteeeeeeeeeee!!!
Por favor un alma caritativa que lo edite si la autora no se ha dado cuenta. porfiiiiiiiiiiii!
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#66 froder

froder

    Estoy cargadito de... amor

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Escrito 13 April 2012 - 04:29 PM

Arreglado.
No me sorprende que no se pudiera leer, estaba repleto de etiquetas mal puestas.


La ignorancia es la peor enfermedad.


#67 Kaizen

Kaizen
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Escrito 14 April 2012 - 06:41 AM



Muchas gracias.



Este fic es realmente impresionante, esta narrado con maestria. Y eso hace que te sumerjas de lleno en la historia y en las escenas. Espero la continuacion. Un abrazo fuerte a la autora.

Este tema ha sido editado por okru: 14 April 2012 - 09:03 AM

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#68 Lis-Sama

Lis-Sama
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Escrito 18 August 2012 - 03:23 AM

Antes de entrar en tema un agradecimiento especial a Froder por arreglar el tema de las etiquetas. No sé qué pasó. Tal vez el mero copy&paste.

En fin, después de una ausencia más que prolongada, hay nuevo capítulo. A pesar de ya no publicar con la misma frecuencia que antes en esta página, voy a cumplir la promesa de terminar el fic también aquí. Las grandes ausencias a generado garrafales bajas en los comentarios, y otros han decidido seguirme directo por FF.Net cuando vieron que tardaba tanto en actualizar. Pero está vez fue distinto. Por un problema de mi papá me fue casi imposible dedicarme de lleno a ésto sumado al compromiso adquirido con la facultad. Ahora todo está mucho mejor, aunque continuamos en la lucha. La falta de control en su diabetes le provocó la formación de ulceras en los pies.

No puedo dejar de lado a Okru quien se tomó la molestia de comentar. Es la primera vez que alguien escribe que el la historia está narrada con maestría. Me sorprendió completamente cuando lo leí, y también se llenó de orgullo. Pongo lo mejor de mí en cada cap para entregarles algo medianamente de calidad. Así que gracias infinitas.

Buena semana y espero que podamos encontrarnos más seguido.

Besos.


Capítulo XVIII: Indómito

Gimió contra el oído del hombre cuando los avaros labios de él se perdieron en la piel de su cuello.

La fuerza de su espíritu era abrasadora, y Kagome lo sentía vibrar como si fuera la propia. Pero era la de Inuyasha. Sólo él. Nuevamente llegando hasta allí. Acorralándola.

Sus palabras terminaron de encadenar con grilletes los gritos de coherencia que aún poseía, mientras que las raudas manos de su verdugo corriendo la cara interna de sus muslos le hacían aceptar el pensamiento irrefrenable de querer ser consumida por él, arrancando de cuajo el último bastión de voluntad que albergaba.

Era inevitable luchar contra lo que deseaba, y su cuerpo ligeramente inclinado sobre aquel escritorio de lustrosa madera ansiaba el próximo movimiento de Inuyasha.

— Aquí para mí. Sólo para mí.

La declaración ronca, posesiva y apasionada dejó que el húmedo calor de su aliento varonil cayera sobre sus labios Los ojos oscurecidos por el primitivo y delirante deseo de Inuyasha habían estado fijos en los suyos mientras hablaba. La boca se le secó de pura excitación.

— Sí, para ti —murmuró, con voz meliflua —, atrapada aquí.

El hombre gruñó embravecido ante aquellos labios que lo tomaba por asalto de nueva cuenta. Mordisqueó el inferior y enredó su lengua con la de ella. Las aletas de su nariz se abrieron inhalando el toxico perfume que Kagome poseía en la piel y parecía rodearle el cuerpo. Una de sus manos se posó en su nuca e hizo la presión suficiente para evitar que se apartase.

Recién comenzaba a tomar de ella.

Las sienes le pulsaban y las piernas le temblaban sin poder contener el deseo y la emoción que se extendían por su piel caliente. Aquella necesidad imperiosa de resbalar por entremedio de los muslos femeninos era sólo una absurda muestra física de lo que él en realidad pretendía.

Kagome arrastró las uñas por el pétreo pecho todavía cubierto, tiró de la prenda de forma impaciente logrando su objetivo. Sintió la sonrisa burlona de Inuyasha sobre su boca al momento de resbalar ambas palmas sobre el duro estomago.

Lo observó desorientada cuando sus manos fueron apartadas y su boca se alejó de la suya. Entonces comprendió, y su estomago se contrajo bajo aquel calor abrazante que quemaba tortuosamente todo su cuerpo. El tinte rojizo que habían adaptado los ónices la dejó sin aliento.

Era mucho más que deseo… mucho más que sexo. Había una silenciosa, pero implícita, palabra en los ojos del hombre que se transformó en demonio. De aquella bestia que pugnaba por encontrar su completa liberación.

— Inu… ¡ah!

Los botones de la camisa que decidió usar salieron proyectados para caer desordenadamente por el piso de la biblioteca. La prenda, fina y delicada, ahora estaba abierta por la mitad careciendo de gracia alguna, mostrando la piel suave y turgente de sus pechos cubiertos por el sostén.

— Mía… —sus voz oscura le penetró en los oídos mientras la obligaba a apoyar la espalda en el escritorio, sujetándole los brazos con demasiada facilidad entre una de sus manos—; sólo mía.

Gimoteó cuando la lengua de él serpenteó por su clavícula pausadamente. Pronto se encontró clamando en roncos jadeos por el toque de él, aquella mano libre que aún poseía y no se había posado sobre su cuerpo. Poco lo importaba su reputación, o salvar su dignidad, sólo quería apagar el fuego que, como lava ardiente, recorría sus venas. La pulsada de placer en su intimidad.

Lo ansiaba de manera febril.

Arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos con un siseo escapando por medio de sus labios. La boca de Inuyasha se enredó en una de sus pezones presionando ligeramente con los dientes la erecta punta. A pesar de haber sido sólo un leve roce la yema de los dedos que utilizó para apartar su sostén aún cosquilleaba en su piel.

Su conciencia estaba perdida y rodeada por una nube densa que le impedía hilvanar un pensamiento con claridad. El deseo que le quemaba en las entrañas y los sonidos que Kagome dejaba caer a raudales se mezclaban eróticamente.

Fieramente, separó sus muslos. Sus dedos marcando la frágil y blanca piel. Allí estaba esa sanción delirante que sólo ella podía hacerle sentir al rodearle con sus piernas.

La poca razón que le quedaba se perdió por completo cuando Kagome movió sensualmente sus caderas contra él incitándole a tomarla por completo.

— ¡Maldita seas! —gruñó con la voz enronquecida, y la parte más oscura de él, aquella que la mujer solía desencadenar con facilidad, se desató.

Ella soltó un gritillo al verse volteada sorpresivamente, ambas palmas haciendo contacto con la superficie del escritorio. Pero, lo que verdaderamente la hizo temblar, fue sentirlo. Sentir los hilos invisibles que siempre habían unido el alma y la fuerza de Inuyasha junto con la suya.

Quemaba. Él estaba ardiendo, y hacia que ella ardiera en el infierno.

Su falda fue subida y sus bragas arrancadas, ahora deslizándose cuesta abajo como sólo un pedazo inútil de tela. El ruido del cinturón y los botones siendo abiertos con premura la hizo morderse los labios. Lo necesitaba, y ya no podía distinguir si era solo su cuerpo o también su espíritu.

Podía reírse ante su propia ironía porque él estaba consumiéndola.

Inuyasha bramó fuera de sí al impulsarse, sin más meditaciones, dentro de la húmeda cavidad que lo apresó anhelante. Sus manos apretaron los costados de la cadera femenina, marcando la piel más allá de lo físico.
— ¡Inuyasha!

Se vanaglorió al escuchar su nombre siendo gritado así mientras se impulsaba tan hondo en ella con aquella fuerza descomunal recientemente adquirida. La forma de abrirse paso estaba al borde de la locura.

Estaba en transe, y sabía que no iba a detenerse hasta el final… pero tampoco le importaba.

Ella lo quería allí. Su intimidad lo abrasaba gustosa, su cuerpo arqueándose y moviendo sus caderas contra él para poder encontrarse a medio camino.

El torso musculoso de Inuyasha la cubrió como un manto, el cabello renegrido cayendo como un velo sensual. Él le mordió el lóbulo de la oreja, envistiendo aún más crudamente contra ella. No había ni un ápice de ternura en sus movimientos, y Kagome se encontró así misma no deseándolos. Lo quería así. Sus cuerpos chocando en perfecta sincronía. El respirar discordante de su pecho. La llamarada de fuego que atravesaba su cuerpo. Su sexo acobijando el enhiesto miembro de él. Los gruñidos de Inuyasha cayendo sobre su oído.

— Kagome, ¡oh, Kami!

Le fue imposible no exteriorizar el hondo gemido que trepó por su garganta al escuchar su voz ronca y, mucho menos, al sentir dos de sus dedos pellizcando su inflamado y sensible clítoris. Sus uñas se clavaron en la madera mientras apoyaba la frente contra la misma, dejando que ésta se empañara bajo su aliento. Se mordió el labio con fuerza cuando las paredes de su sexo hicieron mayor presión alrededor del miembro de Inuyasha.

El hombre tensó el cuerpo ante el placer agónico que le proporcionaba la estrecha cavidad de su amante al cerrarse entorno a él de esa manera. El latigazo próximo al clímax bajó por su columna vertebral, y la pasión mezclada con el desasosiego que la mujer le producía se alojó en la punta roma de su órgano. Las hebras de cabello azabache le cosquillearon en la palma de la mano al enredarlas en torno a ésta. Empujó hacia arriba, obligando al cuerpo femenino a arquearse lo suficiente para que su boca pudiera estar a la altura de su cuello. Su bajo instinto tomó el control y, como si de un animal se tratase, sus dientes se hundieron en la zona mientras sus caderas se movían erráticamente liberando su esencia dentro de Kagome.

Liberándose a sí mismo.

&-&-&-&-&-&-&-&


— Tu padre estaría muy orgulloso de ti.

Sango contuvo el aliento por un segundo antes de despegar las rodillas del tatami. Sus ojos se entrecerraron con rencor al clavarse en los de él. Ni siquiera oyó cuando éste deslizó el shōji que el último alumno cerró antes de abandonar la habitación.

— No eres bienvenido aquí. Márchate por dónde has venido.

Pese al veneno que claramente notó en las palabras pronunciadas sólo pudo sonreírle cariñosamente.

— Deseaba saber cómo estaba todo…cómo estabas tú.

Ella se debatía entre borrar de una certera bofetada aquella sonrisa o dejar que los fuertes brazos de Miroku la sostuvieran nuevamente. Incluso el impulso de correr hacia él y dejar que la cobijara contra su cálido pecho abrió aún más la herida que su alma poseía.

¡¿Qué demonios era lo que pretendía al volver aquí?! ¡¿Acaso no comprendía el dolor que su presencia le causaba?!
— He dicho que te vayas.

Miroku avanzó un paso resolutorio sin dejar de observar un solo instante aquellos ojos castaños que durante años había añorando en silencio. Los mismos ojos que miles de veces lo hicieron sucumbir hasta hacerlo entrar en algún bar para intentar olvidarlos.

— No —soltó, con firmeza—. Si quieres que me marche sabes qué hacer.

Los dientes de Sango rechinaron antes de responder:

— ¡Tú no tienes derecho alguno para venir aquí y exigir que responda tus absurdas preguntas, Miroku! —le gritó, completamente cabreada y fuera de sí, con el fuego del rencor bullendo en sus entrañas con fuerza—. ¡¿Olvidas que me abandonaste?! ¡¿Qué te fuiste de aquí sin importar lo que yo sintiera por ti?! ¡¿Qué tú…?!

Los masculinos brazos la rodearon silenciado su voz, cuando en dos grandes zancadas él avanzó hacia ella. Sus cuerpos no habían estado tan cerca desde hacía años… desde el día en que Miroku se marchó de su vida.

— ¡Suéltame! —le increpó, de manera histérica y desesperada tratando de empujar el cuerpo del hombre lejos del suyo—. ¡No puedes hacerme ésto! ¡No puedes hacerlo, maldito!

— Lo sé, soy un bastardo —susurró contra el oído femenino ejerciendo la presión suficiente para poder retenerla—, pero no me alejes de tu lado mientras esté aquí, taijiya. Por favor no lo hagas.

¿Cómo... cómo se atrevía a hacerle algo así? ¿Con qué fuerza ella lograría rechazarlo al él hablarle de aquel modo?

«Oh, Kami, sólo dime la forma»

Sango permaneció en silencio incapaz de volver a luchar... de alejarlo. De ello ya se había encargado el propio destino. Su suplica no fue respondida, pero los brazos de Miroku sosteniéndola alimentaban aquella parte egoísta. Además, él también lo quería. Se lo había implorado.

En su fuero interno sabía que luego de este encuentro no volvería a ser la misma. Olvidarse de él le resultaría completamente imposible ahora que había decidido reaparecer en su vida.

— ¿Responderás a mis preguntas?

Escuchar el murmullo contra su pelo le dio la entereza necesaria para poder separarse por fin. Aún así, la distancia que mantuvo fue poca, como si su cuerpo extraña el calor que en demasía conocía. Recompuesta, se atrevió a mirarlo.

— No hay mucho que pueda decirte.

Miroku volvió a sonreír. Sango tenía razón, sus preguntas eran absurdas. No había nada que ella pudiera responderle, pero decirle que sólo deseaba escuchar su voz y sentir su presencia rompería la pequeña tranquilidad que los rodeaba.

— Si hay alguien que tiene que responder algo ese eres tú, Miroku —sus ojos acusadores se cerraron levemente por un segundo—. ¿Qué haces aquí?

— Ya lo sabes, que...

— No me refiero a tu visita —lo interrumpió abruptamente, incluso alzando una de sus manos para callarlo—. ¿Qué haces en Tokyo? Tu hogar no es aquí, y si vienes por negocios ya los deberías haber concretado.

— Te sorprendería saber lo que demora cerrar un buen trato.

Sango alzó una ceja al saber lo que él estaba haciéndole. Algo tenía que ocutarle para evadir de forma tan clara y abierta su pregunta. No había sido sólo mera casualidad su llegada al país, y mucho menos que se encontrara estrechamente cerca de Kagome. Incluso ella paresia cómoda con su presencia. Ni asombrada o estupefacta. Sabía que Miroku se encontraba allí.

¿Qué más era lo que Kagome estaba escondiéndole?

La reciente relación de su amiga con Inuyasha no terminaba de satisfacerla por completo. Le causaba risa de sólo pensarlo. Era inverosímil que él se transformara en una persona comprensiva con la capacidad suficiente de reconocer los errores del pasado. Ese no era Inuyasha, y ella conocía muy bien la forma despiadada que adoptaba en determinadas oportunidades. ¡Lo había escuchado y visto!

Pero Kouga había estado allí para informárselo, y Souta para corroborarlo. ¡Kami! el niño lo tenía en un pedestal, y a ella sólo le provocaba que el estomago se le revolviese.

Y luego estaba Miroku resquebrajando su vida con aquella cálida sonrisa.

Los años de larga ausencia sólo sirvieron para sanarla, para obligarla a continuar con su vida. Nada la había preparado para tenerlo a escasos centímetros junto a ella, o para la alocada forma que reaccionaba su corazón cada vez que el hombre se encontraba en la misma habitación.

Él se había ido a vivir al exterior para comenzar con su vida mientras ella continuaba con el dōjō de su padre.
La dolorosa ruptura aún se encontraba allí, en su cuerpo y en su memoria. Miroku la abandonó, y la herida jamás terminaría completamente de cicatrizar ahora que se encargada de torturarla.

— Lo que me sorprendería es que fueras capaz de decirme la verdad. ¡Ello sí sería sorprendente!

La falsa jocosidad en las últimas palabras de la mujer caló hondo en él.

— Es la...

— ¿Verdad? —la joven negó reiteradas veces con la cabeza—. Conmigo puedes ahorrarte las mentiras y las excusas.

— Es lo único que tengo para decirte —respondió con sinceridad. Y así era, mientras su voz se ahogaba un poco más al contemplar la tristeza y desilusión que Sango transmitía. Todo era demasiado complicado—. Créeme.

No, no podía y no debía creerle, aunque Miroku se encontrara tan vulnerable; aunque la observarla con ojos tristes. Kami sabía que deseaba volver a confiar en él pero ¿cómo? La había defraudado en el pasado, así que ahora no tenía derecho a pedirle ese sacrificio de su parte. Ocultaba cosas, igual que Kagome. Al parecer todas las personas en las que deposito su confianza se habían encargado de pisotear la misma.

Podía no tener muy en claro en quién, o en qué, creer; pero definitivamente el hombre frente a ella estaba tachado de la lista.

— Si no tienes el valor para hablarme con honestidad no vengas aquí y esperes que te responda —dijo, resolutoria, mientras omitía el vuelco en el corazón al pasar por su lado—. Conoces la salida, Miroku.

Ella no voltio a verlo y él no tuvo el valor suficiente para retenerla.

Otra vez había vuelto a actuar como un cobarde.

&-&-&-&-&-&-&-&


Titubeante, se quedo allí de pie; parada en el marco de la puerta de la cocina. Mientras contemplaba con absoluto mutismo la forma confiada y galante de los movimientos del hombre, dejándola como anteriores veces estupefacta, se encontraba en una nueva dicotomía. Deseaba creer que seguirle hasta aquel lugar había resultado ser lo correcto, y tomar el valor para llevarlo a cabo había conllevado un sacrificio de proporciones descomunales. Le dolían las extremidades de su cuerpo, además de ciertos lugares del mismo que nunca creyó que pudiera tener. Permanecer de pie era un laborioso trabajo, y comenzaba a sospechas que dentro de pocos segundos el cansancio y el esfuerzo que estaba realizando la obligarían a hiperventilar.

Pero el estomago le gruñía y él había prometido cocinarle, aunque el almuerzo se hubiera transformado en cena.

— ¿Pretendes cenar de pie, koibito?

El calor inundó las mejillas de Kagome al verse descubierta. La mirada que Inuyasha estaba dándole tampoco la ayudaba. Tenía una ceja magistralmente alzada mientras su boca dibujaba una perfecta sonrisa ladeada.

Odiaba que él con su sola presencia aún le hiciera temblar las piernas.

— ¿Te sentaras?

— Cla-claro.

La segunda pregunta la hizo por fin reaccionar, así que avanzo con cuidado; concentrando completamente su mirada en el suelo y en sus pies descalzos. La piel le ardía al rememorar la razón de su estado, y los atentos ojos dorados que sentía clavados en su cuerpo colaboraban en ello. Aunque la vestimenta de ambos los delataba.

Inuyasha portaba el pantalón negro de su traje y ella estaba vestida con la camisa que horas antes le había desabrochado con extrema premura, además de las bragas… unas nuevas bragas.

¿Acaso con el correr de los años había adquirido un nuevo fetiche? Si era así no la sorprendía. Ella desconocía a este Inuyasha aunque, en contados momentos, pareciera encontrar el atisbo del hombre que la enamoró en el pasado.
Kaede le informó que ese hombre estaba allí, escondido detrás del monstruo sin corazón en que se convirtió. No podía creerle. Estaba tan cambiado.

¿Ella había sido la culpable?

No, no podía. Si así era ella tendría que haberle importado lo suficiente como para confiar primero en su palabra, y él ni siquiera le brindo la oportunidad de aclarar las cosas; aunque ella no supiera muy bien qué era lo termino sucediendo.

Le había arrojado unas fotos, y el hombre que aparecía acompañándola ni siquiera lo conocía. Se habían visto solo dos veces. Una de forma casual al toparse con él y otra aquel día en la empresa cuando la furia de Inuyasha estalló.

Él lo había corrido de allí luego de propiciarle un buen golpe; y después la destrucción se cernió sobre ella. Si no hubiera sido por el medio hermano de Inuyasha, por su pareja y por Miroku podía asegurar que el trato que él le brindó consistiría en el mismo que a aquel hombre.

— ¿En qué piensas?

La facilidad con la que Inuyasha lograba abarcar e interrumpir sus pensamientos era pasmosa. Kagome tomó asiento sin pronunciar una palabra, pero junto valor para observar aquella mirada de fuego que amenazaba con consumirla. Aún así, el peso de los recuerdos del pasado era mayor. Su sola presencia atormentaba sus sentidos mientras luchaba para gobernar sus pensamientos.

— ¿No piensas decirme qué es lo que ocupa tu mente?

La mujer negó con la cabeza y sonrió quedamente restandole importancia.

— Es una tontería, pero si quieres saber... —sus labios se ensancharon todavía más—, acabas de destruir la poca confianza que Kaede depositó en ti.

— ¿Mmm? —el rostro del hombre se ladeó, siguiendo la dirección de los ojos de la muchacha. Los mismos se habían detenido tras su espalda—. ¡Demonios!

El vocifero de Inuyasha llenó la cocina, mientras éste se apresuraba a apagar el fuego. ¡Era inaudito! No podía quemársele una simple sopa con fideos. Era su platillo favorito, y el mejor que sabía preparar. El único... con honestidad.

— Si piensas sobrevivir a ramen quemado te aconsejo que le pidas unas clases de cocina a Kaede.

Él la contempló frunciendo el entrecejo. Sus palabras no le habían causado la mejor gracia, aunque Kagome portara en su rostro una alegría contagiosa. ¡Ella no era quién para criticar su comida! A pesar de tener un claro ejemplo a la vista.

— Nunca antes me había sucedido algo así —dijo malhumorado—. Además, Kaede trabaja para mí. Una de sus obligaciones es tener la comida lista.

— Y tú estás demasiado grande como para permitir que Kaede continué con esa labor. ¿No tienes cocineros?

¿Por quién lo trataba? Por supuesto que los tenía. La mansión contaba con todo el personal necesario que la propia Kaede se encargaba de contratar y controlar. Aquella vieja, pese a las diferencias que ambos compartían, era la mujer que más lo conocía y su mano derecha. La admiraba, algo que jamás le diría. Pero, lamentablemente, Kagome tenía razón.

Los años habían resentido su cuerpo, y pese a la vitalidad que aún poseía, ya no era la misma mujer de antaño. Permitió que desempañara más cargos de los necesarios.

Con un bufido de cansancio asintió.

— Tienes razón. Se lo diré apenas hable con ella.

¿Acaso él estaba concordando con ella? ¿Qué era lo que le había sucedido?

¡Carajo! ¡Necesitaba controlarle! Su propia furia lo haría rechinar los dientes. Debía dejar de permitir que los labios de la mujer, ahora ligeramente abiertos por la sorpresa, y sus profundos ojos oscuros fueran lo suficientemente tentadores para lograr excitarlo. Ya tendría que haberse saciado lo suficiente de ella por aquel día. Pero ¡no!, su cuerpo aún vibraba ansiando las formas suaves y femeninas.

Quería aquellas piernas rodeándole la cadera, las palmas delicadas en cualquier parte de su cuerpo, la boca de ella sobre la suya y su voz diciendo su nombre como el bastardo egoísta que era.

La deseaba de forma incontrolable, y era algo que ya no podía ocultarse a sí mismo. La siniestra rueda del destino estaba jugando con él... o bien ella podría estar haciéndolo. Tal vez, no lo sabía; pero ya no podía afirmar sobre la inocencia de Kagome. Ya no como antes.

Pese a ello, cada día se sentía más atraído hacia ella por una fuerza que le era imposible controlar. No debía permitir que eso sucediera. Había caído una vez para salir con el corazón destrozado. Así que, en vista de no contar con la fuerza suficiente para huir de ella aquel día, dejó que su cuerpo se acercara al de la mujer y que sus brazos sujetaran la estrecha cintura. Para ser el único testigo de la profundidad de sus ojos y la tersura de su boca.

&-&-&-&-&-&-&-&


Estaba a punto de perder el control y, además, una desconocida sensación se había alojado en la boca de su estomago.
Se rió de sí misma. Estaba comenzando a volverse paranoica. Aunque, ¡por todos los dioses!, ¿dónde estaba Inuyasha? Parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Incluso caviló dirigirse a las autoridades, por más que la idea desde un principio le resultara completamente absurda. No conocía su paradero exacto —hasta Kaede había realizado un voto de silencio— pero estaba segura sobre su bienestar. Aunque, si lo analizaba como un morboso entretenimiento, hacerle pasar un mal trago no era algo tan descabellado. Con ello se aseguraba de forma directa y definitiva el compromiso de su amigo. Su total y completo cumplimiento para con la empresa que ambos manejaban, volviendo así… localizable.

Comenzaría a utilizar con más frecuencia aquella palabra.

Kikyou botó el aire que estaba conteniendo cuando la puerta de su oficina fue abierta ligeramente. Déjà vu, pensó.

— No necesito tus excusas —expuso, de forma casi lacónica, mientras le daba un último vistazo al balance que tenía en sus manos. Cerrar el trato era primordial, y la presencia de Inuyasha absolutamente necesaria—. Sólo procura seguir intentando comunicarte. Vuelve a telefonear a Kaede.

— Pero, señorita Kikyou, yo...

— ¿Acaso he pedido tú opinión? —consultó, observando a su secretaria de soslayo—. Haz lo que te digo y, por favor, convencerla para que te dé una respuesta. No te estoy pidiendo demasiado. Sólo ve y hazlo, Himiko.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, luego de un débil asentimiento de cabeza por parte de la joven, tuvo un pequeño pinchazo de malestar. Había descargado sus frustraciones en ella. Pero era imposible que no estuviera bajo tanta presión. Hacía dos días que su socio no se dignaba a aparecer por la empresa, y la reunión concordada para hoy ya había sido pospuesta en anteriores oportunidades. Ambos conformaban un equipo pero, al parecer, Inuyasha comenzaba a olvidarse de aquel insignificante detalle.

Todo se estaba saliendo de control, y su salud mental estaba pendiendo de un hilo. Lo sabía.

Dejó el balance sobre el escritorio y se reincorporó arreglándose la falda plisada. Ya vería cómo proceder, aún tenía cuarenta y cinco minutos para lograr que él se materializara o, bien, para buscar alguna absurda excusa antes de presentarse con los inversionistas. Por lo pronto, Himiko merecía una disculpa. Aunque aún desconocía la fuerza que la impulsaba a realizar un acto semejante, ya que jamás había inclinado la cabeza ante nadie con o sin razón, podía apostar que, tal vez, era lo único que recaía en sus manos y contaba con la plena autonomía para llevarlo a cabo.

Con pasos firmes traspasó la puerta, encontrando al instante el pequeño escritorio donde Himiko se hallaba. Los papeles se encontraban prolijamente acomodados sobre el mismo, algo que la hizo levemente sonreír; y los ojos de su secretaria volaban con obligada concentración sobre éstos y el monitor de la computadora. Los dedos presionando con ligereza las teclas.

«Atolondrada, pero capaz.»

— Himiko... —la llamó, utilizando el tono de voz más conciliador que pudo—, quisiera pedirte dis...

Pero la voz se le atoró en la garganta y sus ojos se abrieron ante el estupor mientras la aludida volteaba a verla.

— ¿Señorita Kikyou? —murmuró preocupada, al contemplar el semblante temeroso de su jefa. Jamás había notado algo así en ella.

La mujer se pasó la lengua por los labios resecos y se obligó a inhalar al notar que no lo estaba haciendo de forma mecánica. Le costó poder encontrar las palabras.

— Di-dime... ¿qué es éso? —indagó con voz asustada sin despegar la vista de aquel ramo de campanillas negras—. ¿Quién las envió?

Himiko le extendió la pequeña tarjeta que se encontraba en el ramo. A ella le había parecido un detalle bastante macabro, pero no estaba segura que no fueran del agrado de su jefa. Las mujeres con dinero solían tener gustos bastante extravagantes. Pero, por el rostro aterrorizado de la mujer frente a ella, algo le decía que ésta no estaba en la lista de aquellas mujeres excéntricas.

— La tarjeta no tiene remitente, y quién las trajo tampoco lo sabía —explicó, aún con la mano extendida esperando la reacción de la mujer—, pero sí cuenta con algo escrito.

Las palabras parecieron dar el resultado que Himiko tanto esperaba, porque Kikyou le arrebató la tarjeta de las manos sin ninguna delicadeza; algo completamente extraño en ella. El pulso le templó cuando la sostuvo a una altura considerable delante de sus ojos.

"No creas que he olvidado nuestro trato. Hay algo que todavía me debes"


Los vellos en su nuca se erizaron al tiempo que la tarjeta resbalaba por sus manos y el rostro se le desfiguraba por el pánico.

— Naraku.

Continuará...

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#69 kikyo taisho

kikyo taisho
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Escrito 28 August 2012 - 05:36 AM

wow akavo de leerme tu fic y me encanto esta super hiper WOOW me encanta me facina xfavor continualo pronto bueno chaito

atte: tu nueva loka lectora Gus (alias kikyo taisho)
ATTE: Tu loka lektora Gus (alias Kikyo Taisho)

#70 inuran

inuran
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Escrito 17 November 2012 - 10:58 PM

Wow tu fic esta super bueno conti please, quiero saber que va ah pasar con Inu y Kagome si Inu,al final se va ah dar cuenta que todo fue una trampa de esa vibora de kikyo hay me muero de las ancias please conti, conti.

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You've gotta dance like there's nobody watching, Love like you'll never be hurt, Sing like there's nobody listening and live like its's Heaven on Earth.
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#71 Lis-Sama

Lis-Sama
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Escrito 12 December 2012 - 09:53 AM

Bueno, ¡estoy aquí! Sé que ha pasado mucho tiempo de la última vez, pero la ausencia ha sido más que necesaria. Gracias a la insistencia de algunos he podido reencontrarme con mi musa y terminar por completo este capítulo que he escrito a intervalos durante estos meses. Me obligué a mi misma a tener una actualización  para diciembre y, por suerte, los resultado han sido favorables. Fue una batalla ganada.

 

Quiero agradecer a Kikyo Taisho y Inuran por sus comentarios. Siempre es un halago poder leer lo qué opinan del fic. Y, como en cada actualización, espero poder recibir sus críticas.

 

¡Felices fiestas!, y recuerden pasarlas con las personas que más aman.

 

Saludos y besos. 

 

Capítulo XIX: Enigma

 

Se veía horrible.

 

Con extremo cuidado tocó la zona con la yema de sus dedos. La forma ovoide de la mandíbula de Inuyasha estaba marcada en la fina piel.

 

Todo se estaba tergiversando. Y la desconocida mujer que sostenía su mirar asentía con absoluto mutismo a aquellas silenciosas palabras.

 

Pero, debía callar. Era ella y su débil corazón el que le permitía a él tantas atribuciones. Ese órgano estaba comenzando a olvidar y, si ello de verdad sucedía, estaría perdida porque ya no tendría las fuerzas necesarias como para poder resistirse a Inuyasha.

 

Sería tarde, y él habría ganado la batalla. Y ella no permitiría que ganara.

 

¡Jamás!

 

La extraña mujer le sonrió y, por fin entendió que, quedaban esperanzas. Así que sólo procedió a maquillar esa parte de su cuello.

 

Debía ser paciente ya que, tal vez, todo lograría encausarse.

 

— Nee-san, ¿qué haces?

 

La voz de Souta hizo que volviera abruptamente del lugar dónde sus pensamientos la habían sumido. Se alejó del lavado sólo para contemplar al intruso que se hallaba en el cuarto. Las comisuras de sus labios se alzaron mostrando una sonrisa cálida y sincera. ¡Lo extrañó tanto!

 

— Oh, pero ¿qué haces aquí? ¿Por qué no me avisaste?

 

El niño rodó los ojos. Al parecer estaba distraída porque gritó su nombre desde que entró.

 

— No me has escuchado —afirmó, enojado—. Pensé que no estabas aquí, pero Kaede me dijo que sí.

 

— ¿Aún está?

 

Esa información la sorprendió. La mujer parecía transitar una complicada mañana. Inclusive le anunció sobre lo poco que hoy se quedaría en la escueta plática que ambas tuvieron en la cocina. El rostro que portaba de mirada contrariada la asustó. Inuysaha no era el dueño de su enojo, lo sabía porque ella misma se encargó de interrogarla al respecto; pero tampoco quiso confesarle quién, o qué, causó ese malestar. Había cortado tajantemente la conversación alegando tener mucho que hacer. Y ella, por su parte, huyó a la habitación; seguramente en el acto más masoquista que alguna vez cometió. Había pasado los últimos dos días encerrada en ese cuarto junto a su verdugo.

 

Un proceder admirable.

 

— No, se marchó apenas me abrió. Pero Sango está aquí.

 

¿Sango? ¡¿Sango aquí?! Era imposible. Su amiga odiaba con todas sus fuerzas a Inuyasha y, por extensión, cualquier cosa que tuviera relación con él. No importaba si era la más absurda. Ni siquiera se atrevió a pisar el departamento el día que intervinieron a su madre y se llevó a su hermano con ella. Souta debía estar confundido.

 

— ¿Estás seguro?

 

— ¿Crees que miento?

 

— ¡Oh, no!, por supuesto que no. —se apresuró a decir, moviendo incluso sus manos para calmarlo cuando notó el entrecejo fruncido del niño—. Me extraña que se encuentre aquí.

 

— Pero ustedes son amigas, no habría nada de extraño en ello. —argumentó con una sonrisa—. Sango siempre visitaba el templo, y ahora que estamos aquí ella puede hacer lo mismo ¿no?

 

Si sólo tuviera el valor para decirle que era más complicado de lo que su infantil mente imaginaba. Si pudiera tener ese valor las cosas no hubieran llegado tan lejos. Ambos se encontrarían en el viejo templo, con su madre internada y esperando pacientemente la ayuda de Kouga. Pero, ¿no fue aquello lo que provocó que buscara a Inuyasha?

 

Acarició tiernamente la mejilla del pequeño mientras asentía.

 

— Claro que sí. Ella puede venir aquí cuántas veces lo desee.

 

— ¡Perfecto!, porque Kohaku se encuentra con ella —expresó él con gozo—. Vamos, están en la sala de estar.

 

Souta no le mintió. Sango, su amiga a la que tanto lastimó, se encontraba allí aguardando por ambos. Poseía el rostro tenso y su cuerpo se encontraba en completo estado de alerta, como temiendo que algo pudiera atacarla...cualquier cosa. En sus ojos notaba con dolorosa claridad que estaba lista para recibir dicho ataque hasta del flanco más íntimo.

 

La postura continuó sin importar que ambas se hallasen, ahora, recorriendo el parque en círculos. El mismo parque que albergaba tantas añoranzas y buenos recuerdos. El mismo que representaba una huella imborrable en su amistad.

 

Ninguna de las dos se había podido resistir a la petición de los niños y su afán desmedido por el aire libre. Eran culpables.

 

— ¿Quieres...sentarte aquí? —musitó Kagome tranquilamente, mientras señalaba el banco que se encontraba a su lado—. No es necesario, si quieres podemos...

 

— Sentémonos.

 

El tono cortante la tomó desprevenida, pero se lo esperaba. Era la primera palabra que le dirigía. No habían tenido tiempo ni siquiera de saludarse y, cuando la conversación se volvió propicia para un intercambio entre ambas, Sango se mostró desinteresada. De cualquier forma estaba su lado, y no importaba si era porque Kohaku la obligó a ello.

 

Estaban juntas en esto. Juntas como antes.

 

— ¿Cómo te encuentras?

 

Kagome contuvo la sonrisa que sus labios clamaban por dibujar. Se sentía agradecida de poder hablar con total libertad después de las pasadas semanas. Su apoyo en la clínica fue incondicional. La había verdaderamente asustado aquella vez, y ella la socorrió a pesar de detestar sus descabelladas decisiones.

 

— Anémica, pero recuperándome. —apoyó los codos sobre sus piernas y contempló cómo ambos pequeños jugaban—. ¿Tú? Deseo hacerte esa pregunta desde hace meses, pero nunca encontré el coraje para hacértela. Tampoco pude el día de la intervención de mi madre.

 

Escuchó a la mujer junto a ella inhalar profundamente mientras que por el rabillo del ojo la observaba tensar la mandíbula. Los pensamientos que corrían por la mente de ésta iban tan a prisa que le era difícil leerlos. Aunque lo cierto era que deseaba maldecirla, y para ello no necesitaba ningún tipo de entendimiento. Tenía un carácter explosivo.

 

— Hubiera cortado la llamada o cerrado la puerta si sabía que eras tú quién me buscaba —expuso con brutal sinceridad—. Me encuentro bien.

 

— Es bueno saber que no lo hice. —le dio una rápida mirada—. Me alegro por ti.

 

Sango se removió incomoda dejando que el silencio inminente y voraz se formara entre ambas. Sopesó la idea de tomar nuevamente la iniciativa para hablar, pero se aborrecía a sí misma. Aborrecía el sentimiento que gobernaba su alma quebrada. Estaba junto a la niña que la había apoyado en tantos momentos dolorosos. La misma que le brindó aquella sincera sonrisa la primera vez que cruzaron miradas. Ahora la resultaba una extraña, una extraña que la conocía en demasía.

 

Eso la alteraba. Sabía que estaba ocultándole cosas… cosas que tal vez ella no quería escuchar pero que eran necesarias.

 

¡Ambas prometieron confiar la una en la otra!

 

Se mordió los labios fuertemente. ¡Kami! sólo quería abrir su boca y obligarla, en el caso de ser necesario, a decirle absolutamente todo. ¿Que demonios hacia con Inuyasha? ¿Por qué vivía con él en aquel lugar? ¿Cómo es que logró perdonarlo? ¿Por qué parecía saber sobre la presencia de Miroku? ¿Por qué no confió en ella o en Kouga? ¿Tan turbio era lo que callaba?

 

Quería devuelta a su amiga, a la tierna niña que se escondía bajo el cuerpo de mujer. Quería a la verdadera Kagome, no la copia derrotada y sin vida que estaba sentada a su lado, porque era imposible que pasara por alto sus ojos tristes o su semblante decaído. Ella no podía estar por amor al lado de Inuyasha, y todo en su cuerpo lo gritaba. Entonces ¿por qué?

 

Supo que por más que la presionara no se lo diría. Era una de sus muchas características. No importaba si estaba equivocada, ella afrontaría las consecuencias por si sola sin inmiscuir a nadie más. Pero quería decirle que no era el momento para convertirse en altruista. Tal vez antes, pero no ahora.

 

Y su cuerpo templó al contener las lágrimas que le escocían los ojos. ¿Cómo ayudarla? ¿Cómo olvidar cuando era imposible y ser incondicional?

 

— San. —la rodeó con ambos brazos y la empujó contra su cuerpo emulando el triste recuerdo del pasado. Ese pasado que marcó la pérdida de un padre y la búsqueda de consuelo—. Perdóname.

 

Las palabras fueron claras y delicadas, dichas con todo el corazón. No la sintió resistirse, sino que se apoyó aún más contra ella. Igual que esa vez.

 

Era una pequeña señal, pero eso le bastaba.

 

Su amistad no podía terminar así. Ellas aprenderían a comenzar de nuevo.

 

0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0

— ¡Señor Inuyasha!

 

Himiko se levantó azorada del asiento aún con el teléfono en mano. Lanzó el auricular sobre el pequeño escritorio de trabajo y bordeó el mismo cortándole el paso a su jefe. Parecía un demonio salido de los peores cuentos feudales. Los orbes en llamas la observaron con recelo y el rostro inclemente. Él estaba esperando que ella le diera una buena explicación de su comportamiento, pero ¿qué decirle?

 

Su jefa, la señorita Kikyou, parecía entrar en lapsos de catatonia. El día anterior la había obligado a desaparecer el extraño ramo de flores —sin importarle el cómo— mientras la amenazaba con despedirla si no cancela todas las citas del día. Incluso le prohibió seguir intentando localizar a su socio.

 

Y ahora estaban allí, veinticuatro horas después, con la empresa al filo del abismo El dueño desaparecido —presente en estos momentos— con su jefa cerrándole la puerta en las narices a quién se atreviera a molestarla cada vez que estaba consciente.

 

Menudo par de socios.

 

— Hazte a un lado —demandó sin ningún reparo—. ¡Ahora!

 

La temblorosa muchacha tragó en seco. Kami, ¿en qué se estaba metiendo? Debería haber meditado un segundo más su accionar. Él la despediría sin importar que sus servicios fueran requeridos por la señorita Kikyou. Ese hombre era el propietario mayoritario de la empresa, pero su jefa absoluta era la mujer que se encontraba detrás de la puerta que ella custodiaba con recelo No le permitiría el paso ni a él, ni a nadie.

 

Cuadró los hombros levemente y se aclaró la garganta antes de hablar:

 

— Lo siento, señor Inuyasha, pero la señorita Kikyou se encuentra indispuesta en estos momentos —soltó, lo más claramente posible—. Ella misma ha pedido no ser molestada. Pero si gusta puedo dejarle algún mensaje.

 

El cuerpo se le sacudió con mayor violencia cuando lo vio dibujar una escalofriante sonrisa.

 

— ¿Así que eso mandó a decir? —sus ojos se cerraron en dos finas rendijas—. Y, supongo, que ella no contaba hoy con mi presencia ¿verdad?

 

— Bue-bueno, señor... lo que sucede...

 

— ¡Me importa un comino! —vociferó, perdiendo la paciencia. No podía entender cómo demonios había un empleado en todo el edificio que defendiera a Kikyou. ¡Por Dios! ella los subestimaba Ni siquiera imaginaba cómo era su trato para con la chica—. Sólo quiero que te muevas a un lado y me dejes pasar. ¡¿Estoy pidiéndote demasiado?!

 

Himiko trastabilló hacia atrás chocando su espalda contra la puerta de la oficina.

 

— Cla-claro que no, señor.

 

— Muy bien, entonces... ¡Muévete de una vez!

 

Pero Inuyasha no espero, con la misma fuerza que una ola embravecida apartó a un lado a la joven sin delicadeza alguna. No estaba para fijarse en ese tipo de niñerías. Con el camino libre tomó el pomo de la puerta y lo hizo girar, casi carcajeándose al encontrar la misma sin traba. Era una señal de Kikyou y el respeto que ella sabía que profesaba. Nadie osaría entrar abruptamente en su oficina y seguir deseando mantener todos sus miembros en los respectivos lugares de origen.

 

Aunque, hoy parecía ser un excelente día para poner ese carácter a prueba.

 

Lo último que oyó fue el sobresalto desmedido de la secretaria de su socia antes de pasar a través del umbral. Pensó que la joven había juntado nuevamente el valor para defender a su jefa, pero al parecer el susto era mayor. Mejor así. No quería escuchar tonterías sin sentido.

 

Venía a enfrentarse con Kikyou, y no se iría de aquí hasta que ella le brindara una maldita explicación que lo convenciera.

 

Justo como sospechó ella saltó del lugar donde se encontraba sentada con todo el poderío que la caracterizaba.

 

— Himiko, ¡he dicho que...!

 

— Lamento desilusionarte, Kikyou. —arrastró su nombre, contemplando con regocijo como el rostro de la mujer se desfiguraba al verlo allí de pie. Era ella quién, con tanto ahínco, había solicitado verlo el día anterior—. Aquí estoy, como deseabas, pero… porque no me dices ¿qué hacia el bastardo de Miroku contigo en la empresa? ¿Qué demonios es lo que estás ocultándome?

 

A la mujer le tomó medio segundo comprender que él estaba allí presente, que, por fin, había hecho acto de presencia. No había lugar para juegos absurdos en su mente, era algo imposible, porque la imagen de Inuyasha era completamente real. El tinte enojado y recriminatorio de su voz, sus fracciones rígidas. Su socio por fin estaba donde debía.

 

Contuvo los deseos de gritar. ¿Así que sólo había movido su trasero porque necesitaba respuestas? Bien, podía irse directo al hoyo de donde surgió.

 

¿Ella qué?

 

¿Y la empresa que su propio padre levantó con sus manos?

 

¡Todo estaba cayendo!, y ella era participe de aquel macabro juego.

 

— Respóndeme, Kikyou.

 

No podía, no ahora; no cuando la espada de Damocles se cernía sobre su cabeza. Estaba acorralada, ahora más que nunca. Ni siquiera el resquicio de aquel valor que logró juntar al confesar su pecado quedaba ya. Era imposible. La presencia latente de Naraku la ponía en jaque... la orillaba. Su mente procesó y comprendió las palabras encriptadas del mensaje. Tal vez ambos desconocieran el bajo mundo que Kurosawa espléndidamente manejaba, pero, por mucho que le pesara, allí estaba.

 

Su posición o jerarquía no la ayudaría. Era vulnerable ante un hombre con aquella moral.

 

Con pasmosa facilidad podía aún evocar sus ojos.

 

El demonio personificado. Un demonio que la había amenazado.

 

— Por lo menos te dignaste a venir. —pronunció, volviendo a tomar asiento como si nada hubiera sucedido—. Estaba a punto de ir a buscarte por la fuerza. ¿Por qué siempre logras que llegue a esos extremos? Ambos estamos juntos en este proyecto desde el comienzo, ¿lo olvidas? —juntó ambas piernas y enderezó la espalda sin quitarle la mirada—. Deberías estar aquí preguntando por todo lo que te perdiste por el estúpido juego que intentas dominar, pero la realidad es que estás aquí por otra cosa.

 

— Ilumíname, Kikyou.

 

— Estás aquí porque desconfías de mí —soltó fríamente—. Porque no puedes manejar tus sentimientos y, por consiguiente, comienzas a buscar fantasmas donde no los hay. Sino, ¿por qué otra cosa me mandarías a vigilar? Tú mismo acabas de decírmelo.

 

— Jamás te he mandado a vigilar —se defendió rápidamente, frunciendo el ceño ante el comentario anteriormente dicho—. Eres tú la que no se ha cuidado. Hay cámaras en toda la empresa.

 

Kikyou lo miró cautelosamente. ¿Acaso la tomaba por idiota? Claro que sabía sobre las cámaras, ella fue la de la idea de aumentar la seguridad del edificio. Inu-no había confiado ciegamente en sus empleados, pero ella no; e Inuyasha sacó el mismo lado tierno que su padre. Era sólo por seguridad, cuando se manejaba grandes inversiones, y más siendo una empresa como aquella, se debía tener el doble de cuidado. Nunca se sabía de dónde podía provenir la traición.

 

Tuvo que hacer un esfuerzo sobre humano para no reír ante sus propios pensamientos. Ella misma los traicionó a ambos. No era mejor persona que cualquier otro empleado que buscaba su conveniencia personal.

 

— Inuyasha... las cámaras sólo están para casos extremos y Miroku no representa ninguno de ellos.

 

— ¿Te atreves a jugar conmigo?

 

— No, eres tú el que lo está haciendo. —afirmó, mientras se cruzaba de piernas—. Tú y tu rencor hacia el pasado. Nadie trata de engañarte. Él no está por ti, sino por mí.

 

— ¿Por ti? ¿Qué demonios tiene que hacer por ti?

 

— Jamás dije que tuviera que hacer algo por mí, sólo que estaba aquí por mí. Aprende a escuchar.

 

Con la mandíbula y el rosto tenso por las palabras que ella le estaba dirigiendo se acercó a su encuentro, inclinándose lo subiente para que sus miradas estuvieran a la misma altura. La rudeza en la de ella no lo amedrento, ni tampoco las facciones inexpresivas. Debía inventar una mejor patraña si quería que él creyera en sus palabras. ¿Pensaba que se tragaría ese cuento? Había demasiados cavos sueltos. Kikyou jamás se llevó de maravillas con Miroku, de hecho lo subestimaba como a cualquier otro empleado. Así que era imposible que de la noche a la mañana estuviera dialogando con él. Y si así era ¿cuál era el bendito propósito?

 

Su antiguo amigo vivía en Inglaterra, por lo que estaba demasiado lejos de casa. Tal vez estaba aquí como delegado del bastardo de su medio hermano, pero lo creía imposible. Sesshomaru nunca delegaba las cuestiones, y mucho menos las que tenían que ver con él; estaba aferrado a la absurda idea de humillarlo cada vez que lo veía. Así que ¡cómo perdérselo!

 

— No trates de engañarme —le aconsejó con voz monocorde, pero Kikyou sabía muy bien el peso que esas palabras acarreaban—. No te atrevas.

 

El vello de la nuca se le erizó ante los filosos ojos que la contemplaban. Inuyasha no estaba jugando, por primera vez en todos estos años no lo estaba haciendo. ¿Sería capaz de olvidarse de todo lo que había hecho por él? No podía creer cómo se atrevía a observarla así después de todo lo que ambos habían pasado. ¡Ella fue incondicional! No sólo para la empresa que recaía, en parte, en sus manos, sino para con él. Lo apoyó ciegamente en las locuras más absolutas, estuvo ahí cuando lo vio por los suelos, cuando su mundo se colapso.

 

Pero esta vez no podía apoyarlo, y pese a sentirse dolida por la forma vil que utilizaba para tratarla, no iba a dar marcha atrás en su plan. No permitiría que más gente saliera lastimada por su culpa. Suficiente tenía con ella misma.

Si Inuyasha iba a odiarla que así sea.

 

La mujer alzó la barbilla y sus ojos llamearon como flamas al rojo vivo. Se levantó elegantemente y acomodó los brazos a los costados de su cuerpo completamente rígida Nadie iba a entrar en su oficina y darle semejante tipo de sermón.

 

— Vete de aquí ahora mismo, Inuyasha —expresó autoritariamente y sin dejar de mirarlo para que comprendiera la veracidad de sus palabras—. Vete de aquí y regresa cuándo puedas pensar coherentemente. Vete y regresa cuándo puedas tener nuevamente el control de tu vida y, sobre todo, de la empresa porque, vuelvo a reiterarte, me has dejado aquí botada. Sola no puedo salvarla.

 

— Kikyou, tú a mí no...

 

— ¡Lárgate de aquí! ¡¿No entiendes?!

 

Había perdido el control, pero no le importaba si con ello lograba hacerlo partir. Todo lo que alguna vez construyó comenzaba a desmoronarse. Su vida, su personalidad... todo. Suspiró con alivio cuando lo observó marchar, aunque la mirada que le lanzó antes de retirarse en silencio jamás la olvidaría. Inuyasha no se quedaría cruzado de brazos. ¡Claro que no!

 

Sólo necesitaba tiempo.

 

Sólo necesitaba saber cómo actuar.

 

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— Fue un buen día ¿no es así?

 

No cabía en sí. Sus manos revolvieron juguetonamente el cabello de su hermano pequeño sin detenerse a pesar de oír los gruñidos de protesta. Le sacó la lengua, en una mueca infantil, y continuó despeinando las sedosas hebras.

 

— ¡Hermana, ya para!

 

Se detuvo al instante para observarlo fijamente a los ojos. Souta aprovechó para pasar desesperadamente sus manos a lo largo del pelo e intentar normalizarlo.

 

— Supongo que… ¡No puedo hacerlo!

 

Como si de un grito de batalla se tratase el joven empalideció mientras veía moverse las manos de su hermana de forma rápida y certera para alojarse a los costados de su cuerpo y hacer presión sobre sus costillas y cerca de su estomago.

Kagome recibió la explosión de aquella infantil risa con júbilo, con el mismo júbilo que, horas atrás, dejó correr sus lágrimas en la plática que mantuvo con Sango.

 

Había podido desnudar su alma. Sincerarse en parte. Guardar lo que aún debía ocultar y responder aquello que no era necesario callar. Sus brazos estuvieron alrededor de la otra en todo momento, como queriendo apresar eternamente lo que les fue arrebatado y posteriormente recuperado.

 

Sabía que miles de preguntas quedaban en la mente de su amiga, pero no era el tiempo adecuado para responderlas; y ella silenciosamente lo comprendió. No necesitó, ni siquiera, pronunciar una palabra.

 

Cuando el momento propicio llegará se confesaría.

 

El avance óptimo de su madre también la alentaba. Era imposible lograr espantar la sombra que se cernía sobre sí misma, y las dudas. Pero había demostrado ser fuerte, estoica. La admiraba.

 

Tenía tanto que aprender. Tanto por lo qué luchar.

 

— ¡No es justo!

 

— ¡Claro que lo es!

 

Souta se defendió atacando a su hermana pese a saber que ella saldría victoriosa. Le costaba hacerlo, y hablar entre carcajadas le restó fuerzas. Pero Kagome hacia ver tan natural aquello.

 

— Cla-claro que no. —inhaló sonoramente aprovechando la corta y reciente tregua—. Eres más alta que yo y más… grande.

 

La ceja de la muchacha se alzó magistralmente. Él no había podía acabar de decir aquello. ¡Estaba muerto!

 

El niño gritó cuando los dedos de su hermana lo volvieron a atacar sin piedad. No fue hábil su combinación de palabras, pero sólo buscaba molestarla un poco. Chilló pidiendo clemencia. ¡No era justo ya que sí era mayor que él! Cuando fuera grande y fuerte como Inuyasha le haría pedir misericordia a ella.

 

¡Él era Souta Higurashi!

 

— ¿Qué pasa aquí?

 

La sola voz de él tenía el ímpetu suficiente para hacerla detener. Le dio una leve mirada al cuerpo desparramado de su hermano sobre el sillón de la sala antes de ladear el rosto y fijarse en el recién llegado. Se sonrojó sin poder contenerse ante el escrutinio de Inuyasha. Tenía alzada ambas cejas, pero era su burlona sonrisa lo que hacia temblar ligeramente su cuerpo.

 

— ¿Nadie me va explicar el motivo de semejante alboroto? —miró a ambos contrincantes evaluativamente—. ¿Pequeña?

 

¡Tonto!, lo estaba haciendo apropósito. Sabía muy bien lo que sucedía. Estaba segura que llevaba varios momentos observando en absoluto silencio como Souta y ella batallaban en aquella guerra de cosquillas. Lo único que quería es ponerla en vergüenza.

 

— ¡Inuyasha!

 

Con las fuerzas repuestas y las mejillas como un candil producto del juego interrumpido corrió hacia su héroe ante la estupefacta mirada de su hermana. El vocifero prácticamente le perforó los tímpanos a la mujer.

 

— Hey, mocoso —saludo al niño al tiempo que le despeinaba aún más su pelo revuelto—. ¿Cómo has estado?

 

¡Aquello era increíble!

 

¡Indignante!

 

Kagome tuvo que apretar la mandíbula para que la boca no se le abriera. Souta despotricaba como caballo enardecido cuando ella le hacia aquel inocente gesto, pero no decida nada cuando lo recibía de ¡él!

 

«Pequeño traidor»

 

— Excelente. Me hubiera gustado poder verte antes.

 

— Estabas con Sango.

 

— Sí —afirmó con rapidez—. Pero hoy me trajo aquí. Ya quería volver y darle una sorpresa a Kagome.

 

— ¿En serio?

 

Su voz había sonado convincentemente asombrada mientras le daba una mirada profundamente mordaz a la interpelada. Inclinó el rosto hacia un costado y presionó suavemente los labios para que no se le escapara una estruendosa carcajada. Los oscuros luceros de ella estaban brillando envalentonados captando por completo su atención. Sabía que si presionaba un poco más de la cuenta explotaría. Y a él siempre le divirtió tanto hacerla enojar.

 

El único problema era que el niño estaba moviendo la boca tan atropelladamente que le resultaba imposible seguirle el hilo conector. Aunque la verdad era que había dejado de oírlo.

 

— Mejor voy a bañarme así puedo prepararme para cenar. ¿No es así, nee-san?

 

— Ve. Pero no demores mucho Souta. —advirtió mientras se acercaba un poco a éste—. No iré a buscarte.

 

Souta abrazó un momento su cintura con ambos brazos y luego salió corriendo hacia el jardín para subir la escalera que conectaba con el segundo piso. Ese era el momento preciso para escabullirse con cualquier excusa y salir de allí antes que sucumbiera a la presencia del hombre que tenía frente a ella.

 

Era extraño que aún mantuviera la formalidad en la vestimenta. Solía sacarse el saco y arremangar su camisa cada vez que ponía un pie de regreso. Además, había llegado más tempano; lo que también resultaba extraño.

 

Lo contempló verdaderamente, tratando de observar más allá de lo que Inuyasha en realidad quería mostrarle. Tal vez ya no pudiera leerlo con la misma facilidad que antaño, pero algo le había sucedido. Había una sombra que empañaba sus ojos. Una sombra que él luchaba por ocultar.

 

Encogiéndose en el lugar tomó el valor para hablar.

 

— ¿Te encuentras bien?

 

El suspiro que botó fue cansino, demoledor. Incluso pensó que se derrumbaría sobre el piso, pero no le respondió. Alzó con tirantes las comisuras de sus labios y caminó hacia ella sin detenerse. La jaló de la muñera y la arrastró consigo para sentarla sobre sus piernas cuando él se alojó sobre el sillón.

 

No era lo más osado que Inuyasha le había hecho, pero experimentar aquella tibia y casta intimidad le provocó un nuevo enrojecimiento en las mejillas.

 

No entendía qué le sucedía.

 

Las ásperas palmas de él se posaron en su plano estomago.

 

— ¿De verdad… de verdad quieres saberlo, koibito?

 

El susurro bajo y ronco sobre su oído le provocó un sinfín de sensaciones que ella luchaba por gobernar y controlar; pero Inuyasha seguía dejándola sin armas. Apoyó su cabeza contra el hombro de él y dejó que el embriagante aliento de su boca cayera en su rosto.

 

Su mirada gritaba tantas cosas.

 

Y, por primera vez desde hace meses, volvió a anhelar aquella destreza perdida. La habilidad de poder encontrar en los ojos del hombre todas las palabras, las intrigas y los sueños que él guardaba celosamente en su alma.

 

Porque, de algo estaba segura, ni Inuyasha mismo sabía las respuestas de sus propios y particulares tormentos… y tampoco se las diría.

 

Por lo menos no a ella.

 

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Imposible.

 

Aquella era la palabra adecuada, la perfecta para definir sus pensamientos.

 

— ¿Niña?

 

Kagome alzó levemente los labios en una pequeña pero sincera sonrisa al verse descubierta. Se sentía avergonzada de omitir deliberadamente la presencia de su acompañante y el delicado tema sobre la carga extra de trabajo que estaban tratando. Al parecer, Inuyasha no había podido hacerla entrar en razón el día anterior. Y, no quería desaprovechar la oportunidad que hoy se estaba presentando para poder dialogar calmadamente con ella. Ayer no tuvieron oportunidad.

 

— Oh, prometo estar más atenta. Lo juro.

 

La anciana le devolvió el cálido gesto. Sabía muy bien quién era la persona que ocupaba la mente de la mujer, y no sólo por el brillo particular que se alojaba en los ojos de su dueña.

 

— Tú sabes, mi niña, que no debes prometerme nada —dijo, con voz meliflua—, pero hoy te encuentras más distraída de lo normal.

Los labios de la joven muchacha formaron una fina línea. Kaede resultaba ser una persona demasiado observadora. No podía ocultarle nada, la conocía más de lo que aparentaba.

 

Quería concentrarse, ¡de verdad lo anhelaba!, pero su mente se negaba a cooperar con ella. Las imágenes estaban allí presentes, grabadas a fuego, y no era lo humanamente fuerte como para olvidarlas.

 

Pero aquella actitud, aquellas notas que habían fluctuado por la silenciosa y oscura habitación hasta el lecho haciéndola ir a su encuentro, era algo completamente nuevo. Sin precedentes.

 

Extraño.

 

Su parte racionan gritaba que aquello sólo era un mero producto de su imaginación, pero ella se negaba a creerlo. Y jamás lo creería porque había sido brutalmente tangible.

 

Los ojos de su verdugo habían ardido cuando la melodía concluyó al alejase del piano. La contradicción, la angustia y el desespero se abrieron paso en los mismos al observarla.

 

El hombre había buscado su boca con agonía antes de volver a tomarla. Pero fue él, no la persona que la odiaba, sino aquella que alguna vez la amó, y también, la que más la lastimó.

 

— Kaede... —musitó, con la pesadez de aquellos recuerdos de la noche pasada que calaban profundamente y laceraban su alma—, Inuyasha... él...

 

La garganta de se le cerró sin saber bien qué decir o qué preguntar. Tenía millones de dudas, pero no sabía bien por dónde comenzar. La actitud del hombre estaba acabando con ella. Primero había sentido el alma de Inuyasha en contacto con la propia, y luego aquello. Sentía que desfallecería en cualquier momento, y los ojos preocupados de la vieja niñera estaban contemplándola de forma alarmante.

 

— ¿Señorita Kagome?

 

Kaede alargó la mano de forma dubitativa para tocarle el rostro ante la perdida de color momentáneo pero, antes de poder hacerlo, los labios de la joven murmuraron algo que jamás creyó volver a oír.

 

— Lo escuché tocar... —enfocó su mirar en la mujer con profundo dolor y asombro—, lo escuché tocar el piano.

 

Los ojos de la anciana se abrieron con magnitud. No, aquello no podía ser. Era absurdo. Pero, la frágil muchacha no podía mentirle. La postura de su cuerpo y el desgarrador temor en su voz se lo estaban confirmando.

 

¡Oh, por Kami!

 

¿Cuánto sabría ella? ¿Cuánto el niño se habría atrevido a hablar? ¡Tenía que saberlo desesperadamente! Debía quitar la venda que cubría los ojos de aquella bondadosa joven. Sólo esperaba que resultara.

 

Arrastró un banquillo para tomar asiento junto a ella. Estaban completamente solas en aquella cocina. Ambos hombres se habían ido, así que nadie podía interrumpirlas.

 

Además, ella se juró a sí misma proteger lo mejor que pudiera a la mujer frente a ella. Y, por todo lo sagrado que conocía en este mundo, ¡lo haría!

 

Tomó una de las manos de la muchacha para darle un reconfortarte apretón. Cuando los ojos de ella volvieron a estar sobre los suyos juntó el valor necesario para hablar.

 

— Alguna vez ¿él te ha contado la historia?

 

Pese al nudo en su garganta Kagome logró responder.

 

— ¿Qué historia?

 

Kaede asintió con el reflejo del profundo dolor que aún guardaba proyectado en aquella sonrisa triste y melancólica que dibujo. El chocolate viejo de sus ojos adquirió la misma característica. Pese a los años y a los valiosos recuerdos acumulados la perdida de la madre del joven Inuyasha había sido como el final de su propia existencia. O como la muerte de una hija.

 

Una parte de ella jamás lo superaría.

 

— De niño Inuyasha resultaba ser, en algunas ocasiones, incontrolable. —la voz baja y dulce hizo levemente sonreír a la joven frente a ella—. Otras veces sólo se trataba del complicado genio que comenzaba a gestarse en su interior, o sus conflictivos sentimientos. Era un pequeño fuerte, pero vulnerable. Un buen día a la señora Izayoi se le ocurrió una solución.

 

— ¿Cuál?

 

Kaede soltó una tenue risa.

 

— Enseñarle a tocar el piano —dijo, como si la respuesta fuera totalmente natural—. Su abuelo, el padre de la señora, había sido un aficionado pianista; y ella adquirió el gusto por aquel instrumento desde muy niña. Nunca le interesó especializarse ya que su pasión, hasta el fin de sus días, fue la pintura.

 

Completamente inmersa en la historia Kagome tuvo que morderse la lengua para no interrumpir a la mujer entrada en años. Al ser un tema extremadamente delicado para Inuyasha, éste nunca le había revelado más detalles de los necesarios acerca de su madre. Y lo comprendía perfectamente.

 

— Así que puso en práctica el viejo refrán — prosiguió—, esperando que la música aplacara a la bestia.

 

— Ella, ¿ya tocaba? —inquirió sin poder contenerse.

 

— ¡Oh, sí!, y era muy buena —explicó con total candidez—. Prefería sus cuadros y sus paisajes pero, cuando se hallaba abrumada, sólo tenía que tomar asiento unos minutos junto al piano y deslizar sus dedos sobre las blancas teclas. La melodía siempre resultaba ser amorosa, suave y armónica Muchas de aquellas veces encontré al joven absorto mientras la contemplaba.

 

Pese a desconocer aquella parte de la vida de él su mente creó una imagen tan perfecta que le estrujó de pura ternura el corazón. Tal vez Inuyasha fuera reservado sobre esos detalles, pero sólo le había bastado un segundo para comprender cuánto quería a su madre y cuánto había sufrido aquella pronta perdida.

 

— Ambos se pasaron tardes enteras sentados sobre el taburete junto al piano con el único propósito de apaciguar los tumultuosos sentimientos.

 

— Él... jamás me habló sobre esto.

 

— No lo dudo, mi niña. —volvió a plasmar una melancólica y triste sonrisa—. Cualquier cosa que tenga que ver con su madre le resulta doloroso, el mismo dolor que el señor Inu-no acarreó.

 

— Lo entiendo —musitó la joven quedamente.

 

A pesar de la clara diferencia que existía entra la madre de Kagome y la señora Izayoi, la mujer sabía el motivo por el cual las últimas palabras pronunciadas cargaban ese tinte angustiado.

 

— Cuando ella murió los muebles que utilizaba fueron cubiertos y la habitación donde éstos se hallaban cerrada. El señor no había podido soportar la presencia casi tangible de su esposa en los mismo —continuó, volviendo a retomar el relato—. Ni siquiera se atrevió a volver a pisar aquí.

 

— Pero ¿qué sucedió con Inuyasha? —farfulló, nuevamente sin poder contenerse.

 

La anciana frente a ella bajó la cabeza con el rostro ensombrecido por el lúgubre recuerdo que llegaba a su mente.

 

— Se convirtió en un autómata hasta el primer aniversario del fallecimiento de la señora donde, escabulléndose, robó las llaves del estudio y tocó la melodía más dolorosa que alguna vez escuché —habló, casi sin aliento—. Nunca más tocó después de ello.

 

Entonces, Kagome lo supo. Algo andaba mal. La historia que Kaede acababa de terminar de narrar tenía un significado, algo que ella no podía dilucidar.

 

¿Cuál era?

 

— No lo entiendes, ¿verdad, niña?

 

La mirada preocupada de la vieja niñera le hizo recordar el primer día de su llegada, y aquellas palabras de advertencia que le soltó cuando ambas se encontraban en una de las terrazas.

 

Aun así continuaba sin poder comprenderlo.

 

— No.

 

Kaede guardó un momento de silencio tratando de acomodar los pensamientos que se abrían paso por su mente de manera vertiginosa. Si antes temía por el bienestar de la joven a manos de ese extraño, ahora lo hacia con mayor fervor. Esta nueva revelación podría destruirla.

 

Ya estaba muy lejos de poder afirmar lo que él pretendía, pero algo estaba muy claro. Además, los ojos de ese hombre se lo habían confirmado. Así que sólo le restaba rezar a Kami, y esperar que su plegaría fuera escuchada. Esperar que Kagome sea lo suficientemente fuerte como para poder enfrentar el cúmulo de emociones contradictorias que estaban surgiendo en Inuyasha.

 

Podría consumirla.

 

Notó la impaciencia y el desconcierto en la mirada de la mujer que aguardaba su respuesta.

 

— Sólo... ten cuidado. —aconsejó sinceramente, deseando con toda su alma que aquello fuera suficiente para poder mantenerla a salvo.

 

Completamente.

 

Continuará...


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#72 inuran

inuran
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Escrito 12 December 2012 - 12:57 PM

Como siempre una obra maestra tu fic,me gusta mucho me muero por saber como.se daran las cosas,tengo que confesar que ya lo habia leido en Fanfiction,pero volvi a leerlo aqui,que pases felices fiestas y esperamos leerte pronto cuidate ;)

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#73 Lis-Sama

Lis-Sama
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Escrito 06 July 2013 - 06:34 AM

Hola nuevamente. Casi es un espejismo poder leer una nueva actualización de este fic pero, aunque no lo crean, ya estamos en el capítulo veinte. Es la recta final del fic. Como mucho unos cinco capítulos más y se termina. 

 

Es un año un poco complicado para mí, por eso me he demorado tanto en actualizar. He perdido a una persona muy cercana y muy querida para mí en marzo de este año. Una persona que sin su existencia previa yo no hubiera existido. Por eso espero que sepan disculparme. No tenía muchas ganas de escribir, pero poco a poco me estoy reencontrando con la escritura.

 

Por eso espero que disfruten de esta actualización y de la lectura. Es el capítulo más largo, hasta el momento, de la historia. No sé si todos, desde ahora, serán así. Creo que más o menos tendrán el mismo tenor por lo poco que falta para la conclusión pero ¡conmigo nunca se sabe! xD.

 

Nos estamos leyendo y gracias a Inuran por su comentario. 

 

Capítulo XX: Noria

 

— Continúan allí, señor. Sólo han salido a arrojar algunas cajas y artículos en el cesto que se encuentra en la entrada. El chofer está ayudándolos. No han hecho otra cosa.

 

Perfecto. El grupo de ineptos que formaba parte de la seguridad que vigilaba a su pequeña estaba realizando impecablemente el trabajo. Meses atrás, luego de la heroica y estúpida astucia del mocoso de Shippou, varias cabezas rodaron. Un par de despidos y amenazas fueron más que suficientes. Requería gente competente, no orangutanes haraganes que deseaban obtener dinero fácil haciéndole perder el tiempo.

 

Seguir los pasos de una mujer y de un niño no podía ser un trabajo tan laborioso. Kagome se movía en círculo. Juraría que seguía un jodido mapa, y esos torpes ¡se atrevieron a perderla una vez!

 

¡¿Acaso a alguien le importaba que el crio manejara un automóvil igual que un vídeo juego de carreras?!

 

Seguía siendo el pretexto más patético que alguna vez escuchó.

 

En esa oportunidad no tenerla bajo su control le había costado caro. Sus nervios desatados crearon una incómoda situación entre su socia y él. Y Kagome coronó el cuadro con suoportuna intromisión en la oficina. Aquella muestra de valentía sólo para salvar el pellejo de la porquería de Kouga.

 

Su mente, sus pensamientos, eran de él. Nadie más iba a ocuparlos. Ningún otro hombre. Ella le pertenecía, y poco le importaba lo retorcido o perverso que las palabras sonasen encerradas en su cabeza.

 

Suya. Siempre suya.

 

Aún contaba con un mes para saciarse de ella. Para vengarse. Le mostraría el dolor, un leve atisbo de la traición, mientras daba rienda suelta a la pasión desmedida que seguía bulléndole en las venas.

 

Luego, con Naomi repuesta como muestra de su único acto humanitario, la apartaría sin piedad. Sin mirar atrás.

 

Kagome se lo había dicho: Era de él. Estaba allí por él y, como tal, haría lo que se le plázcase.

 

— ¿Señor?

 

— Quédate allí —gruñó, tomándose unos momentos en la puerta de entrada del penthouse para dar por terminada la llamada telefónica—, y no te muevas así haga implosión el mandito planeta. ¿Puedes comprenderme?

 

Un ruido secó se escuchó a través de la línea.

 

— Sí.

 

— Trasmítele el mensaje a tu compañero. Llámame si vuelven a ponerse en movimiento.

 

Con un resuelto ademan finalizó la comunicación sin esperar respuesta alguna de su interlocutor. Kagome estaba vigilada y a salvo. Sólo eso le importaba. Tal vez continuara siendo un completo paranoico, pero prefería prever pese a la cooperativa conducta.

 

La mujer era una bomba de tiempo. La conocía por completo, lo suficiente para afirmarlo con los ojos cerrados sin ningún tipo de titubeos. No tomaría riesgos por más idílica que la cotidianeidad se presentara.

 

La gente bajo presión actuaba de manera poco… apropiada. El hipócrita eufemismo lo hizo sonreír felinamente.

 

Treinta días, setecientas veinte horas, cuarenta y tres mil doscientos minutos; demasiado tiempo para que alguien decidiera cometer una tontería.

 

El delicioso aroma a comida lo sedujo apenas traspasó la puerta. Sin molestarse por anunciarse arrojó las llaves y el móvil dentro del cuenco sobre la mesa de entrada. El ruido proveniente de la cocina se detuvo. Tendría que aprender a ser más silencioso.

 

— ¿Inuyasha?

 

La figura de Kaede entró en su campo de visión causándole gracias. ¿Qué demonios hacía, en la sala de estar, empuñando un chuchillo? Y, lo que resultaba aún más extraordinario, ¿cómo lograba moverse con aquella agilidad?

 

— Baja de una vez eso, vieja. —le reprendió frunciendo las cejas y aguantando las ganas de reír—. Tengo suficientes problemas como para terminar en el hospital por ti.

 

— Ten un poco de respeto. Tus padres te han educado mejor.

 

— ¿Qué intentabas hacer?

 

La anciana alzó, aséptica, ambas cejas antes de responder con total simpleza y resolución:

 

— Defenderme.

 

Oh, ¿lo que acabada de escuchar había sido pronunciado? ¡Algo así no podía estar pasando en su casa! Rayaba lo absurdo.

 

— ¿De quién? —se atrevió a inquirir con más extrañeza aún. Si alguien hubiera puesto a Kagome, Souta o Kaede en peligro su servicio ya le habría comunicado sobre el asunto y, lo que es peor, se hubiera encontrado aquí antes de lo acordado; no en China—. ¡Habla de una vez!

 

— De quien sea que entrara por esa puerta.

 

«¡Por amor a Kami!»

 

La situación, ya de por sí sacada de un programa de bajo presupuesto, se volvía cada vez mejor. ¿Cómo era posible que una mujer que, prácticamente lo crio, tomara el asunto en sus manos como en la época de las guerras civiles? Además, estaban en un penthouse, ¡un jodido y custodiado departamento que se encontraba en un vigésimo piso!

 

— ¡¿Tienes idea de lo descabellado que suena lo que acabas de decirme?! —vociferó exasperado—. Debes aprovechar mejor el tiempo libre que te has ganado. Deja de ver esas series que te implantan fantasmas y miedos. ¡Júntate con las otras decrepitas caseras chismosas que han inventado centenares de habladurías sobre mí!

 

Quince minutos después, con los nervios en su punto máximo y cada uno enfocado a sus quehaceres —Kaede concentrada en triturar las verduras con más fuerza de la necesaria e Inuyasha leyendo el reporte de finales de mes— establecieron una tregua.

 

Desde la biblioteca, uno de los lugares más apartados de la cocina, oyó el nuevo golpe de la cuchilla sobre la tabla de madera. Los papeles estuvieron a punto de resbalársele de las manos cuando el frío cosquilleo le atravesó la espalda y le erizó los cabellos.

 

Era irónico que a un hombre de su contextura le hiciera templar las piernas una mujer que le llegara al nacimiento del cuello y sus huesos sonaran al caminar como una caja de música descompuesta.

 

Tendría que haberle dado el doble de trabajo y no dejarla salir de la mansión. Kagome debía dejar de intervenir en las decisiones que concernían a su personal.

 

¡Esa mujer era el demonio!

 

¡¿Cómo jamás lo vio?!

 

¡¿Cómo sus padres no lo hicieron?!

 

Estaba rodeado de locos. Desde los aprovechando, pasando por el doble de riesgo y concluyendo con la veterana exterminadora. Toda una amorfa colectividad.

 

Dos golpes en la puerta le hicieron levantar el rostro. Los ojos de Kaede se clavaron con indignación en los suyos. El rictus en el rostro era tan lúgubre que temió por su vida. Apostaría buena parte de la fortuna que por herencia le correspondía que ella estaba allí para terminar el trabajo. Sólo tenía que avanzar un par de pasos, los suficientes para encontrar un mejor rango de visión y puntería, y arrojarle un cuchillazo que terminara por incrustarse en medio de su frente.

 

Ahora, ¿quién estaba comenzando a perturbarse seriamente?

 

— ¿Ha sido anómalo que no me preguntes por la niña al llegar? —ametralló la mujer sin ningún tipo de anestesia—, en vista que telefoneas varias veces al día cuando estás fuera. Por cierto, regresaste antes de lo planeado.

 

Si fuera cualquier otro empelado lo estaría arrojado de la ventana más próxima. Por un momento la idea le resulto terriblemente seductora, y más cuando le echó un leve vistazo por el rabillo del ojo al ventanal. Chasqueó la lengua, lastima, no llegaría muy lejos. Los jardines eran tan amplios que colindaban con la biblioteca; tendrían que salir a los mismos, o a las terrazas, si quería que su idea resultara efectiva. Por muy guerrera que Kaede fuera, no sabía volar. Pero, pese a todos los dolores de cabeza producto de las reiteradas discusiones de los últimos meses, principalmente desde la llegada de Kagome, se trataba de ella; y la apreciaba como a una madre.

 

Dejó los papeles y se masajeó ambas sienes. Su viaje, por muy prometedor en cuanto a los negocios que resultase, terminó siendo todo un desastre. Kikyou lo abandonó, alegando una absurda excusa de último minuto, soltándole la mano.

 

La relación entre ellos no había mejorado, más bien todo lo contario. Las secretarias de ambos se volvieron sus intermediarios e ellos disminuían al máximo la posibilidad de habitar, ya sea sólo por unos segundos, el mismo metro cuadro.

 

La cuestión con respecto al traidor de Miroku todavía no había sido aclarada, ni mucho menos zanjada. Confiaba ciegamente en ella… o por lo menos así era unos meses atrás, antes que las cámaras mostraban como, pese a la implícita y reiterada negativa establecida hacía tres años, pasara por alto la imposición tajante que él estableció para permitir el ingreso de aquel sujeto a la empresa vaya a saber con qué propósitos.

 

No tenía ninguna prueba contundente para afirmar absolutamente nada, lo que le desesperada. Pero su insólita forma de actuar le bastaba.

 

Y después, después se encontraban aquellos anónimos que, sin saber cómo, siempre llegaban a sus manos. Desde hacía dos semanas que aparecían traspapelados junto a los archivos que estaban sobre su escritorio, o en cualquier lugar que él se encontrase.

 

Era imposible mandar a realizar una pericia caligráfica, aunque la sola idea sonaba descabellada en sí. Los anónimos no contenían amenaza alguna, pero sí una palabra. Un nombre formado por letras previamente recortadas de algún medio grafico elegido al azar:

 

«Kikyou»

 

Sin advertencias, sin afirmaciones que lo obligaran a actuar. Sólo el nombre de su socia.

 

— Estoy segura, como cada cana que poseo en mi cabello, que tus perros de caza están vigilándola —le reprochó, aprovechando que el joven no le había devuelto la estocada—. Sé que la vigilas desde que ha venido aquí con su pequeño hermano. Te desconozco, aún más de lo que ya lo hacía.

 

El murmullo triste y apesadumbrado lo obligó a terminar con sus acciones y contemplarla en silencio.

 

— Déjala ir —imploró, con el corazón sujetado en un puño—. La obligaste a volver a ti por su madre. La manipulaste sabiendo que podrías hacerlo porque se encontraba desesperada. Ella, al igual que tú, hubiera dado su vida por la misma causa. Y te la ha brindado. Es tiempo de perdonar, joven Inuyasha. Es ahora de exorcizar.

 

Él jamás sabría el valor que la anciana casera acumuló. La fuerza titánica que necesitó para expresar lo anterior. Una parte de su cuerpo estaba muriendo allí, en aquella exquisita habitación, como consecuencia de la súbita imagen de Izayoi conformándose en la nebulosa de sus pensamientos. Juró protegerlo, aconsejarlo y cuidarlo; pero si uno de los factores ponía en peligro a una criatura como Kagome, ya no tendría fuerzas para llevar a cabo su labor sin intervenir.

 

Por meses fue la concejera de la muchacha, e intentó encontrar al niño que cuidó en el demonio que se alzaba frente a ella. Ya no estaba. Sólo sombras y dolor.

 

Tormentos.

 

Se negaba a perder la esperanza pese al resolutorio veredicto. Allí, ¡tenía que haber algo de aquella herida y maltrecha alma! Si él pudiera ver más allá. Sí sólo viera la realidad. El sufrimiento resultó ser cegador, y el amor que Inuyasha le profesaba a aquella muchacha no abrió sus ojos. Lo empeoró.

 

Nadie se atrevió a dialogar o indagar sobre el tema. Con absoluto mutismo observó como él encerraba en las profundidades de su corazón la amargura que reinaba en su interior. Entonces mutó y un extraño nació. Comenzó a hablar, tocar, oír, ver y respirar; pero ya no estaba.

 

Su pequeño se marchó.

 

No permitiría que inocentes acabaran destruidos. Dos vidas de un disparo. Carecía de testigos, o de pruebas, pero la verdad resurgía por sobre todos los obstáculos creados. Él tenía que ver la inocencia de Kagome; porque en caso contrario, lo único que lograría sería invertir los papeles.

 

Inuyasha acabaría muerto a manos de su verdugo.

 

Muerto en vida.

 

Los orbes del hombre se oscurecieron y su demonio interior bramó frenético con las fauces abiertas.

 

— No.

 

Una sola palabra. Un tono mortal y certero. Un ultimátum implícito. La cólera tomando nuevamente el control.

 

— No.

 

Pese al hielo y la tristeza que se abría paso en su corazón, la antigua niñera dio un paso hacia él tratando de romper la coroza construida alrededor.

 

— Piensa en Naomi. Tú la aprecias —marcó con voz ahogada—. La destruirás y nada logrará que puedas salvarla. Lo hiciste, pronto volverá a su hogar. En algunas semanas. Es allí donde Kagome y Souta se encuentran ahora, intentando que todo sea confortable para su regreso. El pequeño retornará con su madre apenas suceda y tú, aunque no se lo dijeras explícitamente, le prohibiste a Kagome cuidar de ésta. Sólo tuviste que decir que contratarías una enfermera. ¿Hasta dónde te atreverás a llegar?

 

El rostro de Inuyasha mostraba la tensión, el esfuerzo sobrehumano para mantener el control. Kaede no pudo evitar cavilar sobre la posibilidad de salir físicamente dañada de la misma cruenta forma con la que se manejaba para con su antigua amada.

 

«No», se dijo al instante. Jamás debía olvidar con quién estaba tratando.

 

— Responde lo que te he preguntado. —movió las manos con desesperación al no obtener respuesta—. ¡¿Qué es lo que te ha hecho?!

 

Al contrario de lo explosión de furia que esperaba, él se movió tranquilamente en la silla y pasó la lengua por los resecos labios, como si saboreara los segundos previos que se estaba tomando antes de hablar. El reflejo de la intensa ira que gobernaba con verdadera y temible vehemencia el alma del hombre le arrebató el aliento de un certero golpe al descubrirlo en aquellos ojos.

 

La monocorde y medida voz la paralizó.

 

— Me engañó.

 

Era… inconcebible. Tenía que estar equivocado. Esa criatura no…

 

— Esa niña, la perra que tanto defiendes, no dudo un segundo cuando tuvo que revolcarse con otro. No lo hizo por dinero o necesidad, sino porque es una vil zorra. —la sínica sonrisa que dibujó enfrió la sangre de la mujer—. Así que permanecerá aquí hasta que me canse de su cuerpo. ¿He respondido tu pregunta?

 

¿Quién era esa persona? Ése, no podía ser Inuyasha.

 

Con esfuerzo recobró la compostura, aunque permaneció inmóvil tratando de procesar la información recién anunciada. Él seguía observándola sin perder la sonrisa, seguramente esperando pacientemente a que se marchara ahora que su inquietud había sido saciedad de la más bárbara forma.

 

Pues bien, ¡no iba a hacerlo!

 

Su táctica, por más que le hubiera erizado los grisáceos cabellos, no la haría flaquear. Necesitaba más si quería verla huir horrorizada.

 

Repuesta, y con la verdad a su favor como una epifanía divina, cuadró los hombros y lo desafió con la mirada al tiempo que se movía resolutoria y con el peso de la ley sobre sí.

 

— Completamente. Sólo déjame decirte algo antes de volver a mis quehaceres: Implora a Kami para que la mujer que me has descrito sea la verdadera Kagome Higurashi porque, si Él me da la razón, cuando la rueda llegue al principio tú… caerás. La vida es una noria, y cobra todo el mal que haces. Recuérdalo el día que descubras que lo que dabas por cierto era una simple patraña. Piénsalo, Inuyasha.

 

Avalentonada por la incrédula mirada que le estaba dando su acompañante salió de la biblioteca satisfecha consigo misma. Esperaba que sus palabras hicieran entrar en razón a esa dura cabeza antes que sea demasiado tarde para pedir clemencia. La certeza de la pronta verdad al descubierto la tranquilizaba, pero también le causaba una profunda angustia. La liberación de la niña mataría completamente al joven que se hallaba encerrado en aquella habitación.

 

Su instinto era quién le decía que pronto todo colapsaría; y creía ciegamente en él. Así como su corazón dictaba la inocencia de la muchacha sin ninguna prueba en su haber.

 

Inuyasha debía comenzar a dudar o su presagio se volvería una fatídica realidad:

 

Caería.

 

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Sus ojos descendieron hasta el reloj de pulsera sin detener el tamborileo de sus dedos.

 

Estaba retrasado.

 

Con absoluto hermetismo posó su mano sobre la taza declinando el cordial ofrecimiento de la mesera. No era una mala infusión, algo que le resultaba particularmente extraño. Su paladar estaba acostumbrado a las más finas delicias. Y, aunque aquel café tampoco era el mejor que alguna vez hubiera probado, entraba en la corta lista.

 

Concluyó que no compartiría su descubrimiento. Además, lo hiciere o no, era irrisorio. Nadie de su círculo creería que un pequeño café de la zona este de Tokyo pudiera superar los estándares de la élite.

 

No sólo la bebida era agradable —y la palabra se cargaba de una cierta semántica diferente e insólita que la hacía reír— sino también el ordenado y pequeño local. Al parecer, contaba con un porcentaje de clientela frecuente; lo que le daba un aspecto de absoluta afabilidad y buen trato pese a los problemas particulares de ambas partes. En algunas mesas donde la familiaridad era dada por la concurrencia diaria, la atención resultaba más cercana. Las sillas se volvían divanes y los meseros confidentes temporarios.

 

El aroma de las galletas y tortas de manzana recién horneadas llenaban la estancia junto al sonido constante de las máquinas. Los empleados volaban hasta la barra para acercar los pedidos o cargar en las bandejas las órdenes.

 

Pensó que el dueño del lugar era estricto a la hora de la pulcritud. Los pisos y el mobiliario brillaban como nuevos, y los trajes que el personal usaba estaban impecables.

 

Allí no había nada que ella pudiera considerar proveniente de su mundo, pero se sintió como en casa, rodeada de sus costosos y finos muebles de estilo y de su ropa de diseñador.

 

— Lo siento, ¿demoré mucho?

 

Escuchar su voz la tomó desprevenida, con la guardia baja. El pequeño hecho le provocó un malestar consigo misma. La distracción no era bienvenida cuando se intentaba ser precavida. Con Naraku respirando sobre su cuello e Inuyasha actuando como un sabueso de caza no podía darse el lujo de caer en la infantil ignorancia. Debía estar atenta si deseaba minimizar el riesgo que implicaba ser abordada de forma abrupta.

 

— Te asusté. No estaba en mis planes que sucediera —se excusó—. Pensé que habías oído el ruido de la silla.

 

— No, estaba absorta.

 

Él alzó ambas cejas asombrado. La nueva actitud de la dama rompía los esquemas de su naturaleza.

 

— Es inquietante en ti. ¿Hay algo que quieras contarme?

 

— ¿Y qué podría contarte yo a ti? —las comisuras de sus labios se asaltaron unas pocos centímetros para plasmar una burlona sonrisa—. Nada necesario. Y déjame decirte que ello ya lo sabes.

 

Miroku se echó hacía atrás, dejando que su espalda reposara plenamente en el respaldo de la silla. Alzó ambas manos a la altura del torso en una clara señal de verse atrapado. Contempló en silencio como Kikyou bebía un sorbo de café y relajaba la postura. Tuvo deseos de preguntar por el atuendo que hoy llevaba puesto, aunque lo que más le llamaba la atención era el cabello. Lo traía suelto. Relajaba su rostro y le brindaba un aire místico y bello.

 

Kikyou siempre había sido bella; pero allí, en aquel instante, parecía terrenal y no etérea. Una mujer normal.

 

— Y sí, demoraste. La puntualidad no es para ti.

 

— ¿Cuánto?

 

— Quince minutos.

 

— Entonces estoy dentro de los límites permitidos.

 

— Pero no de los míos.

 

Miroku no pudo ocultar la sonrisa al escuchar semejantes palabras dichas. Terrenal o no, Kikyou siempre sería la misma. Una simple vestimenta no cambiaría su esencia. Tampoco lo haría su cabello. Las personas eran más complejas de lo que el común de la gente creía.

 

— Trataré de tenerlo en cuenta para las próximas oportunidades. —le informó con verdadero interés de cumplirlo—. Lamento que tuvieras que esperar por mí. Fui yo quien te citó aquí cuando me pediste un lugar neutral.

 

Ella asintió en silencio, aunque un poco sorprendida por el radical cambio en el tono de voz de su acompañante. Haber tomado la decisión de involucrarlo en aquel sombrío juego fue algo hercúleo. Cuando buscó contactarse con él no pensó en su vida, ni muchos menos en los conflictos que rodeaban la misma. Por primera vez, y pese al abrumador sentimiento que todavía le provocaba el nombre de Kagome, pensó en aquella mujer. Era el primer acto desinteresado que realizaba.

 

El embarazo de Yura seguía constantemente colándose en sus pensamientos cuando recordaba a Miroku. La revelación que él le había hecho aquel día en su oficina luego de años sin verse continuaba despertándole la misma conmoción. Pero ello no le importo. Aceptó ayudarla.

 

Sin poder detener el hilo de sus recuerdos su memoria prosiguió caminando hacia atrás, hasta un punto particular en su vida.

Lo recordaba como el antiguo "adolescente" que, sin importar la edad y por ese entonces, para ella, estaba lejos de convertirse en un hombre. Solía interrumpir las pláticas importantes con alguna elocuente broma con el propósito de dejar a los presentes desconcertados.

 

Aquella niñería le parecía el recuerdo de una vida pasada, ajena. Pero era la suya propia. Podría tocarla si lo deseaba. Rememoraba perfectamente hasta el más insignificante detalle, y también le causaba una amarga nostalgia. El desalentador sentimiento no era por la pérdida de esos momentos felices; sus motivos eran otros, dos en particular: Por un lado, era saber que, a pesar de haber estado frente a ella, los catalogó como trivialidades y, por el otro, marcaban el comienzo de un mundo cargado de falsedades, apariencias, envidias y engaños.

 

«Es la educación que tus padres te impartieron», caviló en lo más interno de su fuero con pesar; y sus ojos contemplaron al hombre que la acompañaba. Ambos habían sido preparados desde pequeños para esta vida. Su estatus social así lo indicaba.

 

— Por lo menos es un buen lugar —señaló, dando una nueva y rápida mirada alrededor—, ya que nuestros gustos han sido desde siempre diferentes.

 

Miroku le guiñó un ojo en complicidad volviendo a ser el mismo que desde antaño conocía.

 

— Gustos y personalidades, cariño. Gustos y personalidades.

 

No contaba con palabras para refutarlo y, si lo hacía, los problemas habrían terminado por volverla loca. Se negaba a permitir que eso sucediera.

 

— Sé que fue un poco improvista mi llamada.

 

— Esta vez telefoneaste. —denotó con sorpresa—. Me esperaba un frío correo electrónico. ¡No, espera!, la llamada fue igual de agradable.

 

Kikyou contuvo el ferviente deseo de insultarlo. ¿Qué se supone que hiciera? ¿Dulcificar su voz y preguntar por el clima? Tenían cuestiones importantes que atender. Además, aquello no tendría que sorprenderlo. Él la conocía, y no importar la poca amistad que en el pasado hubieran compartido. Ambos seguían conociéndose lo suficiente.

 

— Lo importante es que pude investigar acerca de lo que me comentaste —prosiguió, viendo que ella iba a continuar callada—. Utilicé algunos de los contactos de mi padre, pero di con lo que necesitábamos. ¿Por qué no me informaste que Kurosawa estaba presionándote?

 

La información de haberlo obligado a relacionarse, de alguna u otra forma, con su padre le hizo olvidar la pregunta que Miroku acababa de hacerle.

 

Miatsu había muerto avergonzado del impropio comportamiento de su hijo, y su casamiento con Yura jamás menguó dicho sentir. O, por lo menos, prefirió no demostrarlo. Que su hijo se enamorada de una muchacha de clase media como Sango era algo que Miatsu nunca contemplaría. Todos lo sabían, incluso su propia familia. Pero al final doblegó a su hijo, pese al cruento enfrentamiento desarrollado en una de las fiestas de caridad que Inu-no organizaba como padrino de un hogar que albergaba niños abandonados. La discusión había tomado tal relevancia que encabezó las portadas de la sección de sociales de los diarios. Luego de ello, padre e hijo dejaron de dirigirse la palabra; y continuó así hasta el día que Miroku se marchó para contraer matrimonio con Yura abandonando a Sango en el proceso.

 

¿Quién lo diría? ¡Ambos contaban con familias extraordinarias!

 

Menuda ironía.

 

— No soy una niña, puedo solucionar mis propios problemas. No necesito ayuda.

 

— Siempre fuiste autosuficiente, y es algo que sé muy bien —concordó—, pero si acepté jugar mi pellejo por esto, y tú tuviste el valor de contarme lo que en realidad sucedió; es porque hay un acuerdo tácito.

 

— Jamás te he dicho…

 

— Escúchame por una vez en tu vida, y ahórrate las palabras despectivas que quieras decirme. —contempló como Kikyou entrecerraba los ojos y pegaba los labios—. No sólo estoy aquí para ayudarte con Kagome, estoy aquí para mantenerte a salvo. Y no hablo de Inuyasha.

 

Su voz, la ferocidad y convicción en sus palabras casi le hizo perder la compostura y desencajar la mandíbula. Para ella, Miroku era un niño que no había tenido el valor de escapar de su controladora familia. Su actitud siempre la diseccionaba. Lo envidió, pero cuando lo vio perecer sin luchar lo odió. Era un hombre sin temple… manipulable.

 

Pero ese infante, ese adolescente que le jugaba bromas por puro placer, le estaba mostrando su original personalidad. Aquella llama dormida que habitaba en su interior.

 

Sus ojos le picaron, y tuvo que tragar con fuerza el nudo que se formó en su garganta. Siempre tuvo que luchar sola. Sobrevivir. Hoy un hombre se alzaba para protegerla, el mismo hombre que le había dado su comprensión al momento de confesar su mayor pecado… pecado que estaba pagando.

 

Porque todo regresaba a su punto de inicio, tal y como su madre alguna vez se lo susurró al oído.

 

En aquel momento, donde su temple estaba flaqueando, comprendió que buscar su ayuda fue la maniobra más acertada que alguna vez realizó.

 

No se había equivocado.

 

Ante ella se abría un conocimiento velado.

 

— Tú…tú no tendrías que hacer nada por mí. —murmuró, todavía con la garganta cerrada—. Después de la forma que te he tratado en todos estos años no puedes querer protegerme.

 

Él le sonrió, pero no con burla, sino de una forma verdadera y cariñosa; intentándole transmitir el calor que contenían sus palabras.

 

— Eres como eres. Amas u odias. Sin matices, sin puntos grises.

 

— Estás completamente demente, ¿te lo he dicho?

 

— Más veces de las que puedo recordar.

 

De manera incontrolable una sutil carcajada brotó por medio de sus labios. Escuchar el fluir libre de su risa le resultó impropio. Anormal. Una mujer distinta.

 

Cuánto se había equivocado.

 

— Pero, no creas que no me he dado cuenta —dijo, volviendo a retomar el anterior tema de conversación—. Si me hiciste volver antes de tiempo, dejando a mi esposa con seis meses de embarazo, hay algo más que necesitas que hago con apremio; y supongo que no tiene con volver a reencarnar en Sherlock Holmes.

 

Intuitivo, era una excelente palabra para caracterizarlo. Lamentaba no haberse percatado con anterioridad.

 

El tiempo se acortaba. Eran momentos de decisiones, no de juegos. La conclusión ya estaba tomada, e iba a hacerlo. Dejaría ir una de las cosas que más le importaba. ¿Cómo continuaría? Sólo esa vida conocía, pero no tenía opción. O, por lo menos, ya no lograba vislumbrarla. Pero no temblaría como un niño a la derriba. Jamás caería. Y, mucho menos, le daría el placer a Naraku, a ese demonio, verla de rodillas.

 

De todos modos, todavía aquella vida estaba en sus manos. Disfrutaría de ella, pese a saber que el final era innegable… inminente.

 

— Necesito tus servicios. Tus verdaderos servicios.

 

Miroku arqueó una ceja.

 

¿Qué estaba tramando?

 

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Sus dedos pulgar e índice lo sostuvieron con cuidado. La pequeña flor de diamantes y zafiros resplandecía bajo la luz de la luna. Centellaba con la misma intensidad de antaño. Años atrás, se había topado con él por mera casualidad luego de evaluar diferentes modelos en varios escaparates.

 

No era el más ostentoso para la ocasión, pero sí el perfecto.

 

Hablaba de ella.

 

Oro blanco de dieciocho quilates engastado con una flor de frangipani con pétalos de calcedonia, acompañado de una pequeña flor hecha de diamantes talla brillante. Un zafiro coronaba el centro de cada una de ellas.

 

Efectivamente, no había sido el mejor; pero opacó al resto.

 

Un anillo de compromiso.

 

Una propuesta nunca pronunciada.

 

¿Por qué aún se encontraba en sus pertenencias? ¿Por qué continuaba perteneciéndole?

 

Liberarlo era como perdonarla. Y se negaba hacerlo. No podía, aunque los planetas se alinearan y marcaran el final del universo como se lo conocía. Él se prometió partir de este mundo con ese rencor, siempre y cuando no diera nuevamente con ella.

 

Cuando dentro de un mes finalizara el trato, él podría soltar sus demonios y volver a comenzar. Sería un hombre nuevo. Con su pasado por fin enterrado. Con la presencia de Kagome fuera de sus pensamientos por completo.

 

Pero no se desharía del anillo. No. Lo conservaría hasta el fin de sus días, como un recordatorio de la única vez que decidió amar y fue brutalmente engañado.

 

Si había permanecido oculto durante tanto tiempo, ¿por qué estaba allí, sentado, contemplándolo?

 

Porque, por más que luchara con todas las fuerzas de su cólera, las palabas de Kaede sirvieron para hacerle vislumbrar una brecha de tiempo diferente. Una donde Kagome fuera inocente y todo se hubiera tratado de un morboso artificio para separarlos. Pero la cruda realidad era otra.

 

Ella jugó con él.

 

Kaede estaba equivocada. Y no importaba la reducida parte de él que imploraba anhelante, con mutismo y melancolía, aquella realidad ficticia.

 

— No pensé que te encontra…

 

Conmocionada por el resplandor de la sortija que Inuyasha sostenía se le fueron las palabras. Se detuvo en el quicio de la terraza, aquel que conectaba con el amplio comedor, sin aliento. Los labios le templaron, y pronto el maravilloso sábado en compañía de su hermano, Sango, Kohaku y Shipou para acondicionar el templo y albergar cómodamente a su madre nunca existió.

 

Le costó volver a respirar. Buscar el impulso preciso para aparentar.

 

Él… iba a casarse. Le pediría matrimonio a Kikyou. El solo pensamiento la hacía estremecerse con tanta violencia que tuvo que disimular cuando las piernas le fallaron y necesitó sujetarse del marco con manos trémulas.

 

Todo hilo de pensamiento coherente abandonó su cabeza y fue reemplazado por la imagen que tenía a pocos centímetros. ¿Por qué… por qué dolía tanto? ¿Cuál era la explicación?

 

— ¿Te encuentras bien?

 

Allí, quieta y pálida, contemplándolo con sus temerosos ojos abiertos sólo le producía querer estrecharla contra sí y calmar lo que sea que estuviera atormentándola. Pero era demasiado íntimo para ambos. Un juego por demás peligroso. Debía permanecer quieto.

 

Se dio cuenta que aun sostenía el anillo, así que rápidamente lo guardó en el bolsillo de su pantalón y rezó una plegaría silenciosa para que ella no lo hubiera observado, aunque una voz en su interior le dijera lo contrario.

 

Todavía, bastante consternada por el episodio como para sostenerse sin soporte de algo, cerró los ojos un momento mientras tragaba ruidosamente e intentaba controlar el tono de voz.

 

— So-solo me has dado un susto. Te esperaba mañana por la noche.

 

Inuyasha la miró largamente, conteniendo un instante el aliento cuando aquellos ojos volvieron a clavarse en los suyos.

 

— Terminé antes de lo pensado. No tenía motivos para quedarme.

 

— Oh. —murmuró—. Comprendo. Yo tampoco lo hubiera hecho.

 

— Lamento si te he dado un susto, aunque supongo que ya debes estar acostumbrada a ello.

 

Kagome plasmó una sonrisa ligera. El tinte juguetón de su acompañante había servido para distender el incómodo ambiente.

Fue un bálsamo curativo, y le dio fortaleza para continuar.

 

— Siempre llegas así. Nunca avisas y das sustos de muerte.

 

— Ese es el tipo de vida que tengo.

 

Luego, ambos se quedaron en silencio, dejando que el vacío sólo fuera llenado por el suave murmullo de sus respiraciones. Kagome aprovechó para apoyar el peso de su cuerpo sobre el quicio, teniendo así una posición mucho más placentera. Había recuperado sus fuerzas, pero aún la opresión en su pecho no disminuía.

 

— Tienes el cabello húmedo —notó con cierta desenvoltura Inuyasha cuando la luz del comedor le dio de lleno a su acompañante en la espalda.

 

— Sí. —corroboró—. Souta y yo nos hemos pasado el día en el templo. Necesito que esté listo para cuando le den el alta a mi madre. Trabajamos desde muy temprano, y cargué una muda extra de ropa para ambos. Sabía que terminaríamos llenos de polvo. Así que me duche allí. Todavía falta un par más de arreglos.

 

El hecho de saber que ella le estaba diciendo la verdad casi le provoca reír de puro goce.

 

— Supongo que estará en su habitación.

 

— No, está en casa de Sango. Ella y su hermano nos ayudaron. Kohaku lo invitó a pasar la noche.

 

— Así que estamos solos.

 

La voz de él fue ronca, baja e insinuante. Un murmullo suave que sólo utilizaba cuando el fuego de la pasión le comenzaba a arder en las venas. Tenía un poder de seducción innato y sabía cómo hacer para que su cuerpo siempre respondiera con total naturalidad a la tácita sugerencia.

 

Pese a la nueva información que minutos atrás registró, aquella vez no fue la excepción.

 

El matrimonio era una institución sagrada, algo que no debía mancharse; pero a su piel parecía no importarle. Tampoco al hombre que la observaba con ojos hambrientos.

 

— ¿Sucede algo? Te has quedado muy callada.

 

Kagome se mojó los labios y omitió la excitación que poco a poco se alojaba en su vientre.

 

— Ha refrescado. Iré a prepararme algo caliente.

 

Inuyasha enfocó con descaro la mirada en los pechos de su acompañante encontrando allí la prueba que buscaba: El influjo que proporciona el deseo no solo lo había afectado a él. Pero la conocía. No importaba cuántas veces la haya sostenido entre sus brazos con el sudor cubriéndole el cuerpo gracias a la pasión. Kagome no se rendiría con facilidad. Jamás sería como otras mujeres. Acercarse con movimientos felinos y tomar asiento sobre sus piernas esperando a que él la tomase bajo la luz de la luna con desenfreno estaba fuera de todos los pronósticos.

 

Aunque la sola idea de tenerla en ese preciso lugar casi lo hace gemir.

 

Era igual que un espejismo sublime. Uno que pensaba cumplir.

 

Pero el recordatorio del anillo de compromiso guardado presurosamente en su bolsillo fue un balde de agua fría lo suficientemente efectivo como para que volviera su alocado termostato a la normalidad.

 

— ¿Quieres algo?

 

— Estoy bien —respondió, con aquel tono pragmático practicado durante años. Lo que en realidad desea no podía decírselo. Ni siquiera a él mismo —, no te molestes por mí.

 

Ella prefirió guardar silencio y no insistir. Retrucar carecía de sentido. Él había rechazado mucho más que un mero ofrecimiento. Las palabras cargaban una connotación que desconocía, una connotación que superaba, y algo en su fuero interno se lo decía, la incómoda situación producida por el pedido de mano descubierto.

 

— No es molestia. No lo ha sido a lo largo de estos meses. Sólo quiero que lo sepas.

 

Inuyasha exhaló un largo y cansino suspiro cuando se encontró nuevamente en soledad. Sujetó la cabeza con ambas manos y se maldijo a sí mismo por lo cobarde y patético que se estaba comportando. Él no actuaba sí. Unas cuantas palabras sobre Kagome no debían atormentarlo.

 

Revolver el pasado sólo alimentaba viejos martirios. Y era tarde para anhelos desesperados.

 

«Cuando la rueda llegue al principio tú… caerás»

 

Absurdo. Kaede estaba demente. Cuando el tiempo se agotara saldría airoso como en cada negocio.

 

Esa era la única e indiscutible verdad. El resto era falso. Una puesta en escena por parte de su entorno.

 

Sólo eso.

 

El final ya estaba marcado.

 

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Himiko esperó con paciencia a que la información visible en la pantalla del ordenador saliera impresa. Aprovechando los breves segundos con los que contaba se permitió sonreír ante su reciente y brillante futuro. Ser secretaría no era un empleo con el cual se pudiera ahorrar cuantiosas sumas de dinero, ni permitirse excesivos gastos durante el mes; más si sólo se estaba por un periodo de tiempo previamente pautado, como en su caso. Pero ahora era permanente, y todo gracias a la señorita Kikyou.

Casi se había echado a sollozar al momento de escuchar semejante asenso. Por suerte Kami le brindó las fuerzas necesarias para contenerse y retener las lágrimas. Hubiera sido todo un desatino de su parte conociendo el carácter de su empleadora. El ecuánime discurso y palabras de felicitación que le dirigió en la intimidad de su despacho le calentaron el corazón.

 

A pesar de no tener motivos para pronunciarse en su nombre, lo hizo. Su jefa se tomaba con absoluta seriedad los empleados que estaban directamente bajo su cargo. Por ello es que le comunicó que no dudó en ir primeramente, entes de concentrarse en los pendientes del día, a Recursos Humanos y pedir que la ascendieran. Himiko sabía que era una patraña. La señorita Kikyou imponía, no reflexionaba.

 

Al parecer, no estaba muy conmovida por haber dado por concluido el contrato laboral con su anterior secretaría. La notó bastante ofendida consigo misma por la demora de aquella resolución. No era una novedad, aunque como todo chisme de corredor se había tomado con recaudo, que la persona que antes ocupaba su puesto, y a la cual reemplazó hasta esa mañana, pidió vacaciones anticipadas producto del desmejoramiento de un familiar. Por el loable argumento que soltó para obtenerlas, la empresa le concedió los días necesarios con las respectivas observaciones.

 

Que su jefa se enterara del fraude no la sorprendió. La mujer era un águila para los negocios.

 

Reparó con extrañeza en el repentino silencio. Medio segundo después cayó en cuenta que la impresión había concluido. Pase a tomar el recaudo necesario previo a la impresión de la información, cotejó lo transcripto.

 

Se negó a sacar conclusiones apresuradas, pero se trataba de un reconocido — según la información que había podido relevar de varias páginas— médico psiquiátrico.

 

A simple vista, y dejando de lado el fuerte carácter con el que mandaba al personal, la mujer que se encontraba trabajando afanosamente del otro lado de la puerta estaba en sus cinco sentidos.

 

Le fue pedida completa confidencialidad sobre el caso. Y así sería. Mantener la confianza era una de sus mayores máximas.

Contuvo un momento la respiración antes de botarla suavemente y atreverse a tocar la puerta con los papeles anclados contra su pecho.

 

— ¿Señorita Kikyou?

 

— Pasa.

 

Abrió la misma con la mayor delicadeza posible y caminó por inercia hacía el escritorio colocado a su izquierda.

 

— Estoy aquí, Himiko.

 

La afirmación flotando en el ambiente la hizo pestañar desconcertada al tiempo que sentía sus mejillas colorearse producto de la reciente vergüenza.

 

La cómoda silla detrás del escritorio se encontraba vacía. Parecía pobre, carente de gracia alguna, sin la avallasante presencia de la dueña.

 

Kikyou leyó los alterados pensamientos de la muchacha en sus ojos. Con un golpe seco cerró la carpeta que estaba leyendo y la echó a un lado sobre el sillón donde estaba plácidamente acomodada. Le brindó una escueta sonrisa a su acompañante y extendió el brazo.

 

— Lo sé. También lo es para mí. ¿Cuántas veces me has encontrado aquí desde que estás bajo mis servicios?

 

Himiko meditó un momento si avanzar o no hacía aquella dama de hierro. Desde su perfecto ángulo de visión, y con la luz temprana del sol bañándola con toda la grandeza de los antiguos reyes proclamados por Dios, ya no era una simple mortal. Supo que debía controlar la admiración que estaba llenándole el pecho con sólo contemplarla y caminar recto.

 

Tuvo que concentrarse con verdadero apremio para recordar qué era lo que le había preguntado.

 

— Nunca, señorita Kikyou.

 

La interpelada asintió complacida.

 

— Creo que es la primera vez que decido tomar asiento en este sillón. Sabes, yo misma me encargué de elegirlo cuando me hice cargo de este despacho y de la mitad de la compañía. —comentó, por un instante abstraída en el recuerdo—. Inu-no me di completa autonomía para disponer a mi gusto y complacencia. Una de las primeras cosas que hice fue contratar a un decorador de interiores. Quería que la oficina se ajustara a mi personalidad.

 

La joven secretaría le alcanzó el papel tratando de mantenerse estoica ante el insólito discurso que su empleadora estaba desarrollando.

 

Kikyou leyó la información, pero su boca siguió moviéndose para continuar con el relato:

 

— Las únicas dos cosas que elegí por mi cuenta fueron este sillón de tres cuerpos y el que se encuentra detrás del escritorio. No gasté un solo centavo, salvo el traslado. Eran los favoritos de mi madre.

 

Aliviada por poder participar aunque sea escuetamente de la conversación, Himiko habló:

 

— Su madre tiene muy buen gusto.

 

— Tenía. Falleció. — levantó la vista con tranquilidad y la miró fijamente—. Quería que ella fuera parte de esto. Soy su logro. Todo lo que me rodea es producto de su disciplina. De mi padre también, no voy a negarlo; pero mi madre es quién se lleva el mérito.

 

— Yo… señorita Kikyou, no sabía nada. Lo siento.

 

Ella se encogió de hombros quitándole importancia, aunque captó perfectamente que el sentimiento en la voz de su secretaría era verdadero. Le calentó levemente el corazón. Pocas personas habían sentido con genuino pesar la pérdida de su madre. Era una mujer con una agenda repleta de contactos, pero ninguno de ellos, ni siquiera los más cercanos, derramaron una sola lágrima al enterarse de su muerte.

 

«Bastardos»

 

Ese último golpe le bastó para comprender el mundo y la sociedad que la rodeaba. Misma que su padre falsamente amaba. Pero él seguía sonriendo. Seguía estando inmerso, y lo seguiría estando mientras pudiera mantener su copa de champaña colmada.

 

La suya… y la de la mujercita de turno que estuviera acompañándolo.

 

— ¿Se-señorita Kikyou?

 

Himiko estuvo a punto de salir espantada hacía el teléfono más cercano al verla en aquel estado de catatonía. El recuerdo la llevó el día de las campanillas negras pero aun, con ese extravagante y lúgubre regalo, estaba más consciente.

 

La vio inflar el pecho e inhalar con profundidad. Cuando largó el aire ya había vuelto a ser la mujer que conocía.

 

— ¿Se encuentra bien? ¿Llamo a alguien? ¿Le alcanzo un vaso de agua?

 

— Demasiadas preguntas farfulladas —le reprendió—, ya hablamos sobre esto. Estoy bien, relájate.

 

La secretaría sonrió aliviada, pese a haberse ganado una leve reprimenda.

 

— Me preocupé. Lamento si soné desesperada, pero usted no se comporta de esta manera.

 

Kikyou sintió que contratarla como su secretaría permanente había sido una buena decisión. Más allá de las diferencias, era buena en su trabajo y daba lo mejor de sí cada día. Aun preferiría que puliera varios aspectos de su desempeño, pero no iba a negar lo obvio. Además, le inspiraba confianza. Era una criatura indefensa rodeada de lobos salvajes. Si sólo supiera para qué clase de persona se desempeñaba saldría espantada.

 

— Gracias por traerme lo que te pedí. Ahora ve y averíguame si Inuyasha ya ha llegado. —se reincorporó con elegancia, sujetando el papel que Himiko le imprimió y la carpeta que en primera instancia estaba leyendo—. Es temprano para él, y más siendo lunes; pero si no está en su oficina vas a tener que hacer lo mismo de siempre.

 

— ¿Localizarlo?

 

— Con éxito si fuera posible.

 

Cuando Himiko se marchó murmurando un formal saludo, ella dejó que los recuerdos revividos durante los últimos dos días volvieran hacer mella en su mente. La información en sus manos sólo acentuaba el dolor sepultado.

 

Por años arrojó dentro de las profundidades más oscuras de sus pensamientos aquella fatídica escena, la misma cantidad de años en los que se obligó a observar a su padre nuevamente con admiración. Admiración impuesta por su madre desde la cuna y, que desde la muerte de la misma, el silencioso rencor que le profesaba se lo había impedido.

 

Mantenían un frío trato. Sólo apariencias. Sospechaba que él era un participe voluntario porque estaba al tanto del odio que le guardaba. Dudaba que su padre se mantuviera allí por cobardía. Era su progenitor y lo conocía demasiado bien. Estaba allí, actuando el juego propuesto con encanto, sólo por su arrogancia.

 

Él creía tener razón. Pero no era así.

 

Se equivocaba.

 

Se equivocó.

 

Su madre fue un "daño colateral". Algo que estaba fuera de los planes iniciales pero que, cuando salió herido, debía ocultárselo a como diera lugar.

 

Él formaba parte de aquellas personas que no lloraron su perdida. No mostró ningún sentimiento al momento de su partida. Ni pesadumbre o aflicción. Nada.

 

Pocos días después supo el motivo: Tenía una amante.

 

Sí, otra mujer que calentara su lecho. Otra ramera a quien envolver en seda y adornar con joyas. Otra con quien revolcarse mientras ella se quedaba a presenciar los brotes de esquizofrenia de su madre. Los gritos del personal. La llegada impetuosa de los médicos. Las suplicas vociferadas.

 

Su padre se negó a internarla, pese a la recomendación del galeno, por considerar deshonroso que se supiese la locura de su mujer. Así que era un paciente ambulatorio, aunque la clínica se hubiese trasladado a un ala de su casa pocos meses antes de su muerte.

 

«Es mejor así, querida Kikyou. Es lo mejor para tu madre», le había dicho una tarde sosteniendo un costoso e importado habano con una de sus manos. Y ella creyó en él porque —¡vamos!— eran de la misma sangre. La única persona que no la traicionaría ni le daría la espalda.

 

Lo que no sabía por aquel entonces, cuando su madre estaba teniendo los primeros brotes, es que su padre era capaz de vender hasta su propia alma con total de obtener sus propósitos.

 

Tan miserable fue que, pese a la advertencia de su madre, aquella nefasta noche se marchó.

 

Ocho horas después la mucama la halló muerta en el piso del dormitorio producto de una sobredosis. Nadie comprendió cómo el frasco de pastillas terminó en sus manos. Lo único importante era que, al lado de su inerte cuerpo, descansaba la fotografía de su casamiento.

 

Culpaba a su padre de la muerte de su madre, pero no lo tocaría por el lazo que ambos mantenían.

 

Por lo menos no directamente.

 

Kikyou abrió nuevamente la carpeta que Miroku le había proporcionado y contempló la foto carnet del hombre. Estaba completamente demacrado. Tenía los pómulos hundidos y marcadas ojeras debajo de unos fieros y llameantes orbes negros. A pesar de su palidez, de la piel curtida y reseca que saltaba a simple vista con facilidad, le agradaba ver el brillo vengativo en esa mirada.

 

Estaba cuerdo, lucido. El lugar donde su hermano lo encerró parecía no haber demorado su psiquis y alma. Por lo menos era lo que quería creer. Esperaba que la imagen fuera reciente.

 

Había contado con todo un fin de semana para saberse la ficha médica al dedillo, pero necesitaba la evaluación de una persona idónea en la materia para que leyera lo que allí estaba escrito.

 

Lo verdadero y lo ficticio.

 

Buscó el número de teléfono actualizado en la información que Himiko le entregó. Cuando pronunció su apellido a la muchacha que la atendió y ésta, luego de unos momentos, la comunicó con quien requería con urgencia, estaba segura que podría lograrlo.

 

— Necesito su ayuda —declaró con apremio sin mayores intermediarios—, y tiene que ser hoy mismo.

Aquello fue todo lo que hizo falta. Ese hombre se sentía en deuda con ella y, por su parte, pese al trágico final de su madre, sabía que no existía mejor especialista en la disciplina.

 

Tomó las cosas que preciso y salió de la oficina. Si era como pensaba tendría que hacer un largo viaje.

 

— Señorita Kikyou, ya hablé con la secretaría del señor Inuyasha y él está a pun…

 

— Déjalo así, Himiko. —le cortó, brindándole una rápida y perversa sonrisa ante los recientes pensamientos—. Si viene por mí le dices que me fui. Que va siendo hora de tomar, él, la responsabilidad completa aunque sea por un par de horas. Que regreso a las dos de la tarde y espero las correspondientes noticias que debe darme. Dile que no me llame porque no le responderé. A ver qué siente con eso. ¿Me comprendes?

 

— Sí.

 

— Bien. Continúa trabajando.

 

Sin más explicaciones que las dadas salió de allí. Se regodeó al pensar en el rostro que su socio pondría cuando su secretaría le informara todo lo que acababa de comunicarle. La idea de quedarse a observar era tentadora, pero tenía cosas más importantes que hacer.

 

Como salvar la vida de un posible alfil para poner en jaque mate al siniestro rey.

 

Continuará...

 


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#74 Lis-Sama

Lis-Sama
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Escrito 09 April 2016 - 08:38 AM

Bueno, ¡he venido a revivir esto!
 

Nuestro querido foro ha pasado por tantos cambios y muchos, incluyéndome, se han alejado. Así que estoy aquí, tratando de reanimar este fic. Este lugar es como mi segundo hogar. Y la falta de comentarios no hará que deje de actualizar el mismo hasta concluirlo. Sé que hay lectores silenciosos (yo soy una  :sisi: ). Estuve alejada de estos pagos porque durante tres años no escribí ni una sola línea del cap que leerán a continuación. Pero, ¡está semana lo terminé! Así que por eso está aquí con ustedes  :^^: .

 

Lamento la eterna demora, pero espero que aún puedan darle una oportunidad.

 

Chantaje está en su recta final. Este es el penúltimo capítulo. No se preocupen que contará con un epílogo, así que tendrán fic por una temporada más xDD

En una cuestión más propagandística quiero que sepan que pueden encontrarme en la página de facebook que me creé. El enlace a la misma lo encontarán en mi perfil. ¡Así que pasan a dar una vuelta si quieren saber en qué ando! :juas: 

Ahora sí, sin más preámbulos, los dejo con la lectura del capítulo.

Feliz semana y saludos por montones.

 

 

Capítulo XXI: Trebejo

 

— Como sabrá, he atendido a una buena cantidad de pacientes a lo largo de estos años. Muchos de aquellos rostros son borrosos para mí; el suyo, a pesar de la larga brecha de tiempo, jamás se me ha olvidado. Mucho menos el de su madre.

 

Estar allí simbolizaba para Kikyou revivir la tragedia que azotó su vida. No tenía que ver con el lugar, tenía que ver con lo que representaba ese hombre. El sincero discurso provocó que fragmentos de aquella vieja y terrible época se colaran en su cabeza. Luchó por mantenerse estoica mientras lo contemplaba en absoluto mutismo. Tenía que silencia los recuerdos; sólo traían tristeza y desilusión… aunque también un profundo rencor.

 

Rencor contra su padre. Nunca debía olvidarlo.

 

Pero, no estaba en el lugar por ello; por lo menos no en ese momento. Lo que la había llevado hacia allí radicaba intrínsecamente en expiar su propio error. Su pecado.

 

— Gracias por recibirme con tanta prisa. Sé que usted en un hombre ocupado.

 

El doctor Suikotsu sonrió quedamente, mostrando así que no debía preocuparse por un tema tan trivial como ése. Con aire ceremonioso sirvió el té en los pequeños pocillos. Era una costumbre que había desarrollado a la largo de los años. Sus pacientes aceptaban siempre con agrado el ofrecimiento. El íntimo momento que se creaba los ayudaba a liberarse de sus prejuicios y, por extensión, a hablar sin temor. Inclusive se sentía orgulloso de la pequeña colección de tés que a lo largo de los años adquirió.

 

Ella no era uno de sus pacientes, tampoco se lo había pedido, pero la experiencia le decía que el momento lo ameritaba. Le alcanzó el pocillo con una nueva sonrisa.

 

— Su llamada me tomó por sorpresa, incluso pensé que nunca volvería a saber de usted o de algún integrante de su familia. Muchos deciden enterrar esas partes de sus vidas —observó, con voz clara—. Le temen a lo que no logran comprender. La mente es un órgano complejo en sí mismo; cuando éste se pierde es imposible recuperarlo. Espero que un día la ciencia avance lo suficiente y pueda develar los secretos que el cerebro guarda celosamente.

 

Kikyou aceptó el ofrecimiento pese a no sentir deseos de beberlo. Lo dejó frente a ella sobre la mesa. Por un instante lo único que se escuchó fue el ligero ruido de la vajilla, momento que ella aprovechó para detenerse en las señales que el tiempo había dejado en el reconocido doctor.

 

El tostado rostro mostraba las estratégicas señales de arrugas en el ceño, ojos y comisura de la boca; aunque los años también habían hecho mella en otros aspectos, como la cabellera del buen hombre: ahora una serie de betas plateadas se mezclaban con el castaño natural dándole así un aire distinguido, y su corte de juventud había sido reemplazado por un estilo formal que dejaba su nuca descubierta. Su visión era otro de los aspectos que tampoco había podido sobrellevar los embates del envejecimiento ya que un juego de lentes con forma de media luna descansaba sobre la mesa a centímetros de su mano derecha. Estos, inmóviles, esperaban impacientes a que su sueño los reclamase. Kikyou sospechaba que ese acto se desarrollaba con frecuencia.

 

— También lo espero, aunque desearía que ya lo hubiesen hecho. Tal vez el final de mi madre hubiera sido distinto.

Suikotsu se aclaró brevemente la garganta.

 

— Por desgracia, hay cosas que están más allá de nuestros propios deseos.

 

Kikyou no quiso pensar en el dolor que aquellas palabras le producían. Era suficiente por el día de hoy. Tenía un propósito y venía a cumplirlo.

 

La carpeta de papel manilla parecía transgredir las leyes de la lógica porque, a través de la capas de piel de su cartera, el calor parecía irradiar hasta hacer contacto con ella. Desde que los documentos cayeron en sus manos, lo único que había hecho era revivir el sufrimiento pasado. «Olvídalo», se dijo por enésima vez; ya no podía hacer nada por el tiempo transcurrido. El pasado no podía cambiarse, pero sí el futuro, el tiempo venidero. Se aseguraría que Naraku y su padre pagaran por cada pecado cometido. No iba a permitir que todos aquellos años de martirio fueran en vano.

 

— Pese a que me alegra saber de usted, sé que esta no es una mera visita formal —prosiguió el galeno, cortando la línea de sus pensamientos—. Hable conmigo con total confianza.

 

— Así es. —Kikyou se cruzó de piernas y rebuscó el sobre dentro de su cartera. Cuando lo consiguió, deslizó el mismo sobre la mesa—. Allí adentro encontrará toda la información que pude obtener sobre un paciente psiquiátrico. Quiero que haga una evaluación del mismo.

 

Estupefacto, el doctor alzó una ceja sin comprender a dónde quería llegar. De todos modos tomó el sobre y sacó el contenido, no por algo decían que uno de los peores males del ser humano era la curiosidad. Los años de experiencia le habían ayudado a desarrollar un ojo entrenado, así que hizo una rápida barrida al texto. Sólo se enfocó en los detalles necesarios.

 

— Aquí se señala muy bien cuál es el tipo de enfermedad. ¿Quiere que lo evalúe… personalmente?

 

— Sí.

 

— ¿Lo conoce?

 

— No en persona.

 

Impresionado aún más que antes, Suikotsu soltó los papeles sobre la superficie de madera pulida y miró fijamente a su acompañante.

 

— Si no lo conoce y, puede que sea una apreciación precipitada, tampoco corresponde a su círculo: ¿quién es esta persona?

 

Kikyou sabía que era el momento; sin importar las palabras que ella le dijera él la ayudaría. Sus ojos brillaron con fuerza.

 

— No importa quién sea; lo que importa es lo que esa evaluación dice. Ahí no hay nada más que patrañas. Lo sé.

 

— ¡¿Lo sabe?!

 

— Completamente —afirmó con total convicción—. ¿Cuánto cree que le demorará hacer la maleta?

 

— ¿Por qué?

 

— Nos vamos de viaje, doctor.

 

0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0

 

— Y-yo… yo no…

 

— ¡Guarde silencio!

 

Frustrado, Inuyasha se pasó ambas manos por el rostro. Sabía que la palabra paciencia no estaba en su vocabulario; de hecho, desconocía que algunas vez la hubiera tenido pero, con el correr de los años, había aprendido a desarrollarla en el campo empresarial. Los litigios sacaban lo peor de los empresarios y no iba a permitir que una de sus mayores debilidades echara por tierra sus negocios. Él quería ganar y, para hacerlo en ese ambiente, se tenía que ser frío y calmado. Letal.

 

Fuera de la empresa era un incapacitado, tal y como Kikyou le decía.

 

El mero recordatorio de su nombre le producía una profunda jaqueca. Durante los últimos meses la relación de ambos se había deteriorado considerablemente. Su socia no estaba de acuerdo con ninguna de sus decisiones. Lo expresaba a viva voz a la menor oportunidad.

 

 

¡Bien!, la presencia de Kagome en su vida había trastocado los valores primordiales de su escala; no iba a ser un hipócrita. La empresa estaba relegada pero, aun así, todo estaba funcionando: los contratos estaban llevándose a cabo, las reuniones estaban concertadas y los viajes reprogramados. Por ejemplo, ese día tenían una importante reunión… aunque sólo había un pequeño problema: ¡no sabía dónde demonios ella se encontraba!

 

Los representantes de Turner Construction estaban esperándolos en la sala de juntas. Ni siquiera podía entrar allí y decirles que su compañera estaba retrasada. Kikyou se había encargado de establecer el contacto y concertar la reunión, así que su presencia era fundamental.

 

Pero, ¡parecía haberse esfumado!

 

— Lo siento, señor.

 

Inuyasha alzó los ojos y dejó de masajearse las cienes. El rostro de Himiko lo hizo sentir culpable. Estaba a un paso del colapso nervioso.

 

 

Le señaló con una de sus manos la silla frente a su escritorio y se aclaró la garganta. Esperó que tomara asiento y relajó la postura para ver si ello la ayudaba a estar más tranquila. No deseaba que la chica se desmoronara sobre el suelo de su oficina. Ya era bastante caótico el día.

 

— Descuide. Nada de esto es su culpa, señorita Tanaka —dijo con la mayor tranquilidad que pudo conseguir—. Le pido disculpas, no era mi intención reaccionar de la forma que lo hice; usted comprenderá que estoy bajo mucha presión. Ahora, por favor, dígame nuevamente qué ha dicho su jefa.

 

Himiko respiró una buena bocanada de aire por la boca. Kami, se había olvidado de cómo respirar. Seguramente su rostro poseía ese característico azul… o tal vez estaba pálida como un fantasma. Sentía las perlas de sudor en el nacimiento de su frente.

 

Cuando la señorita Kikyou le dejó tan importante recado —comunicado que estaba cerca de ser una sentencia de muerte— nunca pensó que fehacientemente debería notificárselo. De hecho, creyó que ella estaría de vuelta para la hora en que el señor Inuyasha arribara a la empresa. Su jefa era una obsesionada con el trabajo y la reunión que debería estar llevándose a cabo era labor de ella. No pensó que lo dejaría todo en manos de él, mucho menos ante el claro desinterés que parecía demostrar de un tiempo hacía acá.

 

Pero el señor Inuyasha la presionó incansablemente desde el primer momento. Nunca había llegado a comprender el instinto de supervivencia, pero ahora entendía el motor que movía a los animales a correr en estampida hacia el lado opuesto cuando se iniciaba un incendio en pleno bosque.

 

— Bue-bueno, ella dice que usted puede hacerse cargo de todo por unas horas —pese al primer traspié el resto salió a bocajarro—; también dijo que no se le ocurriera llamarla porque no va a responderle y que regresará a la dos de la tarde.

 

Inuyasha apretó la mandíbula. Contuvo el deseo de chirriar los dientes.

 

— ¿Algo más?

 

— No.

 

— ¡Perfecto! ¡Absolutamente perfecto! —echó hacia atrás el sillón y se reincorporó apoyando ambas manos en el escritorio—. ¿Sabe dónde está?

 

Himiko parpadeó. La pregunta la abordó con la guardia baja. Negó con la cabeza antes de responder.

 

— La señorita Kikyou nunca me informa si se trata de un tema personal. Si es algo referido a la empresa me lo dice sin falta. Ella quiere que siempre pueda informarle a usted a la brevedad posible.

 

— Ahora sabemos que es personal —concluyó resoluto—. Tengo el presentimiento, y espero que pueda ayudarme con ello, de que su jefa ha estado actuando  de una forma poco habitual. ¿Estoy equivocado?

 

De pronto, Himiko sentía que estaba bajo la lupa. No le agradaba el rumbo que la conversación estaba tomando. Por supuesto que la señorita Kikyou estaba actuando extraña. Las búsquedas por internet, las reuniones con ese hombre de sonrisa cómplice y sus estados catatónicos no formaban parte de la mujer que conocía. Su comportamiento se había visto afectado desde que le fue enviado ese excéntrico ramo de flores de campanilla. Parecía un presagio.

 

¿Y si estaba en grave peligro?

 

Ante ese pensamiento se vio tentada en responderle con la verdad al señor Inuyasha, en confesarle todo lo que estaba pasando; incluso en revelarle el nombre del psiquiatra. Pero, justo cuando estaba a punto de mover los labios, pensó que tal vez era muy precipitada esa línea de pensamiento. ¿Quién desearía hacerle daño a una mujer como la señorita Kikyou? Con seguridad su fuerte carácter le había traído varias enemistades, pero ninguna que pudiera considerarse una amenaza. Tenía que dejar de ver series de delitos criminares y películas de espías en su tiempo libre. Estaba afectando su forma de pensar en el trabajo.

 

— No la he visto extraña, señor.

 

— ¿Está segura?

 

— Por supuesto. Lamento no poder serle de ayuda.

 

— Puede retirarse, señorita Tanaka. Dígale a los de Turner Construction que en un momento estaré con ellos.

 

Inuyasha siguió con la mirada a Himiko hasta que ésta traspasó la puerta. Debía darle méritos por atreverse a mentirle de forma tan descarada en su propia cara… o despedirla sin un cheque indemnizatorio. Por un momento creyó que iba a confirmar sus palabras pero, sea cual fuera el pensamiento que tuvo, terminó por echarse hacia atrás. Algo serio sucedía y todos los caminos conducían a Kikyou. Pero, además, estaba seguro que Himiko conocía ciertos atajos.

 

Conocía a Kikyou. Era recelosa y confiaba en pocas personas, pero había depositado su confianza en esa chica. Tampoco era tan ingenuo como para creer que alguien tan simple como la mujer que acababa de salir de su oficina fuera la confidente número uno de su vieja amiga.

 

Pero la había hecho participe, no quedaban dudas.

 

Lo que ambas desconocían es que él estaba dispuesto a averiguar cuánto.

 

El tiempo se había agotado.

 

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Naomi sabía que algo importante rondaba la mente de su hija. Una madre podía sentir ese tipo de cosas; además, era evidente. Estaba allí, quieta y callada, con el rostro firme y la mirada perdida en el paisaje que se proyectaba fuera de la ventana. Por un segundo quiso mandar al diablo la sugerencia de los médicos; su niña la necesitaba.

 

¿Acaso había sucedido algún pleito con Inuyasha?

 

Con el paso de los meses las dudas e inquietudes sobre la relación desaparecieron de su mente. Kagome jamás le confesó el porqué de la ruptura de la pareja años atrás. Sólo se dedicó a brindarle la noticia un mediodía, luego de un almuerzo y aprovechando la intimidad de saberse a solas. Nunca olvidaría la tristeza que inundó los ojos de su pequeña niña, tampoco su rostro. Y ahora, el “cómo” de la reconciliación parecía también estar vedado.

 

Al igual que por aquel entonces, no se atrevió a indagar sobre el tema. Ciertas cuestiones eran mejor ser pasadas por alto.

 

— Te ves cansada, corazón.

 

Kagome volteó, se alejó de la ventana y tomó asiento en la única silla disponible. Se restregó las palmas sudorosas contra los pantalones de mezclilla. ¡Qué Kami la ayudara!, sus pensamientos no la dejaban un segundo. Las dudas la gobernaban.

 

Esa mañana abandonar el lecho, dejar la prisión de los brazos de Inuyasha, le resultó una tarea titánica. Algo tenía que andar mal en su mente, se dijo; era inconcebible que actuara con normalidad ante tal noticia.

 

¡Él iba a casarse!

 

Para conocer sus planes no necesitó una señal de neón, el mandito anillo cumplió la función. Si tenía que ser honesta consigo misma tampoco esperaba que él se lo comunicara; mucho menos con bombos y platillos.

 

De cualquier forma, aquello que los unía concluiría en tres semanas. Ambos serian libres de retomar y continuar con sus vidas como mejor les apeteciera; y casarse con Kikyou era lo que Inuyasha deseaba.

 

¿Qué vil truco estaba utilizando para mentirle? ¿Cuál?

 

Se maldijo. A ella no debía importarle esos detalles. La vida de Inuyasha —la parte donde no estaba involucrada— tenía que serle ajena. Era lo mejor para su endeble paz mental. Pero, aunque estaba esforzándose con cada gramo de su cuerpo, era imposible no reparar en el extraño comportamiento de su verdugo: estaba más furioso de lo normal. Se encerraba largas horas en la biblioteca, apenas llegado de la empresa, y hablaba por teléfono sin cesar. En muchas oportunidades se rindió ante la curiosidad, por lo que se había arrastrado de puntillas, como una ladronzuela, tratando de escuchar aquellas secretas pláticas. El nombre de Kikyou estuvo siempre presente, y cada vez que fue pronunciado Inuyasha parecía hacerlo con un malestar que provenía desde lo profundo de las entrañas. Insólito, si se pensaba que iba a proponerle matrimonio.

 

Decidió que era mejor dejar de perder el tiempo en cavilaciones sin sentido y volcar toda su concentración en su madre.

 

— Estoy bien, mamá —informó para tranquilizarla. Incluso se tomó el atrevimiento de relajar la postura y echarse sobre el respaldo —; solo que este día es muy importante para ti. No, no es sólo importante para ti, también lo es para Souta y para mí. Por fin te darán el alta. Pronto verás cómo ha quedado todo.

 

El duro y laborioso trabajo en conjunto había rendido sus frutos: la casa estaba debidamente acondicionada para albergar a su madre. La habitación de su abuelo, ubicada en la planta baja, seria ocupada por ésta. Parte de los objetos que por años albergó luego del fallecimiento de éste fueron movidos a la pagoda. El intercambio de los cuartos fue por pura y exclusiva conveniencia; su madre estaba aún delicada como para subir y bajar escaleras reiteradas veces por día.

 

El cuarto de baño no fue un problema. Hace algunos años, cuando la movilidad de su abuelo se vio reducida, Naomi optó por construir uno en la planta inferior. Había costado bastante, incluso Kouga aportó económicamente, pero resultó una bendición. Ni en sus peores pesadillas elucubró que su madre terminaría usándolo al encontrarse en tales condiciones de salud.

 

Desde la cama Naomi suspiró con goce. Se marcharía de allí de una buena vez. Sólo deseaba con fervor tres cosas: volver a su hogar, estar con sus hijos y disfrutar lo que le quedara de vida. No podía olvidar que, gracias a su yerno, su tiempo en esta tierra se había prolongado. Todavía estaba en fase de recuperación, y debía seguir un estricto régimen de control, pero podía marcharse.

 

— Es lo que más quería.

 

— Recuerda lo que los doctores te advirtieron: debes rodearte de un clima tranquilo y no preocuparte por nada. Tratar de hacer una vida libre de stress.

 

— Pero, hija, ¿cómo se supone que haga algo así? Es imposible. El hecho de vivir ya es estresante.

 

Kagome alzó una ceja y negó con la cabeza.

 

— Me alegra que, a pesar de todo, conserves tu sentido del humor.

 

— No iba a permitir que este lugar acabara conmigo —sonrió orgullosa—. Estoy tan ansiosa por irme de aquí que la sola idea de subir esos escalones me anima.

 

La sonrisa de Naomi vaciló apenas vio cómo su hija fruncía los labios. En otras circunstancias aquella afirmación no le hubiera parecido tan atractiva. Recordaba las constantes bromas que su esposo y su padre le lanzaban. Ambos lo veían como un saludable ejercicio; pero claro, ninguno de los dos sabía lo que era arrastrar consigo las bolsas del supermercado mientras se cargaba a un bebe en brazos.

 

Por suerte, cuando se mudaron al templo, Kagome era lo suficientemente grande como para subir por su propio mérito, aunque no lo bastante como para hacerlo sin ir sujeta de la mano. Incluso quería cargar algunas de las bolsas; así que Naomi le alcanzaba la más pequeña, ya sea la del pan o alguna golosina, para complacer a su hija.

Durante años le fue imposible decirle que no, mucho más si le brindaba esa deslumbrante sonrisa infantil carente de prejuicios. Mientras sus compañeros de escuela intentaban sonreír poco cada vez que mudaban alguno de sus dientes de leche, su hija mostraba orgullosa la falta de pieza dental. Eso no iba a detenerla.

 

Aún le causaba ternura rememorar el esfuerzo de Kagome por arrojar el diente perdido lo más alto posible.

 

Ella quería que alcanzara el cielo.

 

— ¿Cuál es el inconveniente?

 

— No habrá ningún tipo de escaleras para ti, mamá. Es mejor que te hagas a la idea, por lo menos hasta que el médico lo autorice.

 

— Pero, hija, ¿qué se supone que estás diciendo? —trató de sonar comprensiva—. ¿Cómo llegaré a entrar en la casa? Déjame recordarte que tu abuelo, quien estuvo débil del corazón en el último tiempo, subió y bajó por esas mismas escaleras infinidad de veces.

 

— El abuelo tenía un poco más de ochenta años cuando murió y la fragilidad de su corazón era bastante normal para un hombre de su edad. El problema que tú tienes no se compara con el suyo.

 

— ¿Y cómo se supone que haré?

 

— Fácil: una rampa. Te deslizaras por ella con ayuda, por eso estoy aquí.

 

Ambas mujeres voltearon hacia la entrada del cuarto. Kagome quiso maldecir al imprudente órgano que bombea su sangre. La sola presencia de Inuyasha lo ponía a correr desesperado.

 

Naomi fue la primera en salir del asombro.

 

— Me alegro tanto que estés aquí, hijo.

 

— A mí también.

 

Kagome decidió que era un buen momento para dejar de observarlo. Cuando él avanzó hacia la cama de su madre quiso interponerse como un escudo protector. Incluso, se alzó un poco de la silla antes de darse cuenta de lo estúpido que era realizar dicha acción. Hacía tiempo que ambos habían establecido una tregua. Simplemente no podía retractarse de las palabras que un día pronunció.

 

Inuyasha se había vuelto un demonio sin corazón, pero adoraba a su madre. Estaba segura. Por supuesto que su ayuda tenía un precio. No era un buen samaritano, pero él no había escatimado, ni por un segundo, en gastos. Ponía todo de sí cuando se trataba de su madre.

 

La construcción de la rampa la había tomado por sorpresa, incluso a Souta. A Inuyasha no le importó arrojar, literalmente, la idea sobre la mesa del comedor una semana atrás. Tanto su hermano como ella se habían quedado con los palillos suspendidos y la boca abierta. El siguiente bocado de la cena a medio camino.

 

Él expuso su idea con una voz inflexible y, aunque ella argumentó que era imposible poder terminar tal construcción en tan corto tiempo, no hubo lugar para discusiones. La obra iba a llevarse a cabo, y no importaba si para ello había que contratar al doble del personal. O al triple. Nada iba a impedir que llegara a buen puerto. Incluso se atrevió a afirmar que se trabajaría día y noche en la misma.

 

El rostro de algunos de los albañiles con los que se topó le confirmó sus sospechas. La aseveración no había sido lanzada en vano.

 

Pero, al marguen de ese detalle, Inuyasha cumplió al pie de la letra su parte del trato: tal y como prometió, contrató al mejor equipo de enfermeros para que cuidaran y monitorearan a Naomi en todo momento. Expresamente les prohibió abandonarla. No podían apartarse de su lado ni un instante. También, en su afán del deber, deslizó la idea de contratar a un chef, pero se negó de raíz. Esta vez fue ella quien no le dio lugar a ningún posible debate. Además, deseaba cocinarle a su madre con sus propias manos. Estar junto a ella era la más grata compañía que pudiera tener.

 

El ritmo de vida de su hermano había sido otro de los temas tratados en la mesa. Por suerte, luego de una corta plática, se armó un cronograma que dejó complacido, principalmente, a Souta: éste se dirigiría al templo luego del colegió y después, al caer la noche, ambos regresarían juntos al Penthouse. Así lo habían acordado, aunque, durante el transcurso de los últimos días, el anhelo surgido en la mirada de su hermano era imposible de omitir. Cada vez que el tema era abordado sus ojos brillaban. Apostaba que, cuando la hora del primer día llegara, él no sería capaz de marcharse. Ella tampoco, debía ser honesta consigo misma. La diferencia entre ambos radicaba en algo simple: aunque lo deseara con todas sus fuerzas, ella tenía que regresar a su jaula sin excusas.

 

Su hermano era libre, y ella no iba a cortarle las alas. Cuando él tomara el valor suficiente para preguntárselo, le diría que sí. Por supuesto que debía prometerle seguir una serie de condiciones si quería ganarse ese derecho, pero estaba convencida que él podía hacerlo.

 

— ¿Por qué no van ambos a almorzar? Ya casi es hora.

 

Kagome salió de sus pensamientos y se disputo a responder semejante propuesta. ¡Era un disparate! ¿Quién pensaría en comer en un momento como este?

 

 

Por el rabillo del ojo Inuyasha observó el rictus enfadado en el rostro de su amante.

 

— Tu hija quiere estar aquí, Naomi —respondió presuroso—; además, podremos almorzar, cenar o lo que más te apetezca cuando estemos en el templo.

 

Naomi le dio una rápida mirada a su hija y luego a su yerno. Negó.

 

— No me darán el alta hasta las dos de la tarde y, para esa hora, ya habrá pasado el horario. —suspiró observando nuevamente a su hija—. Sal un poco de aquí. Puedes ir a la cafetería del primer piso. Tu salud me preocupa. Te he notado más pálida de lo normal, cariño. ¿Cómo está tu alimentación?

 

Kagome pensó que iba a sufrir un colapso nervioso. Agradeció estar aún sentada. No le molesta el carácter sobreprotector de su madre; ella siempre había sido así, pero la mirada inquisidora de Inuyasha le ponía los vellos de la nuca en punta.

 

Bajo el estricto control de su verdugo, Kaede estaba controlando con mano de hierro cada porción y cada plato que era puesto frente a ella. Era capaz de perseguirla hasta el confín del mismo mundo con total de ver que se hubiera comido lo que había puesto sobre la mesa. Cuando ella se iba a descansar por la noche, Inuyasha estaba allí para relevarla. Solía atosigarla sin descanso; siempre tenía uno de sus ojos de halcón puesto sobre ella.

 

El episodio de la anemia había calado profundamente en él.

 

— Mi alimentación está bien, mamá —los observó un breve momento a cada uno—. No me he salteado comidas y he seguido la dieta que el doctor ha mandado. Sólo es el ajetreo de las últimas semanas.

 

— ¿Por qué no me dijiste que necesitabas más ayuda?

 

«Y ahí está», se dijo Kagome a sí misma al escuchar el tono inflexible y autoritario de Inuyasha al entrar en modo “macho alfa”. ¿De verdad él iba a comenzar una discusión frente a su madre?

 

— Porque no fue así. Con Sango y los niños nos hemos arreglado bien. Incluso Shipou colaboró.

 

Por una fracción de segundo Kagome pensó que la mención del nombre del chofer no había sido una de las jugadas más brillantes que alguna vez hubiera realizado. Lo notó entrecerrar los ojos y tensar la mandíbula. ¡Kami, ni que le hubiera ocultado la información! Estaba actuando de una forma irracional. Por supuesto que las cosas entre empleado y empleador no había estado muy bien luego del numerito del coche donde ella también había estado involucrada; pensó que el tema estaba más que aclarado.

 

No había justificativo para su comportamiento. Desde un primer momento le comentó que Shipou estaba ayudándolos con el reacomodamiento de la casa. Jamás se lo ocultó. Y ahora estaba allí, actuando como un hombre despechado y herido en lo más hondo de su ego.

 

— Dos mujeres, dos niños y un prototipo de hombre —masculló—; todo un grupo variopinto.

 

No supo cómo, ni con qué pretexto, pero un cuarto de hora después estaba en el pasillo del hospital, fuera de la habitación de su madre. Por lo menos Inuyasha había tenía la cortesía de cerrar la puerta de la misma. Kagome se preparó para escuchar la irracional diatriba, pero ésta nunca llegó.

 

— Tu madre tiene razón: estás pálida —rezongó al tiempo que la tomaba de uno de sus brazos—. Lo vi en el momento en que entré en la habitación. No puedes saltearte comidas, Kagome, ¿no ha quedado lo suficientemente claro para ti? Pareces que desearas volver a estar anémica.

 

— Yo no…

 

— Silencio —la interrumpió cortante, mientras la comenzaba a arrastrarla por el pasillo hacia la puerta del ascensor más cercano—. Iremos a que comas algo. No me importa qué, pero juro por Kami que no te dejaré volver a la habitación de tu madre si no ingieres algo sólido.

 

— ¡Tú no puedes prohibirme nada!

 

Inuyasha le lanzó una dura mirada por el rabillo del ojo al tiempo que las puertas del ascensor se abrían. La empujó dentro del cubículo.

 

— Con un demonio que no puedo.

 

Kagome iba a replicar, tenía unas cuantas verdades atoradas en la garganta, pero no pudo expresarlas. Algo, no supo bien cómo describirlo, hizo que permaneciera callada.

 

¿Supervivencia?

 

Tal vez. Inuyasha estaba más volatín de lo normal. Lo sabía de primera mano. La inflexión de la voz que estaba utilizando era la misma que usó en las últimas semanas para referirse a Kikyou.

 

El mero pensamiento de ser ella la receptora de su odio, por irrisorio que parezca, le atenazaba el pecho.

Así que enmudeció, fijó su vista en los números rojos que mostraba el visor y pensó en su madre para darse ánimos.

 

«Sólo un poco más. Pronto todo concluirá.»

 

0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0

 

Kikyou contuvo el aliento cuando el ruido de las bisagras oxidadas de la puerta chirriaron. No era una religiosa; de hecho, la poca fe que alguna vez tuvo la perdió el día en que su madre murió, pero estaba dispuesta a volver a serlo si con ello conseguía que el hombre encerado en aquella acolchada habitación conservaba la cordura.

 

Estar parada frente a esa puerta vieja y descolorida casi acabó con sus fuerzas; sólo la determinación la hizo continuar hasta el final. No iba a permitir que Naraku se saliera con la suya.

 

Terminaría con él, con su padre… con toda esta mentira.

 

Ahora que por fin se encontraba allí, permitió que los sucesos pasados se repitieran en su mente: después de lograr convencer al doctor Suikotsu, por lo menos lo suficiente como para que armara la maleta, contrató un jet privado para esa misma noche. Miroku ni siquiera sonó sorprendido cuando le telefoneó para informarle sobre el vuelo luego de terminar los preparativos pertinentes del mismo. Tampoco le extrañó que no viajaran en una línea comercial. Desde hacía meses que Inuyasha tenía un ojo puesto sobre ella, así que no iba a permitir que sus planes se derrumbaran.

Cuando desembarcó en el aeropuerto Madrid, después de trece horas de vuelo, estaba física y mentalmente exhausta. Durante el trascurso del viaje sus pensamientos habían estado puestos en su socio. No dejó de repasar en su cabeza la forma en la que él entró a su despacho. Lo hizo como un poseso, ni siquiera le permitió terminar de acomodarse detrás del escritorio. Sospechó desde un principio que se presentaría, pero no con tanta diligencia. Buscaba una explicación al, según él, absurdo planteo que tuvo que escuchar por boca de Himiko, pero se fue de allí con los mismos cuestionamientos. No respondió a ninguno, por el contrario. Todo lo que hizo fue repetirle las mismas palabras.

 

Miroku intentó hasta el hartazgo hacerla entender que valía más con todas sus funciones plenas que con la mitad de ellas. Sólo cuando perdió él mismo el conocimiento en una de las butacas dejó de repetirle que se durmiera. El doctor Suikotsu era otra cuestión; si bien él tampoco había podido dormir durante todo el trayecto —le aterraba volar. Detalle que le asombró, de hecho— estaba determinado a leer todo lo que pudiera sobre el paciente en cuestión. Así que su falta de sueño le sirvió, por lo menos, para alcanzarle una taza de café al galeno.

 

Kilyou agradeció no tener que alojarse en un hotel. La realidad era que su trabajo le había obligado a pasar la noche en más hoteles de los que pudiera contar con los dedos de ambas manos, pero nada igualaba la tranquilidad de una propiedad por mucho que el hotel fuera de cinco estrellas. Así que Miroku dispuso de la casa que los padres de Yura tenían en Madrid. Él y su esposa solían utilizarla cuando deseaban alejarse de la ajetreada vida Londinense. Por cómo se habían desarrollado los últimos meses de matrimonio no era ilógico sospechar que los viajes a España escaseaban.

 

El ingenio y la agudeza de Miroku desplegadas desde el momento del aterrizaje la dejaron asombrada. En los pasados meses había notado que debajo de ese semblante risueño, juguetón y alegre se escondía un hombre agudo. Pero esa vez fue mucho más allá de lo que ella hubiera creído posible.

 

Durante el trayecto a la propiedad de los padres de Yura había observado cómo, en un tono cordial pero que no daba lugar a ninguna clase de negativas, hablaba con un hombre a través de su teléfono celular. La mañana siguiente comprendió hasta qué punto llegaba su influencia: Tōtōsai Mori, el embajador de Japón, los recibió a los tres en la embajada japonesa a primera hora.

 

Por primera vez, Kikyou no tuvo tiempo para argumentar o decir su nombre. Miroku no esperó a que el embajador se pusiera cómodo; apenas concluido el formal saludo, le informó que, desde hacía varios años, un ciudadano japonés se encontraba en el país de forma ilegal. Lo llamativo del asunto radicaba en dónde y en qué condiciones se hallaba: estaba internado en una institución psiquiátrica sin documentación que lo validara.

 

Cuando Miroku reveló el nombre y parentesco del hombre al que estaba haciendo referencia, el despacho pareció hacer implosión.

 

El embajador se puso lívido y se aseguró firmemente al escritorio. Kikyou notó cómo el shock le transformaba la cara al no dar crédito a lo que acaba de escuchar. Entonces, ella comprendió el motivo que llevó a Miroku a ver con tanto apremio a ese hombre. Iba mucho más allá del cargo diplomático y la ayuda que pudiera brindarles… era personal.

Tōtōsai Mori y Akira Kurosawa se conocían desde la infancia. Sus casas colindaban en la pequeña localidad de Ajiro. Habían crecido pasando las tardes sin otro divertimiento que arrojar piedras en la costa. Asombrados por el ritmo de Tokyo y buscando un mejor porvenir, ambos se habían marchado hacía la gran ciudad luego de graduarse para poder continuar con sus estudios universitarios.

 

Ni los años o las diferentes vicisitudes de la vida los distanció. Ambos estaban en cada celebración digna de recordarse: matrimonios, nacimientos, asensos de trabajo o realización de sueños. Tōtōsai había felicitado a su amigo cuando puso la piedra basal de su compañía. Nadie sabía, ni siquiera el propio Akira, hacía dónde llegaría.

 

Pero un día, aquel idílico anhélelo expresado en la infancia, se vio truncado: Akira y su hijo menor, Onigumo, habían fallecido en un fatídico siniestro.

 

La noticia lo encontró en plenas vacaciones familiares, por lo que demoró en organizar todo y volver al país al hallarse fuera de éste. Cuando logró hacerse presente en la casa de su amigo, Naraku, el único sobreviviente del naufragio, lo saludó frío y distante. En los pocos minutos que pudieron conversar lo trató de forma despótica. No le agradeció la visita ni las condolencias; le aconsejó que, a partir de ese momento, no se molestara en presentarse nuevamente en la casa. Había sido amigo de su padre, no de él.

 

Tōtōsai intentó hablar con Mikami, la esposa de Akira, sobre el extraño comportamiento del muchacho. Le preocupaba un poco que el hijo mayor de su amigo tuviera un cambio tan radical en su personalidad. Seguramente ver morir a su padre y hermano lo habían traumatizado. Todos los intentos que realizó fueron inútiles; Mikami ya no era la misma mujer, sólo un despojo de lo que alguna vez fue. La muerte de su marido e hijo era demasiado de sobrellevar para ella.

 

Días después de la tragedia el cuerpo de Akira fue encontrado en la costa. El de Onigumo nunca apareció.

Él había perdido todo tipo de contacto con la familia Kurosawa desde el entierro de su amigo. Lo único que sabía, y fue algo que sucedió pocas semanas después del hundimiento, era que Naraku presidia la empresa.

 

Tōtōsai no intentó volver a ponerse en contacto o buscar información sobre la familia desde que era embajador de Japón en España. De eso hacía años. Claro que los éxitos atravesaran países, continentes.

 

Cuando el embajador movió su mano hacia el teléfono para avisar a las autoridades sobre lo que estaba ocurriendo, Kikyou actuó. Le pidió absoluta confidencialidad y, ante la mirada estupefacta de los allí presentes, le dijo que dejara fuera a la policía. El muchacho que él conoció luego de la muerte de su amigo era peor que lo que recordaba. La muerte de su padre no lo había hecho cambiar, sino mostrar su verdadera naturaleza. Con los años sólo se había vuelto más perspicaz. Naraku no era estúpido, seguramente estaba pagándole a alguien para que vigilara el psiquiátrico, y no sólo al director o doctores importantes de la institución. Podía afirmar que los eslabones en la cadena eran varios. Por tal motivo, al menor movimiento sospechoso sacaría a su hermano de allí y lo llevaría fuera del país de la misma forma en la cual fue ingresado. Si bien necesitan hacer las cosas en el menor tiempo posible, también las tenían que hacer con prudencia.

 

Tōtōsai se mostró reticente al principio, pero luego de unos minutos de silencio admitió  que, aunque a regañadientes, aquella forma de proceder era la correcta. Se dispuso a ayudarlos en todo lo que quisieran, sin importar las leyes que tuvieran que romper para llevar adelante el cometido.

 

Miroku continuó valiéndose del apellido de su padre y su influencia. Utilizó, junto a lo anterior, su título de abogado para obtener lo que deseaba: estados de cuenta, nombres y otras cuestiones. Para el final de la semana Kikyou había sobornado a quien correspondía para lograr ingresar al doctor Suikotsu en la institución psiquiátrica como visitante. Recurrió a una excusa tan pobre, pero efectiva, que ya no recordaba. Por su parte Miroku había llegado a averiguar desde qué cuenta Naraku hacia los desorbitantes depósitos para la institución psiquiátrica y el director. Era una cuenta fantasma, el propietario no existía. Pero, gracias a sus investigaciones, ahora podían relacionarlo con la misma.

 

En la semana que prosiguió, el doctor Suikotsu —quien utilizó otro nombre— corroboró que el señor Onigumo no se hallaba en la lista de pacientes que el psiquiátrico manejaba. Según sus conclusiones, y tomando en cuenta algunas de las declaraciones que los enfermos expusieron en las cortas charlas, debía estar escondido en algún ala del mismo donde el acceso era altamente restringido.

 

Con todo lo necesario, incluida las dos identidades que el embajador les había entregado, se pusieron en marcha.

Once días.

 

Ése había sido el agónico número que les tomó llegar hasta él desde que pusieron un pie en suelo español.

Once tortuosos días les bastó para encontrarlo

 

Cuando por orden del director del hospital el enfermero terminó de abrir la puerta, Kikyou lo supo.

 

Pese a la oscuridad de la habitación, a la escasa luz que se filtraba por la puerta, la ferocidad en los ojos negros estaba allí. No había sido una ilusión o el juego de luces de una fotografía. No necesitaba que el doctor Suikotsu se lo confirmara.

 

— Onigumo.

 

Como si hubieran establecido una profunda conexión, él comprendió todo lo que deseaba transmitirle con sólo pronunciar su nombre.

 

«Jaque»  

 

Continuará...


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#75 lindakagome08

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Escrito 05 June 2016 - 10:56 PM

Hola lis, mil disculpas por haber abandonado la lectura, pero aproveche y me los leí de una, exxelente historia mi niña, no puedo creer que este a punto de llegar al final y aun.no veo atisbo de que inuyasha cambie... :lloro: espero que puedas dejar pronto conti, mucho ánimo un besote :fan:

PD:por cierto te recomiendo que edites el capi y le cambien al tipo por defecto del foro, eso suele pasar cuando uno copia y pega jjejejejejejeje...

Este tema ha sido editado por lindakagome08: 05 June 2016 - 10:58 PM

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#76 Lis-Sama

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Escrito 08 July 2016 - 02:03 AM

¡Dos actualizaciones el mismo año! Esto no pasaba hace décadas  :juas:.

Me había puesto como meta de este año terminar este fic sí o sí. Chantaje lleva un poco más de seis años y hoy, por fin, tiene su capítulo final. Obviamente, como dije en el capítulo anterior, todavía queda el epílogo; pero bueno, por lo menos tienen el final xDD.

 

Espero que este sea de su agrado. Para mí, es el final que esta historia se merecía. No había otro.

 

Igual, como siempre, me someto a su juicio  :je:.

 

Gracias a todos los que aún, a pesar del tiempo, leen esta historia. En especial un fuerte agradecimiento a Linda. Qué bueno que la historia te gustara, nena  ;) . 

 

Un abrazo enorme y muy buena semana.

 

Capítulo XXII: Equinoccio

 

Kikyou contempló con detenimiento el crepúsculo. Un ave ululó acomodándose, seguramente, en su nido. Por un momento se sintió en paz. Imaginó un padre cariñoso, una madre sonriente y amorosa, una infancia feliz. Su vida habría sido tan diferente si sólo hubiera crecido en el seno de una familia común. Sin tontas imposiciones... sin tanto dolor.

Se imaginó siendo una turista en aquel país, visitando los puntos de mayor atracción y los mercadillos de la vibrante ciudad. Tal vez en su mano hubiera una sortija de boda, un hombre sonriente mirándola con devoción. Recuerdos de una luna de miel memorable. Una casa con verja y perro. Niños corriendo descalzos.

 

Por un momento quiso cerrar los ojos y retener aquella ilusión. Supo, al instante, que sería absurdo. Cada momento transcurrido la había forjado. Gracias a ellos era fuerte, decidida, implacable, justa. 

 

Esas eran sus cualidades pero, también, poseía grandes defectos: la envidia estaba por sobre todos ellos. Descubrirlo le había supuesto una profunda revelación. Su padre la creó para representar la perfección; así que esos sentimientos eran extraños, impropios.

 

«La envidia es para los débiles. El poder para nosotros, Kikyou». Nunca había aceptado con agrado aquella frase pero, pese a todo, la determinó. La hizo propia. Dejó que sus propios anhelos murieran.

 

Ella no podía ser una mujer común; no existía esa posibilidad en su mundo. Contradictoriamente a lo que su padre y ella misma habían pensado, era más común de lo que estaba dispuesta a creer.

 

— Un magnifico paisaje. Madrid tiene encanto.

 

Kikyou suspiró y se alejó del barandal. Continuó dándole la espalda al intruso; sólo quería observar por un momento más, tal y como él había dicho, el atrapante paisaje frente a ella.

 

— No te escuché entrar.

 

— Hace algunas semanas ese detalle me tomó por sorpresa, ¿lo recuerdas? La mujer que conocía estaba atenta a todo lo que sucedía a su alrededor. ¡Cuánto han cambiado las cosas!

 

— Así es. Han cambiado.

 

Tal afirmación le supo extraña. Le dejó un sabor agridulce difícil de digerir. Era como si otra persona hubiera tomado su cuerpo y formulara tal sentencia. Quería que la montaña rusa de emociones se detuviera ya. ¿Hasta cuándo debería soportar?

 

«Un poco más», se respondió. El intenso calor que llenó su pecho le devolvió la tranquilidad perdida. No tenía que temer. Pronto se haría justicia.

 

Miroku avanzó unos poco pasos, los suficientes como para colocarse en el centro del cuarto. Algo, desconocido pero intrínseco, lo llevó a moverse con el único fin de poder apreciar con mayor deleite la figura femenina. Al igual que en los meses pasados, la visión de su compañera le resultó etérea.

 

El sencillo vestido blanco, la discreta silueta, el largo pelo suelto, la suave brisa, el atardecer. No era necesario ser un pintor para apreciar la belleza. Un cuadro así haría caer rendido a un centenar de hombres. La hermosura de la misteriosa mujer los volvería devotos; tendrían la piel en llamas a pesar de no poder apreciar su rostro. Delirarían al imaginárselo. Comprendió que, dentro de todos esos hombres, él sería uno de ellos. Claro, si las circunstancias se hubieran dado de manera distinta.

 

Su corazón latida por una única mujer y ella, por siempre, sería la dueña.

 

— ¿Onigumo?

 

La pregunta rompió el encanto. De forma estrepitosa salió de sus cavilaciones y volvió a la realidad inmediata.

 

— Junto al doctor. Quiere estar seguro que ningún suceso pueda causarle algún posible trauma cuando ponga un pie en Japón —se encogió de hombros—. Juro por Kami que pensé que encontraríamos sólo despojos de él. Por el contrario, es el hombre más cuerdo con el que he hablado en mi vida.

 

Kikyou lo observó por fin. Le agradó saber que estaban en la misma sintonía. Desde el primer momento que había mirado en los ojos del hermano de Naraku, comprendió que estaba lucido. Tanto Miroku como el galeno, sobre todo este último, querían ser precavidos y no tomar el asunto con demasiada prisa. Por un instante creyó que el doctor Suikotsu también se dispondría a analizarla cuando le dijo, muy resuelta, lo que pensaba sobre éste. Por suerte para ella, él únicamente estaba interesado en la salud mental de tan delicado paciente.

 

Periódicamente lo analizaba, incluso varias veces al día. Lo acechaba con preguntas de todo tipo y tenor para constatar que estuviera orientado en espacio y tiempo. Siempre tenía un ojo sobre él; hasta a ella le resultaba exasperante su forma de actuar. Onigumo parecía tomárselo con calma, algunas veces hasta con cierta diversión; de alguna extraña forma la preocupación del médico, y por qué no el asombro, le causaban gracia. El hombre tenía un retorcido sentido del humor. No era para menos si se pensaba en qué lugar y bajo qué condiciones había vivido los últimos años.

 

De pronto, se encontró pensando que le agradaría estar presente en alguna de esas largas sesiones que ambos tenían. Iba contra todo lo medicamente correcto; la relación médico paciente no debía verse rota bajo ningún aspecto, pero saber qué pensaba, qué deseos lo habían mantenido en sus cabales, la intrigaba.

 

En su fuero íntimo conocía la respuesta: no lo había dicho en palabras, pero el ansia que lo motivó, y todavía lo hacía, era la venganza. Él no descansaría hasta que su hermano pagara por cada uno de sus crimines. Estaba determinado.

Casi sonrió. Algo los unía.

 

Hoy era su última noche en el país, la última noche para todos. Mañana a primera hora partirían de regreso a Tokio. Debían hacerlo de forma silenciosa y no podía ser de otra manera. Habían llegado demasiado lejos como para fracasar en el último segundo. Por algo, también, se demoraron más en el país; si por desgracia sus planes se desbarataban y Naraku se enteraba, aunque tomaran todos los recaudos posibles, jamás sospecharía que todavía estuvieran en Madrid. Era una jugada que no se esperaría.

 

— Lo sé. Seguro está más cuerdo que todos nosotros.

 

— Por lo menos tuvo un motivo para mantenerse. Otro hombre se rompería al instante.

 

Kikyou caminó y se adentró, por fin, en la habitación. No se atrevió a cerrar la puerta balcón; le agradaba la fragancia nocturna que llenaba los rincones del pequeño despacho. Además, hacia un buen clima.

 

— Venía a decirte dos cosas importantes. La primera tiene que ver con la cena y la segunda…

 

Miroku dejó suspendida la frase. No se atrevió a concluirla. Se acercó hasta el escritorio sin despegar los ojos de la mujer. Ésta no se movió de su posición pero siguió todo el trayecto con la mirada.

 

Él se apoyó en el borde del escritorio ante de dejar el documento que cargaba sobre la superficie de madera. Lo hizo con cuidado, pero el sonido del artículo en cuestión causó una atmósfera incomoda. Cada uno sabía lo que pensaba el otro.

 

— No lo puse en una carpeta porque, supongo, tenía una vaga ilusión. Esperaba que reflexionaras un poco más sobre esto.

 

Kikyou relajó la postura antes de acercarse, también, al mueble. Se posicionó en la otra punta marcando, de alguna forma, la otra toma de posición que había respecto al tema.

 

— No tengo nada que pensar —añadió, resoluta—; creí que había quedado claro aquel día en el café.

 

El hombre sonrió.

 

— Suelo ser bueno convenciendo a la gente. Aunque tú no eres como el resto, tenía mis esperanzas.

 

— Ni siquiera deberías haberlas tenido.

 

— No puedes culparme, bella dama.

 

Ella frunció los labios. No le gustaba cuando él desplegaba sus antiguos dotes de casanova. Estaba a punto de reprenderlo, pero la sonrisa en el rostro masculino se borró y mostró una seriedad apabullante.

 

— ¿Estás completamente segura?

 

No, no lo estaba. ¿Quién podría? A pesar de todas las dudas que estaban asaltándola, creía ciegamente en que era lo correcto. Era hora de hacerlo y no sólo por otros, sino también por ella misma. Por eso, cuando respondió, su voz no titubeó; salió fuerte y clara:

 

— Sí.

 

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— ¿Puedo ayudarla en algo, señorita Kagome?

 

Como si un cable con electricidad hubiera sido puesto en su columna, la aludida se volteó con el cuchillo en mano. Dejó atrás la labor que estaba realizando y lo sujetó éste al igual que una espada. Arqueando una ceja, le apuntó a su interlocutora.

 

— Tenemos casi la misma edad, así que deja las formalidades conmigo —sonrió, al tiempo que blandía el afilado instrumento—. Es la última vez que te lo digo.

 

Sin entender en qué momento había sucedido, Natsuki le devolvió la sonrisa. Ambas tenían poco menos de dos semanas de conocerse —exactamente desde que el señor Taisho la contrató como enfermera diurna— pero, desde el primer día, la calidez con la que fue recibida por cada pequeño integrante de la familia la había dejado conmovida

 

Desde su ingresado al mundo laboral, luego de terminar la carrera, siempre se desempeñó como enfermera en el Hospital Central de Tokio. Hacia dos meses que, por problemas personales, se había visto obligada a dimitir. Natsuki amaba con pasión su trabajo y, por sobre todo, ayudar a las personas. Pero cuando su ex esposo se marchó sin dar mayores explicaciones y los dejó botados a su hijo de cinco años y a ella, como si fueran algo descartable, tuvo que tomar medidas.

 

Se mudó con sus padres al poco tiempo. El alquiler del departamento se le hizo imposible de costear pese a la cantidad de horas extras que estaba tomando en el trabajo. Vendió la mayoría de sus muebles de casada, principalmente la cama de matrimonio, y guardó para sí los necesarios. No había motivos para conservarlos; sólo eran malos recuerdos.

 

El tiempo extra en el hospital le hacía llegar exhausta a la casa. Ni siquiera contaba con las energías para hablar con sus padres o jugar un momento con su hijo. Y fue en ese instante en que comprendió que debía hacer un cambio radical en su vida. Si continuaba por ese camino, muy pronto ella sería uno de los tantos pacientes que atendía a diario. Así que se armó de valor y renunció a su trabajo esperando un milagro. Necesitaba un empleo que cubriera sus nuevas necesidades.

 

Kami pareció haberla escuchado.

 

Pocos días después de renunciar, una antigua doctora del sector se comunicó con ella. Un prestigioso colega extranjero estaba buscando enfermeras locales con las mejores referencias para cuidar de una mujer delicada del corazón. La paciente estaba recuperándose de una compleja enfermedad. Llevaba una estadía prolongada en el hospital y, ahora, por fin se le permitiría marcharse a la casa. Como aún debía seguir estando monitoreada, la familia, el yerno de la mujer en cuestión, estaba buscando desesperadamente el mejor equipo que el dinero podía comprar.

 

Y vaya que el señor Taisho podía porque la suma que le dio la doctora por teléfono casi la hizo caer de espaldas.

 

Natsuki lo aceptó sin dudar. Tenía algunas dudas —producto de viejas colegas que sí habían ejercido en casa de familias adineradas—, pero las silenció por completo.

 

Estaba maravillada de haberlo hecho.

 

— Lo siento… Kagome.

 

Ésta, complacida, movió su cabeza de forma afirmativa antes de darle la espalda a la mujer y volver a retomar su quehacer. Mientras el ruido de las verduras siendo cortadas se volvía a sentir, Kagome no pudo dejar de sonreír. Natsuki era una persona increíble. Con sólo treinta y cinco años se había convertido, en un pestañeo, en madre soltera. El sacrificio que hacía por su hijo era admirable. Si no fuera por su madre, que la tuvo comiendo de su mano desde el primer día, no hubiera soltado prenda; pero ella era la reina de la insistencia y si se lo proponía, lo conseguía.

 

— Deberías seguir el consejo que te dio ayer mi madre. Trae a tu hijo un día —afirmó, distendida—. Además, a mamá le encantan los niños; es el día de hoy que no para de lamentarse por lo rápido que Souta y yo hemos crecido.

 

Natsuki, que ante la velada negativa retomó el trabajo momentáneamente desplazado —seleccionar la medicación de la convaleciente—, contempló la espalda de la mujer sin dar crédito de lo que oía.

 

¿Estaba escuchando con claridad?

 

El asombro fue tal que hasta olvidó la informalidad al hablar.

 

— Aprecio el detalle. Usted, de verdad, no sabe cuánto lo estimo, señorita; pero no es lo correcto. Por favor, tanto su madre como usted deben comprenderlo.

 

— Sé que no es lo más profesional —Kagome se volteó para mirarla de frente. Pasó por alto la forma en que ella se estaba dirigiendo hacia su persona—, pero quiero… queremos ayudarte. Pasas demasiado tiempo lejos de tu hijo y aún es muy pequeño para comprender el sacrificio que estás haciendo —meditó un momento—. Si es por tu desempeño laboral, déjame decirte que has demostrado ser…

 

Natsuki levantó una de sus manos y negó con la cabeza para detener la diatriba. De solo escucharla hablar de ella con tanto fervor se le hacía un nudo en la garganta. La separaban diez años y no podía comprender cómo alguien que prácticamente recién estaba dando sus primeros pasos en la adultez, y después de todo lo que había acontecido en su vida —por lo que sabía de boca de la señora Naomi—, lograba preocuparse por otras personas de esa manera. Ver a esa “reciente mujer” le daba esperanzas para permanecer integra, para dar batalla.

 

— Es, como usted bien dice, por mi desempeño; pero ese no es el único factor —dulcificó sus gestos mientras volvía a descender su mano—. Los que confiaron en mí saben cómo respeto mi trabajo; pongo hasta las últimas de mis energías en él. Uno de los que confió fue el señor Taisho, ¿qué pensaría él si ve que estoy más preocupada por mi hijo que por su madre?

 

— Estoy segura que Rinne…

 

— Es un niño de cinco con un espíritu que vale por dos. Va a querer practicar escalada con los muebles de la cocina, créame —se rió levemente al imaginarse la situación—. Tanto usted como el señor Taisho confían en mí, no puedo defraudarles; pero, si es por complacer a su madre, verá que pronto lo podrá hacer usted misma en un futuro. La señora Naomi estará encantada cuando pueda mimar al hijo de ambos.

 

Al ver el rostro cetrino que había adquirido su compañera, la enfermera quiso maldecir su gran boca. No podía controlarla la mayoría de las veces. A pesar del desastroso desenlace de su matrimonio, todavía era una acérrima defensora del amor. Que ella no supiera elegir a su marino no quería decir que todo los hombres del país, o del planeta, fueran igual de malditos. Había hombres que soñaban con encontrar a esa mujer especial y formar una familia; tener niños.

 

Sólo una vez tuvo la oportunidad de ver junta a la pareja. Eso le bastó. El señor Inuyasha la adoraba. Estaba convencida.

 

Natsuki se disculpó al instante por sus últimas palabras dichas pero, luego de esa declaración, Kagome no pudo volver a concentrarse. Lo intentó, pero únicamente su cuerpo estaba allí.

 

Recordaba haber terminado de preparar el almuerzo, escuchar el saludo a boca jaro de Souta al anunciar su llegada, la alegre voz de su madre cuando lo felicitó, durante la sobremesa, por la reciente nota obtenida en el último examen. Recordaba, también, haber lavado los platos y platicar con su madre de trivialidades a lo largo de toda la tarde. Incluso, cuando la hora de partir llegó, le permitió a su hermano quedarse. Nunca dejaba que pasara dos noches seguidas en el templo, pero hoy, para su propia sorpresa, hizo una concesión.

 

Cuando momentos después la puerta del penthouse se cerró tras su espalda y aquellas pareces que habían sido creadas desde el amor más devoto la envolvió hasta convertirse en una jaula de oro, Kagome sintió como el pánico nacía en su estómago, subía por su esófago hasta la garganta, trepaba hasta su cabeza y presionaba contra la raíz de los cabellos intentando escapar. Se sujetó de la pared más cercana y agradeció saberse a solas.

 

Para el momento en que se deslizó al piso estaba templando. Se llevó ambas manos a la cara y con la yema de los dedos presionó de forma ligera sus ojos cerrados. Buscaba deshacerse por el medio que fuera de la sensación que albergaba en su interior desde que Natsuki había pronunciado el final de su discurso.

 

Hijos… familia, eran dos conceptos que no existirían jamás relacionados a Inuyasha y a ella. Por lo menos si ambos estaban en la misma ecuación. Él formaría una familia con otra mujer, tendría hijos con otra.

 

Las reglas del acuerdo habían sido simples y, de todas las clausulas, ésta era la principal.

 

Nunca con ella. No con ella. Antes… tal vez hace unos años. Ya no.

 

El mero pensamiento la arrojó a un espiral tal de desesperación que hiperventiló. Se clavó las uñas en ambos brazos cuando la parte racional de su mente, aquella que no se había dejado gobernar por la marea intempestiva de sentimientos, hallaba la respuesta a su silenciosa pregunta formulada.

 

Acaso… ¿Acaso se había vuelto a enamorar de aquel hombre que una vez creyó que era el amor de su vida?

 

Mientras gruesas lágrimas descendían por sus mejillas, sólo tuvo fuerzas para susurrar una plegaría.

 

0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0

 

Kikyou había imaginado este momento, pero ahora que el mundo de las lucubraciones se encontraba en el plano real, tener el coraje suficiente como para enfrentarlo era una cuestión diferente.

 

— ¿Señorita?

 

Desde su posición en el asiento trasero observó el perfil derecho del chofer. Se lo notaba intranquilo; ¡no era para menos! Hoy lo estaba sorprendiendo. Por primera vez en mucho tiempo no sólo estaba tomando una ruta diferente para ir al trabajo, sino que, a tan temprana hora, estaba visitando lugares que nunca antes procuró.

 

Primero fue al templo de la familia Higurashi; ahora, el departamento de Inuyasha. El mismo departamento que decidió convertir en la prisión de Kagome.

 

¿Se habría dado cuenta de la importancia que aquella morada tenía?

 

Le dio un último vistazo a su reloj de pulsera. Diez y treinta de la mañana. Debía apresurarse y hablar con Kagome antes de que ésta se fuera. Su socio no era el único que tenía un ojo siguiendo todos sus movimientos. Por lo menos, los de la última semana.

Era el turno de poner las cartas sobre la mesa, de hablar con Kagome… luego de haberlo hecho con su madre.

 

Ser honesta, confesarse con Naomi no fue algo que hubiera planeado con antelación. Cuando despertó y supo que hoy sería el día en que los hilos del destino revelarán la verdad, comprendió que, antes de estallar todo por los aires, no sólo debía ser sincera con Kagome sino, también, con la madre de ésta. Le había hecho daño sin proponérselo.

 

¿Cómo una madre no sentiría en su piel el profundo dolor de su hija?

 

— Espérame aquí. No importa cuánto demore.

 

Salió del automóvil sin mirar atrás. Nunca había estado en el penthouse que el señor Inu-No  le construyó a su esposa, pero sí sabía de él. Por eso estaba al corriente de dónde hallar aquella porción que representaba un amor profundo y eterno. Casi beatifico.

 

Se dirigió directo a los ascensores sin anunciarse. La suerte estuvo de su lado porque ni siquiera tuvo que pulsar el botón de llamada; cuando estaba a punto de hacerlo, las puertas se abrieron. Esperó a que la familia descendiera antes de abordar el mismo.

 

Apretó el botón y las hojas metálicas se cerraron aprisionándola en el cubículo semi espejado. No había retorno a partir de allí. Tampoco lo deseaba.

 

Mientras el elevador se ponía en funcionamiento, no pudo evitar pensar en la ambición que la llevó hasta allí. A lo largo de los pasados meses no sólo esperó con ansias la escena que, en unas horas, se desarrollaría en la oficina; también aguardó por este momento.

 

Era ella, por sobre todo, con quién debía ser franca.

 

Sus acciones habían desencadenado una cadena de eventos perversos. El egoísmo, los celos, la hicieron actuar. Como Miroku, quien se había acobardado ante el mandato paterno, ella, también, ya no podía desarticular las consecuencias de esos horribles sentimientos. Pero, por Dios, que arreglaría las cosas.

 

Hoy.

 

Se apeó del ascensor cuando éste se detuvo en el piso correcto. Caminó el corto trecho sin titubeos. Mientras se disponía a alzar la mano para golpear la puerta con un único sonido firme, se imaginó cómo se estaría desplegando el equipo policial en la casa de su padre. Su cara cuando le leyeran los cargos por los que estaba imputado y sus derechos. Pensó, nuevamente, en Miroku y en la importancia que él tenía en todo lo que se estaba ejecutando.

 

Oyó, como luego de su intromisión, la leve agitación que detectaba del otro lado de la puerta se detuvo. Un segundo después, las pisabas volvieron a ponerse en movimiento; está vez en su dirección.

 

El pomo de la puerta se sacudió por la oscilación antes que la inquilina del hogar lograra abrir la misma.

 

Kikyou notó al instante el shock en los ojos de la mujer. Sólo un abrir y cerrar de ojos le bastó para reconocerla.

 

— Hola, Kagome.

 

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Inuyasha quería gritar de frustración. Su brillante mañana laboral se estaba yendo por el caño; el desagradable tono de llamada que se replicaba al no ser contestado el teléfono le producida un profundo mal humor. Continuó sujetando el auricular con fuerza y esperó durante tres timbrazos más. Luego, cortó.

 

Observó la hora en su portátil para corroborar que no se estuviera equivocando. Tal vez, sin proponérselo, pasó por alto el horario. Había estado sumamente ocupado desde la mañana. La empresa se parecía más a una pista de atletismo —con casi la mayoría del personal corriendo por los pasillos— que a un edificio de trabajo estándar. Hacía tiempo que no tenía una mañana tan ajetreada. Ya ni las recordaba, de hecho. Las cosas estaban tan aceitadas que funcionaban con la precisión de un complejo sistema de relojería. Debía reconocer que la autoría principal de aquel detalle provenía de su socia. Kikyou aceitó las bisagras de una estructura que, si bien ya estaba armada y en marcha, todavía contaba con ciertas falencias. Su visión y su forma de trabajo fue lo que esta empresa siempre necesitó. Por algo, mucho antes de darle el beneplácito de la mitad de las acciones al padre de ésta, su padre la tuteló. Él, desde un comienzo, había visto algo que otros no.

 

Mientras su padre advirtió características, él, por el contrario, deambuló en la ceguera absoluta.

 

Aún esperaba que la información que seguida alojando en su computador personal fuera producto de un fallido desastroso. No podía entender cómo la mujer que era su socia, su amiga desde la tierna infancia, podía romper todas las promesas que un día le juró.

 

La visita de Miroku no había sido un desliz sin importancia, una vieja reunión de amigos por algún problema particular; ese traidor estaba allí por algo. Si no, ¿por qué viajarían ambos a España?

 

No era una escapada de fin de semana de dos amantes. Por Kami, si Kikyou, hasta no hace muchos años, lo trataba, en el mal sentido, condescendientemente. Qué los unió era algo que aún estaba intentando averiguar.

 

¿Qué secretos compartían? ¿Qué escondían? Porque sí, Miroku no era un eslabón más de la cadena. Él no era como Himiko; era importante. Incluso, iba mucho más allá: ejecutaba. Lo podía ver moviendo los hilos.

 

Hoy pensaba averiguar de primera mano qué estaban tramando. El juego se terminaba aquí; ya no más. La encerraría si se negaba a cooperar. No iba a permitir que continuara escapando gracias a tontas escusas o desaires.

 

Kikyou no saldría de la empresa hasta que él supiera el meollo del asunto. E iba a ejecutar con total rapidez el plan porque no tenía un segundo que perder.

 

No le regalaría a nadie su último día con Kagome. No se lo regalaría ni siquiera a la madre naturaleza.

 

Ni las estúpidas advertencias de Kaede, ni una abrupta caída de la bolsa o la suba de los mares. Legaría hasta ella para hacerla suya una última noche. Luego, mañana, se desprendería de esa mujer como si no valiera nada y, con el correr de los días, encontraría la paz que había perdido a lo largo de las últimas semanas. Cuando la presencia de Kagome fuera únicamente un mero recuerdo, todo volvería a estar en orden. Principalmente sus sentimientos. Ya no sentiría ese necesidad enfermiza y apremiante de saber todos sus movimientos, de encontrarla en el hogar o, incluso, de contemplarla dormir. Por fin se acabarían sus horas de desvelos, sus recuerdos de antaño y las febriles melodías ejecutadas.

 

Pero también concluiría la desazón que le producía no saber qué tipo de sentimientos la inquietaban. Lo que originaba aquellos estados, como el de la última semana, tan ensimismados.

 

Durante estos últimos días la notó contemplativa, por lo general sobresaltada ante su presencia. Inclusive, cuando se acercó a ella la última noche de la anterior semana, la encontró sentada en la terraza mirando hacia la nada; en un principio creyó que estaba admirando el vibrante cielo sobre ella. Cuando se conocieron, le había confesado su fascinación por las estrellas. Recordaba, también, la tierna forma que utilizó para lamentarse por no poder apreciarlas como era debido en una ciudad con tan alta contaminación lumínica. Por eso pensó que estaba disfrutando del paisaje. Hasta deseó que volteara a verlo y lo invitase a su pequeña fiesta privada.

 

Pero lo que encontró fue silencio, un rostro serio y unos ojos que transmitían una lucha internar titánica. Duró un instante, sólo un segundo, pero para él fueron horas. Ni la sonrisa que le brindó, consoló sus dudas. Nunca lo harían porque jamás había apreciado en Kagome una sonrisa tan fingida.

 

La imposibilidad de llegar hasta ella en un plano sentimental durante la última semana no afectaba el plano físico. Allí, no había ningún tipo de dudas. El enfrentamiento que estuviera sucediendo dentro de la mente de su amante no interfería en su cuerpo, por el contrario. Mientras algunas veces parecía alejarse, en otras estaba cerca; entregada. La manera dócil y suplicante en la que reaccionaba cada vez que la hacía suya, como anoche, le ponía la sangre a hervir. Se abrazaba a él con la misma fuerza que un náufrago a la única tabla de salvación. Le imploraba con el mismo fervor que un condenado a muerte ruega por el perdón de su alma. En el pasado, había adorado la forma de entrega de Kagome. Sabía que lo hacía con todo su ser porque provenía del basto amor que le profesaba, y ahora… ahora parecía…

 

Inuyasha alejó esa línea de pensamiento. Era mejor concentrarse en el ahora, en el presente.

 

Volvió a observar la hora en la computadora que estaba frente a él. Maldijo al darse cuenta de la cantidad de tiempo perdido en viajes retrospectivos. Hubiera querido llamarla antes de que saliera del departamento como todas las mañanas. Por escasos dos segundos caviló la posibilidad de llamar directo al templo y ver si ya estaba allí. También podría comunicarse con el equipo que monitoreaba todos sus movimientos, pero no sentía deseos de hacerlo. Además, ellos sabían muy bien que ante cualquier “cambio de rutina” debían comunicarse inmediatamente con él.

 

«Todo debe marchar sin sobresaltos», se dijo para calmar, de pronto, los acelerados latidos del corazón y la angustia que estaba comenzando a atenazarle el pecho.

 

Estaba a punto de concentrarse en las estadísticas que le habían enviado a primera hora de la mañana cuando escuchó el anormal alboroto que se estaba produciendo fuera de su oficina. Rotó la cabeza hacia la puerta en el momento en que ésta estaba siendo abierta. Su secretaria ingresó intempestivamente, sin ni siquiera pedir permiso o anunciarse previamente.

 

Lo que sea que estuviera sucediendo era grave, y más por el espanto en los ojos de la mujer.

 

— Lamento interrumpirlo, señor, pero hay un problema que debería resolver de forma urgente.

 

Inuyasha admiró que no se trabara ni una vez al soltar el discurso. Lo había dicho de corrido, sin pausas y con una sola bocanada de aire. Así y todo, él lo comprendió con claridad. Era una habilidad pasmosa.

 

— La señorita Kikyou adelantó la reunión de la dos de la tarde.

 

Frunció los labios apenas terminó de escuchar. Ella no podía manejar la empresa a su antojo; ambos formaban parte de la misma de manera equitativa. Las decisiones, sobre todo de ese carácter, les incumbían a los dos. Su relación laboral y personal había tocado fondo. Ni siquiera en las pasadas peleas habían dejado de informarse sobre los diferentes manejos que desarrollaban en la empresa. De cualquier forma, eso no explicaba el jaleo del otro lado de la puerta.

 

— ¿Para qué hora?

 

— Ya, señor. A la una. Eso quiere decir que está llegando cinco minutos tarde.

 

— ¡¿Qué?!

 

¡¿Qué demonios estaba pasando por la cabeza de su socia?! Esto era inadmisible. No sólo iba a resolver esta tarde el asunto personal que ambos tenían, sino que ahora también el profesional. Además, ¿quién cojones era ese tal inversionista? Himiko —la pobre chica parecía haberse convertido en el mensajero de los malos augurios— no soltó prenda alguna cuando le preguntó. Había ido hacia su despacho con el fin específico de avisarle sobre la reunión de hoy. Esta vez, ella también estaba en tinieblas; por lo menos así se lo dio a entender en el corto diálogo que mantuvieron dos días atrás. Su jefa no quiso decir una palabra más sobre el asunto. Era burlesco pensar en una Kikyou aficionada al factor sorpresa.

 

¿Qué se traía entre manos, ahora, la condenada mujer?

 

Con un bufido molesto cerró la tapa de la computadora portátil y se puso de pie. Estaba acomodándose rápidamente la corbata a espaldas de su secretaría cuando la voz de ella volvió a interrumpirlo:

 

— Ese no es el problema en sí, señor.

 

Inuyasha se giró y rodeó el escritorio en tres cortos pasos. Al estar frente a ésta pudo apreciar con mayor certeza el espalto en la mujer. Dios, parecía que la hubieran condenado a muerte por lo pálida que tenía la piel. Estaba de acuerdo con que él no era el jefe con mayor tacto o cintura, pero, hasta el día de hoy y a pesar de los complejos momentos que tuvieron en el pasado, Yumi jamás se había enfrentado a él en tales condiciones.

 

Se tomó un segundo para preguntar; tal vez así lograba que la mujer no se sintiera tan intimidada.

 

— ¿Entonces cuál es?

 

Si el discurso que escuchó no le hubiera despertado una ira que rallaba en la homicida, se hubiera reído de la manera en que su secretaria boqueó como un pez fuera del agua al comienzo:

 

— E-es el señor Kurosawa. Es con él con quien la señorita Kikyou concertó una reunión.

 

Todo el cuerpo se le puso en tensión. El corazón le latía a un ritmo frenético en los oídos y le palpitaban las sienes. Frente a él ya no vio sólo a Yumi, sino todo un prisma de tonalidades rojizas. Su quijada estaba tan rígida que incluso le dolía. Rugió en el interior de su mente. ¡¿Qué hacia ese bastardo en la empresa?! ¡¿Cómo se le había permitido el ingreso?!

 

— ¡¿Dónde está ese hijo de puta?!

 

Yumi se echó hacia atrás con terror absoluto. No sólo tuvo miedo por el violento grito emitido, sino también por el impacto del puño contra el escritorio. El mueble cimbró y varios de los objetos, como las lapiceras, se desplomaron al piso. Fue un milagro que el lugar del golpe no se hubiese desprendido.

 

— Quise impedirle el paso, señor. Se lo juro, pero la señorita Kikyou informó a los guardias de la puerta que ahora era bienvenido.

 

Kikyou… —arrastró el nombre fuera de sí. Iba a matarla, por Kami que lo haría. Le importaba una mierda ir preso—. ¿Ella está con él? ¡Habla ya!

 

— N-no. Estará aquí en diez minutos. El señor Kurosawa está en la sala de…

 

Inuyasha no se quedó a escuchar el final de la frase; ya sabía dónde estaba el cabrón. Oyó a Yumi llamarlo desesperadamente, pero él no volteó a mirar atrás. Sus instintos de caza habían entrado en funcionamiento. Se sentía, por primera vez, más animal que hombre. Acabaría con él. Por fin obtendría su venganza. Dos años atrás un puñado de personas, de amigos, le impidió lo que más deseaba hacer: moler al maldito a golpes.

 

Cuando llegó a la sala de juntas, Naraku no estaba solo. Himiko, ruborizada, estaba a unos escasos metros de él. Desde su perspectiva pudo observar lo blanco que tenía los dedos gracias a la fuerza ejercida sobre el cuaderno de notas que sostenía. Luego de oír la forma con la que se estaba digiriendo hacia la secretaría de su socia, comprendió que el color de sus mejillas era por la cólera.

 

Ingresó al lugar con la espalda recta, los puños cerrados y la cabeza en alto. Naraku, sentado en la silla de la cabecera, sonrió con sorna al tiempo que lo contemplaba.

 

— Vaya, ¡por fin apareces, Inuyasha! Es de una pecina educación hacer esperar a las personas —afirmó, beligerante—. Pensé que ya habías comprendido algo del negocio pero, al parecer, no pudiste aprender de tu padre o de Kikyou. Deberías dejar que ella comande la empresa; sabe apreciar las oportunidades cuando aparecen.

 

— Himiko… sal de aquí y cierra la puerta.

 

La joven secretaría no tuvo el valor para contradecir la orden. En su interior sabía que el firme tono, filoso como una navaja, vaticinaba un cruento enfrentamiento. Sólo esperaba que su jefa llegara a tiempo. Aún no entendía cómo podía juntarse con tal hombre. En aquellos ojos rojos había una maldad tan profunda que deshacía la piel a girones. Mirar fijamente aquellos era como observar un pozo negro y tenebroso.

 

 

En completo mutismo, asintió una vez con la cabeza y salió de allí.

 

El ruido de cierre realizado por la puerta catapultó a Inuyasha al pasado. Algo le anunció que sería un viaje en espiral sin retorno.

Naraku se rió.

 

— ¿Todavía estás enojado por eso? —formó un triángulo con ambos brazos y apoyó el mentón sobre sus dedos entrelazados —. Deberías agradecerme, niño, ¡te hice un favor! Esa fulana fue sólo una follada, así que olvídate de ésta y hablemos de negocios.

 

Inuyasha sentía como su ira mutaba hacia algo completamente peligroso y desconocido. De pronto, ya no quería acabar con él al instante; quería tomarse el tiempo para saborear el momento. Jugar con la presa. Iba a hacerle tragar cada una de sus palabras.

 

— ¿Enserio? —sonrió de costado mientras caminaba hacia el hombre con los puños apretados—. Ilústrame, Naraku.

 

Tal vez fue la mirada predatoria o la locura en su rostro, pero éste perdió la burlona sonrisa y comenzó a inclinarse hacia atrás en la silla temiendo, por primera vez en su vida, por su integridad física.

 

La puerta se abrió de golpe, salvándolo.

 

— ¡No te atrevas a tocarlo, Inuyasha! —gritó Kikyou desde el vano de la misma logrando que se detuviera—. ¡¿Qué pretendes?! ¡¿Asesinarlo para sí cobrar venganza?! ¡¿Golpearlo hasta dejarlo en coma permanente?!

 

Por un instante, Kikyou pensó que él podría matarla. Sus ojos, los ojos que había amado en silencio durante tantos años, la miraban con tal desprecio que se sintió sucia. Inmoral. Un ser que estaba muy por debajo de la concepción de persona. Y, aunque le doliera admitirlo, así era.

 

— Lo que tenías con Kagome… yo lo destruí —confesó sin más. Ya no podía aguantar, ni por un segundo, todo esto. Mucho menos después del giro que tomó la visita a Kagome.

 

Inuyasha sintió que su mundo entero estaba dando vueltas fuera de control, como si estuviera a bordo de un Fórmula Uno y éste hubiera despistados y comenzara a dar tumbos. Observó a Naraku, y su rictus colérico le advirtió que lo que acababa de escuchar era cierto.

 

Este último, fuera de sí al comprender que había caído en una vil treta orquestada por aquella mujer, se levantó del asiento y caminó, de forma decidida, hasta donde la misma se encontraba. ¿Desde cuándo la muy estúpida tenía moral? ¡Por todos los dioses! Era tan perversa y rastrera como él. Por algo se habían unido. Kikyou quería al tonto de Inuyasha, mientras que él la parte que éste poseía de la compañía.

 

¿Quién pensaría que el niño continuaría trabajando después del show que montaron? Naraku odió haberlo sobrevalorado. Inuyasha tenía que haber sido peor que el pusilánime de su padre; un hombre casi a la deriva después de la muerte de su esposa. Si bien éste había seguido en la empresa, lo suficiente como para esperar hasta que su hijo creciera y tomara el mando, ya nunca volvió a ser el mismo.

 

— Mujer desgraciada —masculló siniestro y alzando la mano para abofetearle la cara.

 

Un fuerte brazo varonil salió disparado detrás de Kikyou e impidió que éste cumpliera el cometido. Seriamente sobresaltado, miró más allá de la mujer que bloqueaba la entrada. Fue como si la tierra se hubiera abierto debajo de sus pies.

 

¡Él no era real! ¡No podía estar aquí! ¡Estaba pudriéndose en ese psiquiátrico!

 

— Hola, hermano.

 

Naraku los observó a ambos de hito en hito sin creer lo que estaba sucediendo. De seguro estaba dormido; ¡eso era! Estaba dormido en esa asquerosa sala de juntas que pronto sería suya.

 

— No. Es verdad —le afirmó Kikyou, adivinando la posibilidad que estaba barajando en su mente—. No pienso permitir que tú o mi padre me sigan utilizando —declaró, mientras dejaba que el alivio de las presurosas pisadas de los oficiales, dirigiéndose hasta allí, calara en su cuerpo y la hicieran sonreír—. Vienen por ti; se terminó. No te preocupes, tendrás la grata compañía de mi padre.

 

En un ataque de ciega saña, Naraku intentó volver a abalanzarse sobre la mujer. Lo único que tenía en mente era llevarse con él a la vil pécora; pero Onigumo, sabiendo de lo que era capaz de hacer, arrojó a ésta hacia atrás y se puso frente a su hermano mayor sujetándolo del cuello. Naraku gritó ante la presión demencial que la mano del hombre estaba comenzando a ejercer.

 

— Podría romperte la tráquea. Para mí, sería como un juego de niños —amenazó—. Me encerraste en ese agujero porque supiste que papá me había dejado la empresa —sus dedos se cerraron aún más como tenazas mientras las comisuras de sus labios se alzaban—. Pero no, voy a ver cómo intentas sobrevivir en prisión. Ojo por ojo, bastardo.

 

Mientras los oficiales daban la voz de alto e ingresaban al lugar, luego de que Onigumo hubiera saltado a su hermano y dejado libre la puerta, Kikyou miró fijo a Inuyasha. Si bien su rostro estaba volteado hacia allí y pareciese que estuviese observando todo lo se estaba desarrollando, ella sabía que lo único que él apreciaba era su persona. Después de su confesión, todo carecía de sentido para él.

 

Cuando Naraku fue sacado esposado de la sala, Kikyou aprovechó para, finalmente, entrar. En un gesto que no hacía desde niña, se mordió la cara interna de la mejilla. Estaban solos. Tomó aire sin despegar los ojos de los suyos y habló:

 

— Sé que sabes a dónde y con quién estuve las últimas semanas. Sé, también, que buscas una explicación. ¿Acaso no es lo que deseas desde hace meses? Por fin, voy a complacerte.

 

Un clima pesado se instaló sobre ellos. Ella, continuó:

 

»No soy una buena persona, Inuyasha; y lo descubrí el día que me confesaste sobre Kagome. Pensé que sólo sería una más. Tú nunca habías amado a alguien antes, y ahora sé que nunca amaras a nadie como a ella. Cuando comprendí que lo que sentías iba más allá de algunas excitantes noches, perdí la razón. Crecimos en el mismo círculo social; éramos amigos inseparables, ¿por qué no notabas cuánto te amaba?, ¿por qué no podías amarme? Naraku ya había comenzado a rondar la empresa; lo sabes muy bien. Tu padre rechazó con anterioridad su propuesta. Pero él te estaba dejando el mando, al igual que el mío. A Naraku no le gusta la competencia; así que quería meter sus pesuñas aquí. Te lo propuso y lo rechazaste. Fue la mejor decisión que algún día tomaste. A él no le agradó y a mi padre, tampoco. Siempre detestó al tuyo en silencio; pero eso no fue lo único que descubrí de él. Lastimosamente, si lo hubiera sabido el día que acepté el trato con Naraku, nunca hubiese hecho lo que hice. Por suerte, las cosas no salieron como Naraku las planeaba. Con Kagome fuera del juego, creyó que el dolor te consumiría por completo. Sesshomaru estaba radicado en otro país; así que ya no había nada que se interpusiera en sus planes. El plan era que, valiéndome de tu dolor, me hiciera con el control total de la empresa. Iba a disponer de tu parte y entregársela en bandeja de plata. Te preguntarás el porqué; sólo puedo decirte que estaba cansada de esta vida. Lo único que quería era que me amarás. La mujer que aparece en las fotografías junto a Naraku en la puerta de ese hotel soy yo. ¿Nunca notaste los rasgos en común que compartíamos? No sólo soy la mujer que aparece en las fotos, también soy quién se encargó de dejarte el sobre que las contenía.

Turbado por la cantidad de información que estaba recibiendo, Inuyasha se tambaleó hacia atrás sin fuerzas. Kikyou se adelantó un paso para ir a socórrelo, pero la vehemencia en la voz de su socio la detuvo en el lugar.

 

— ¡No te atrevas a acercarte a mí, con un demonio! —vociferó, todavía tratando de recuperar la compostura—. ¡¿Quién carajo eres?! ¡¿Quién mierda eres tú?!

 

— Soy yo. Toda. Por completo. No es agradable cuando la máscara cae, ¿no es así? —aseveró, reculando el paso que había dado—. Tú y yo somos bastante parecidos.

 

— No te atrevas a compararme contigo. Estás enferma.

 

Kikyou entrecerró los ojos y su cara se volvió pétrea.

 

— Sé lo que es estar enferma. Supongo que recuerdas a mi madre, ¿verdad? —soltó, con los dientes apretados—. Te lo dije: no soy una buena persona pero, ¿en qué lugar te encuentras tú? Un hombre que abusa de la desesperación de una mujer para volverla su puta personal —notó como los ojos de él se abrían desmesuradamente y el color abandonaba su rostro—. No lo pensaste, ¿no es así?

 

— ¡Cállate!

 

— ¡No pienso hacerlo! —gritó, colérica—. ¿Sabes por qué fui a España? Para terminar con todo esto. Naraku y mi padre tienen más culpas que pagar. Esto… —señaló alrededor—… es una tontería. Desde que vi a Kagome supe que debía decir la verdad. Supe que debía acabar con todo. Dejaría de ser un peón en el juego macabro que mi padre y Naraku armaron; me convertiría en la reina. Ganaría el juego arrastrando a todos al infierno; incluso, a mí misma.

 

— Has perdido la cabeza por completo.

 

— Tal vez. Pero tú junto conmigo. Lo que me motivó a salvar a Kagome de ti no fue mero altruismo —declaró, ante los ojos desorbitados de su compañero—. Fue, también, el propio egoísmo. Ya no podía soportar un segundo más. Ella se merece un hombre mejor. Cuando te suplicó que le creyeras, tú la hiciste a un lado. ¿Tan poco valía su amor para ti?

 

— ¡Quiero que te marches de aquí! ¡Ahora!

 

— No pensaba quedarme, Inuyasha. No iría en esta empresa más allá de este día; lo sé muy bien —suspiró—. Siempre voy a tener que vivir con las consecuencias de mis propios pecados, y espero que tú aprendas a vivir con los tuyos.

 

Kikoyu le dio una última mirada mientras apreciaba como una parte de su alma, de su vida, era dejada en aquel lugar al marcharse de allí.

 

Él la vio partir sin poder entender la magnitud de lo estaba pasando. Su amiga, su socia, su compañera, había sido capaz de un acto tan aberrante. Ahora comprendía el ímpetu que utilizaba para atacarlo cada vez que el tema de Kagome salía a colación.

Tantas señales que no había visto…

 

El pensamiento de Kagome le quitó el aliento.

 

¿Qué había hecho?

 

No pensó, simplemente actuó. Se precipitó hacia las puertas de salida del edificio con la idea en mente de suplicarle perdón. Vendería su alma al mismo demonio si con ello lograba que Kagome lo perdonara. Comenzarían de nuevo; la reconquistaría. El aún la amaba —una revelación que había descubierto hasta cortarle el aliento al escuchar la extensa confesión de Kikyou—, así que haría que ella se volviera a enamorar de él. No le importaba humillarse con total de recuperar su amor otra vez.

 

Manejó como un poseso hacia el penthouse. Al parecer, Kagome no había abandonado el mismo. Sus “perros guardianes”, como Kaede los bautizó, así se lo transmitieron en la corta comunicación que mantuvo con ellos antes de subirse al BMW.

 

Cuando ingresó al departamento y captó la soledad que había, supo que algo no andaba bien. Gritó el nombre de Kagome pero, como el lugar era tan ridículamente inmenso, tal vez no estaba escuchándolo. Decidió remediar el asunto deslizándose por las diferentes salas al mismo tiempo que repetía su nombre como un mantra.

 

Su celular sonó en el momento que estaba saliendo de la biblioteca. Lo cogió desesperado sin percatarse de quién lo llamaba.

 

— Kagome —moduló con apremió al llevarse el aparato a la oreja.

 

No le agradó el sepulcral silencio que su interlocutor hizo del otro lado de la línea. Oyó como éste soltaba el aliento con pesadez antes de responder:

 

Soy Naomi, Inuyasha —calló otra vez antes de continuar—. El motivo de mi llamada es sobre mi hija, ella…

 

— ¿Está contigo? Dile que voy al templo en este instante —interrumpió verborragicamente a la mujer—; hay algo que quiero decirle. Ella debe…

 

Detente —le cortó firme pero con cierta delicadeza—. Estuvo aquí hace unas dos horas.

 

— ¿Dónde está ahora?

 

No lo sé —dijo, con honestidad—. Cuando salí del hospital le hice una promesa a mi hija: no dejaría que nada me afecte; sería fuerte. Pero sé que lo soy, sé que mi corazón puede soportar el stress.

 

— Naomi…

 

Mi hija se fue, Inuyasha —informó—. No sé a dónde ni por qué, pero no soy tonta. Sé que tiene que ver con la visita que tu elegante socia me hizo está mañana. No me dijo mucho, pero estoy segura de que hay más. ¿Qué sucedió entre mi hija y tú, realmente?

 

Naomi continuó hablando, pero él había alejado el móvil de su oreja. Soltó el mismo en la loca carrera hacía el dormitorio de ambos. No, no era cierto. Ella no lo había abandonado. Ella no podía irse de su lado.

 

Al notar la falta de ropa femenina en el armario que los dos compartían, cayó de rodillas en el lugar. El peso de una bola de demolición se alojó en su vientre y sollozó.

 

¡¿Qué fue lo que hizo?!

 

Todos sabían de su inocencia; todos siempre se lo advirtieron desde el principio.

 

«La vida es una noria, Inuyasha», recordó. Kaede tuvo razón: la rueda llegó al final y él cayó precipitándose al vacío.

 

¡Debería haberle creído! ¡Era la mujer que amaba ¡Sólo la utilizó!

 

Mientras el dolor le quitaba el aliento y fantaseaba con la idea de ser consumido en vida, pudo ver, por primera vez, cómo se articulaba los últimos movimientos de la partida de ajedrez que Kikyou había comenzado. Partida que, sin saber, lo tuvo como pieza y jugador.

 

El rey estaba acabado y la verdadera reina, Kagome, salvada.

 

Jaque mate.

Fin


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#77 lindakagome08

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Escrito 30 July 2016 - 02:45 PM

OMG que final le has dado... al final todo los secretos salen a la luz y como siempre Inuyasha enterandose al final por tonto... muy buena historia y espero que os sigas deleitando con tus creaciones eh!!!! Cuidate mucho un besote enormeeeee desde colombia byeee...
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¨ Déjame darte la descripción de mi trabajo. Yo cazador oscuro, Tu daimon, yo golpeo, tu sangras, yo mato, tu mueres...¨




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